La palabra desesperación no define lo que se siente en carne propia cuando se está desesperado. Ellos fueron un enjambre desesperado. Con la compresión en el pecho que vaticina un presagio fatal. Fueron a buscar rostros y manos, miradas y abrazos. Pero sólo encontraron incertidumbre. Amigos, padres, madres, hijos, abuelos. En una carpa sobre Oroño y Jujuy, a la hora de la siesta del 6 de agosto, los familiares de los atrapados, fueron agrupados, alejados de los ojos de la prensa, rodeados de profesionales que trataban de contener lo incontenible.

Algunos se amigos se animaron a hablar. A ponerles nombres y apellidos a los jóvenes, a los hombres y mujeres, a los abuelos de los cuales aún no se tenían noticias. Y mientras los familiares de quienes aún no aparecían eternizaban la espera comenzaron a aparecer los solidarios, los autoconvocados, los scouts, los integrantes de asociaciones sin fines de lucro, los trabajadores sociales que fueron sin saber con qué se iban a encontrar y se quedaron: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis días. Y no fue caridad. Fue solidaridad, una expresión humana para contrarrestar el peso específico del desastre.