Es difícil imaginarse cómo engañar a un presidente de los Estados Unidos. Sin embargo, Vladimir Putin sabe cómo hacerlo. Dice una cosa, hace otra. El presidente ruso actúa invariablemente como lo que es: un zar aggiornado. Conoce la idiosincrasia de su pueblo como nadie y procede en consecuencia. Rusia pasó en menos de 100 años del absolutismo monárquico, al totalitarismo soviético y luego al autoritarismo electoral actual. En Rusia se vota, efectivamente, pero no hay democracia.

Rusia con el gobierno sirio, Europa y los Estados Unidos con los rebeldes

Vladimir Putin es un viejo aliado del presidente Sirio Bashar al-Asad, y eso explica en buena medida por qué el régimen sirio no cayó tras cuatro años de guerra civil. Alguien lo sostuvo, le suministró armas y municiones, logística e inteligencia. Ese alguien fue Putin, quien quiere mantener a toda costa a su aliado estratégico al-Asad, garantizando así el acceso al único puerto con el que Rusia cuenta en el Mediterráneo Oriental.

La denominada “primavera árabe”, que causó revoluciones dudosamente auténticas en Túnez, Egipto, Libia y Siria, acabó con los gobiernos de los primeros tres países pero no con el gobierno sirio. Al-Asad resistió aún a expensas de su propio pueblo, contra el cual llegó a utilizar armas químicas. Ese fue el punto de inflexión mediático con los países occidentales. Hasta ese momento, tanto los gobiernos de los Estados Unidos como de las principales potencias europeas, simulaban no saber a quién apoyar, si al gobierno o a los rebeldes sirios, porque no tenían demasiados elementos para justificarse ante la opinión pública. Luego de este hecho, dejaron de simular y mostraron abiertamente su juego de apoyo a los rebeldes. Dicho de otro modo, el gobierno ruso siempre defendió a su par sirio, mientras que las potencias occidentales favorecieron desde el principio a los grupos rebeldes. El hecho inesperado, es que de esa matriz revolucionaria, nació un hijo no deseado: el Estado Islámico o ISIS.

​¿Qué hacer con ISIS?

La comunidad internacional se rasga las vestiduras porque no sabe cómo combatir a este grupo de fanáticos provisto de petróleo y armas sin que eso implique enviar soldados propios, porque luego de los prolongados conflictos en Afganistán e Irak, europeos y estadounidenses ya no quieren compatriotas muertos dentro de bolsas negras. Lo que no calcularon es que tendrían que vérselas con refugiados sirios vivos en su propio territorio, algo que tampoco les gusta. La crisis siria ya produjo 4 millones de desplazados de acuerdo a datos ofrecidos por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Párrafo aparte para el mencionado organismo internacional: además de ser útil para arrojar datos, es imprescindible su reformulación si aspira a ser algo más de lo que es ahora, una entidad testimonial que termina por defender casi con exclusividad los intereses de los integrantes del Consejo de Seguridad -Rusia, Francia, China, el Reino Unido y los Estados Unidos- y de sus poderosos socios del Grupo de los 7 (G-7), Japón y Alemania. Este tema lo expresó con claridad el Papa Francisco en su alocución ante la Asamblea General del organismo.

Lo cierto es que los gobiernos europeos están desesperados por resolver, como sea, la crisis siria para disminuir o moderar el flujo constante de migrantes que llega al continente o muere en el intento, tal como lo puso en evidencia la imagen del cuerpo del niño Aylan Kurdi, ahogado en las playas de Turquía.

Todo esto explica los bombardeos a posiciones de ISIS en Siria por parte de la Fuerza Aérea de Francia, país que hasta el momento se había involucrado a medias en el conflicto, efectuando ataques tan sólo en Irak.

