Evaluación: Todos los caminos llevan a Roma

“Artes plásticas: Dibuja perfecto, salvo en clase”; “Gramática: Alegre como compañero, mediocre como alumno”; “Educación técnica: No ha hecho nada y ha rendido menos”. Bajo el rótulo de Apreciaciones generales estas lapidarias sentencias acompañan nada menos que una libreta de calificaciones, la que Daniel Pennac comparte en la contratapa de su libro Mal de escuela. (Pennac: 2011)

Más tarde o más temprano, en la galaxia educativa, todos los caminos conducen - o parecieran conducir - a la evaluación, a la calificación y a la clasificación.
Contra la pared evaluadora - calificadora y clasificadora - suelen chocar los intentos más o menos progresistas de una educación más atenta a los sujetos que la protagonizan.
Mucho de lo que se dice y hace en educación parece que necesita incluir una dimensión evaluativa, calificativa y, aunque resulte menos simpático admitir, clasificadora.

La evaluación - y sus consecuencias deseadas o no - está tan arraigada en las prácticas educativas que recientemente hizo falta la ¿sugerencia? ¿advertencia? del Ministro de Educación Nacional sobre la necesidad de posponer o poner en pausa la evaluación habida cuenta del momento extraordinario que vive el sistema educativo zambullido e impregnado de la situación de pandemia.
“No es momento de evaluar, sino de aprender y cuidarnos” sentencia el ministro nacional, “No vamos a calificar ni evaluar el primer trimestre del año” acompaña la ministra de Santa Fe, y ambos aciertan al errar. Aciertan si lo que pretende es evitar que se agrave el raleado panorama educativo adicionando al escenario unas evaluaciones y calificaciones que en las actuales condiciones no harían más que dejar patente la profundizada desigualdad social y educativa que atraviesa el sistema educativo; se equivocan - aunque no puede evitarlo por lo masivo del mensaje - al generalizar e incluir bajo el verbo “evaluar” un conjunto diferente de acciones.
Es difícil de transmitir en una sola frase una idea compleja, seguramente con este problema lidian los funcionarios del párrafo anterior. Sin embargo es posible pensar que muchos docentes a la hora de construir su estrategia para sostener el vínculo y la enseñanza con sus estudiantes, hayan “evaluado” en qué situación se encuentran, si tienen medios tecnológicos a su alcance o si sus familias tienen posibilidad de apoyarlos. En este sentido se precisa más evaluación; que los docentes y todo el sistema educativo puedan “evaluar” de modo continuo la evolución de este experimento educativo improvisado que estamos desarrollando.
No se trataría entonces de no “evaluar”, sino de volver a discutir - una vez más… y van… - qué, para qué, cómo “evaluar”; Miguel Ángel Santos Guerra dice que “Más importante que hacer evaluación, e incluso, que hacerla bien, es saber al servicio de quién y de qué valores se pone”. (Santos Guerra: 2015)

Son diversos los sentidos, que pueden asignarse a la evaluación educativa, Francesco Tonucci solía contar la anécdota del maestro italiano Mario Lodi que luego de haber pasado una semana de clases del primer grado de la escolaridad primaria con los niños y afirmando que “todos tienen una inteligencia normal” aunque tienen diferencias de carácter y de maduración; concluye: “... por tanto, salvo sucesos imprevisibles de gravedad excepcional, todos los niños son promovidos desde ahora a quinto grado (...) con la garantía de que alcanzarán la preparación mínima que los programas escolares requieren…”. La conferencia puede verse acá:

Las consecuencias de este planteo - algo radical - del maestro italiano Lodi incluyen a la evaluación y la sobrepasan.
Desde una mirada crítica diferente Emilio Tenti Fanfani ha sostenido que la instalación masiva y sistemática de los sistemas de evaluación escolar constituye el triunfo de una pedagogía de la sospecha. Pero ¿Y si se intentara lo contrario? ¿Cómo sería construir una pedagogía de la confianza? ¿Qué lugar tendría la evaluación (si es que se le diera uno) en una pedagogía de la confianza?

La evaluación educativa queda muchas veces atada o se combina con un sistema, explícito o implícito de clasificación y distribución de los estudiantes, aquellos que en determinada evaluación obtuvieron alto puntaje acceden a ciertos lugares vedados para los que no alcanzaron esas calificaciones. Se plasma así, de manera brutal y muchas veces inapelable el más extremo ejemplo de la concepción meritocrática en los sistemas educativos, imponiendo y sentenciando destinos. ¿Cómo sería intentar una evaluación que no contribuya a la distribución desigual de posiciones sociales? Para profundizar en este aspecto puede consultarse un artículo actual de François Dubet “La doble mutación de la escuela” aquí

El problema de la evaluación educativa no es un problema nuevo ni se relaciona exclusivamente con la situación de pandemia y de suspensión de la (co)presencialidad. Por el contrario es un tema complejo y muy visitado por pedagogos de distintas corrientes. En la coyuntura actual, tal vez lo mejor que pueda aportarse es la perspectiva que sitúa a la evaluación como un punto de partida y de apoyo para la necesaria acción pedagógica ulterior y no como un sello que certifica - o no - la calidad de un producto. En otras palabras, los educadores necesitan evaluar para tomar decisiones sobre lo que necesitan seguir haciendo con los estudiantes. 

Se abre la oportunidad de refundar el sentido de la evaluación educativa. En ese camino probablemente resulte más importante preguntar y preguntarse por los aprendizajes realmente construidos sin olvidar pero tomando una prudente distancia de los aprendizajes supuestos ¿Cómo hacer? Escuchando a los estudiantes. Tal vez sea también una oportunidad de darle entidad en la pedagogía y en la burocracia educativa a los estudiantes reales en sus condiciones reales de aprendizaje.

En esta, como en otras discusiones ocurre que la coyuntura actual pone en el centro de la escena problemáticas y discusiones educativas que preocuparon antes, preocupan ahora y preocuparán después. Posada sobre muchos de estos problemas, la mirada de la colega Laura Hoorn se esperanza: “Ojalá todo este asunto deje espacio para la reflexión del día después, porque hay tantas injusticias subyacentes que se vuelven naturales con el tiempo y sobre las que construimos una capa de sociedad sobre la anterior”.

(*) Profesor y licenciado en Ciencias de la Educación.
Miembro del Centro de Estudios en Políticas Sociales y Educativas.

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