El clásico paquete de salchichas es uno de esos productos que suele haber en casi todo freezer u heladera. Es que, a pesar de tener sus detractores, son increíblemente convenientes: son fáciles de hacer, se comen con cualquier cosa, a los niños les encanta y siempre sacan del apuro. Además, son el alma de los panchos: un clásico de cumpleaños, afters y departamento de estudiantes.

El tema es que, como con muchos otros productos industrializados y populares, no se sabe cuál es su composición ni cuáles son sus ingredientes. Claro, a una gran cantidad de personas ni se les cruza por la cabeza o directamente prefieren ignorar y seguir comiendo felices. Pero incluso para quienes están interesados en saber qué contienen, no es suficiente con leer la letra chica de los envases: en muchas ocasiones estas etiquetas ocultan más de lo que aclaran.

Es por eso que el INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) realiza estudios y análisis sobre una gran cantidad de alimentos que consumimos a diario. Para empezar es importante saber que la salchicha es un producto elaborado básicamente con carne (vacuna, de cerdo o ave) y grasa, cuyo proceso pasa por distintas etapas desde el picado hasta el embutido. 


¿Un poco más específico? El Código Alimentario Argentino (C.A.A.) define a la salchicha de Viena como un "embutido cocido, elaborado sobre la base de carne de cerdo o una combinación de cerdo y vaca, con agregados de tocinos, sal, especias, y ahumadas hasta obtener un color moreno claro superficial". Hasta ahí está todo bien. El tema es que esa composición va variando según las marcas y no siempre está claro de qué forma.

Las salchichas de Viena pueden contener (y en muchos casos contienen) soja, gluten, diversos componentes químicos y aditivos, y varios tipos de restos de carnes y grasas. Aparentemente, cuanto más roja (más oscura) es la salchicha, menos carne y más grasa tiene en su interior. Las más baratas y por ende las de menor calidad en muchos casos están hechas con pollo mecánicamente recuperado: el resultado de que el cadáver del pollo, ya desprovisto de todos los cortes útiles, sea aplastado hasta formar una pasta. Es que sí, lo que vaya a parar al embutido depende de cuál sea el frigorífico productor, y las posibilidades no son siempre muy agradables. 

Incluso las marcas que aseguran ser "sanas" y contener mayor porcentaje de carne real, incluyen aditivos como:
agua fluorada, jarabe de maíz de alta fructuosa, almidón, sal de mesa, proteína de leche, saborizantes, colorantes, y algunos químicos impronunciables como el ascorbato de sodio. ¿Lo qué? Bueno, son aditivos usuales en los alimentos procesados. 

Las salchichas, entonces, no son un producto inherentemente malo, pero tampoco uno en el que se puede confiar ciegamente. Hay que tener cuidado con las marcas que se compran (a no dejarse llevar por la oferta del mes) y, en caso de optar por alguna desconocida, en lo posible hay que chequear los envases para ver el contenido graso, que es lo más preocupante de sus ingredientes.