La sorpresa rusa

A comienzos de la semana, Vladimir Putin y Barack Obama se reunieron en el marco de la Asamblea General de la ONU. El objetivo era ponerse de acuerdo en el ataque a ISIS, que afecta los intereses de los gobiernos de Rusia y de los Estados Unidos. El problema central radica en que Putin impulsa la idea de que debe apoyarse sin restricciones a las fuerzas regulares del gobierno sirio y la permanencia de al-Asad en el poder. Obama y sus aliados europeos, apoyan al Ejercito Libre de Siria -grupo rebelde que combate simultáneamente al Estado Islámico y a las tropas de al-Asad- pero eventualmente aceptarían una transición hacia una normalización en Siria que temporalmente incluyera a al-Asad. Acordaron que Rusia atacaría a ISIS y que Putin avisaría antes de hacerlo.

Pero el presidente ruso sorprendió una vez más, e hizo lo que quiso, dejando mal parado a su par estadounidense. Fue muy simple, avisó a las Fuerzas Armadas estadounidenses apenas instantes antes de proceder a un bombardeo para evitar una colisión directa entre la Fuerza Aérea de ambos países, lo que podría haber desatado un conflicto internacional de proporciones incalculables. Pero el bombardeo no fue solamente sobre posiciones estratégicas de ISIS, sino también del Ejército Libre de Siria, de manera tal de favorecer al gobierno de al-Asad.

Rusia hizo en definitiva algo similar a lo que hizo Turquía cuando se involucró en la lucha contra el terrorismo de ISIS pero, en los hechos, aprovecha la ocasión para combatir a los kurdos, de quienes teme -el 45 por ciento de la nación kurda habita Turquía- una secesión territorial. El gobierno ruso utiliza el argumento del combate contra ISIS para debilitar -si es que no puede destruir- a los enemigos de su aliado, Bashar al-Asad.

El peligro latente en este juego complejo de alianzas, es que Rusia involucra a otro aliado propio y también del gobierno sirio: Irán. Actualmente, goza de la buena reputación de haber alcanzado un acuerdo nuclear con los Estados Unidos, pero las potencias occidentales recelan de la teocracia iraní. Simultáneamente, los Estados Unidos suman a la crisis siria a uno de sus aliados preferenciales en la región: Arabia Saudita. Árabes e iraníes se encuentran profundamente enemistados y de hecho han librado una guerra no declarada en Yemen, alentando a las facciones rivales que allí libran una guerra civil y religiosa.

Además de todo esto, están en peligro los intereses de la principal potencia militar de la región, Israel.

En Oriente Medio se respira un aire denso. Quién mejor definió la situación fue el Papa, cuando pidió desarrollar la “cultura del encuentro” en un “clima de Tercera Guerra Mundial”. Porque ese es el clima imperante en Oriente Medio.

Armas, siempre armas

Debería hacerse un minucioso estudio acerca de los beneficios económicos que ha provocado la crisis siria. Desde el comienzo fue un negocio fabuloso en términos de venta clandestina de armamento. Rusia vendiéndole armas al gobierno sirio, los Estados Unidos y Europa suministrándoselas a los revolucionarios. Todos los países de la región haciendo lo mismo y además “invirtiendo” en armamento y seguridad para proteger sus fronteras. Los fabricantes de armas, agradecidos. La crisis siria es otra de tantas que termina por alimentar el negocio de la compraventa ilegal de armamento, el negocio más rentable del capitalismo.

Lo más trágico es que entre los traficantes de armamento se encuentran los propios gobiernos. En Argentina, este tipo de prácticas se conoció cuando estalló el escándalo de la venta de armas a Croacia y a Ecuador, que dejó en evidencia al gobierno de Carlos Menem.

En todo el mundo, más de medio millón de personas muere cada año como consecuencia de la violencia ejercida con armas vendidas ilegalmente. El tráfico armamentístico suministra innumerables artefactos a organizaciones delictivas, mercenarios, grupos terroristas, gobiernos dictatoriales cada año y, en consecuencia, provoca que la criminalidad, las invasiones y los genocidios se expandan sin restricciones, entre otras secuelas que atentan contra la paz entre los pueblos. Donde hay conflicto hay armas, donde hay armas hay dinero.