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Marianela Luna casi ya había sepultado el espantoso episodio que le tocó vivir hace más de cinco años, cuando la asaltaron en su local comercial. El criminal que la aterrorizó aquella tarde, junto a su mamá y una amiga, era Ricardo Albertengo, imputado por el asesinato del policía Mauro Mansilla, y hacía mucho que ella no escuchaba ese nombre hasta esta semana. 

“En el 2009 con mi mamá teníamos un emprendimiento de un Spa urbano por calle Entre Ríos al 1300", algo que las convirtió en blanco del delincuente ya que, según especificó Marianela en diálogo con Sí 98.9, su modus operandis era asaltar locales atendidos por mujeres. 

Además contó los momentos que vivió en lo que fue un asalto en el que se llevó sólo objetos: "Nos encerró en un baño, nos apuntaba con el arma. En un momento le pidió a una de las chicas que ponga música muy fuerte y mientras cargaba cosas hablaba con un cómplice que lo tenía que pasar a buscar. Cuando cargó todo nos dejó encerradas en el baño y nos dijo que esperemos 15 minutos porque sino nos mataba.”

Además, detalló que cuando fue convocada, tras hacer la denuncia, a la rueda de reconocimiento "el optó por no ir, y la rueda se hizo con una foto de este hombre", ante la cual lo identificó inmediatamente.

Mariela también recordó: “Por mucho tiempo yo tuve miedo de salir a la calle. Al tiempo me enteré que estaba muerto, o a lo sumo preso. Cuando volví a escuchar su nombre por lo del crimen de este policía me quedé paralizada”.

En su cuenta de facebook se puede leer la siguiente declaración: 

Pensar que por Albertengo salí a la calle con lentes por si nos cruzábamos luego del asalto al spa que atendíamos con mi vieja. Más de 13 causas abiertas tenía entonces y fue durante una salida transitoria que nos robó. Le quedábamos 'de paso'. Al muy macho le gustaba robar en lugares atendidos por mujeres. Entró a nuestro negocio, nos apuntó con un arma y tras acariciarme el rostro e insinuarse -comentándole a mi madre lo bonita que yo le parecía- nos encerró en el baño. Obligó a una de las empleadas a poner música bien fuerte y mientras yo esperaba lo peor, por suerte sólo recogió objetos de valor y le avisó por teléfono a un cómplice que 'ya casi estaba'. Hice todo lo que estaba a mi alcance: denuncia, su identikit e incluso fui a una rueda de reconocimiento a la que el señor decidió faltar. Hace unos años me dijeron que había muerto y yo, todavía con culpa, sentí alivio. Pero no, no estaba muerto. Y volvió a matar.