Lollapaloza 2017: una fiesta en piloto automático

Desde hace cuatro años, el festival de Perry Farrell se transformó en un ítem obligado en la agenda de los melómanos, pero en esta nueva edición demostró que ya no depende de las bandas híper convocantes para mantenerse en el tiempo.

“Sean buenos con Messi”. Esas fueron las exactas palabras de Julian Casablancas, líder de The Strokes, en el cierre del día 2 del Lollapalooza. La cosa se puso futbolera por un momento y el neoyorkino, una de las figuras del festival, aprovechó para hacer alusión al jugador más grande de estos tiempos. Allí reside la magia de un festival que agotó entradas por primera vez en cuatro año y que parece funcionar por sí solo a fuerza de una buena organización y una grilla que siempre obligan a pasear de un escenario a otro.

En Lollapalooza conviven géneros (musicales) y generaciones. Son dos días donde hay que entregarse a la fiesta y a las melodías. Te puede hacer bailar The Weeknd, te puede hacer saltar The Strokes, puede descontrolarte Martin Garrix o puede pegarte una piña en la cara Metallica. La diversidad es bienvenida. Los fanáticos exclusivos son bichos raros, aquí se toma el festival o se lo deja. Una chica de 20 años, o un señor de 50, puede disfrutar de la melancolía de The XX, luego de haber rockeado (en serio) con León Gieco, revisitado el pop de los 80 con The 1975, mientras se preparaba para agitar la cabeza con Hetfield y compañía en el Main Stage. Y eso sólo en el día 1.

La cuarta edición del festival creado por Perry Farrell tuvo dos días muy distintos. El viernes 31 convocó la mayoría de metaleros que querían ver a Metallica presentar “Hardwired to Self-Destruct”, el disco lanzado el año pasado que los devolvió a su época dorada. Los de Los Ángeles dieron un show para fanáticos y algunos entendidos, con un setlist de dos horas basado en ese nuevo álbum y guiños a su carrera para los más fieles. Fue sobre el final con “Nothing Else Matters” y “Enter Sandman” que Metallica demostró que el metal sin ataduras es lo suyo y que, después de muchos años y tropezones en su historia, siguen marcando el camino del género.

Antes de eso, en el escenario 1, habían pasado Rancid, que hacía su debut en tierras porteñas con su punk californiano, Cage the Elephant, fueron los encargados de hacer salir chispas del público cuando caía el sol, y León Gieco, que se plantó con un setlist rockero y hitero, haciendo mención a la represión en Lanús y dedicando “5 Siglos Igual” a las mujeres en su lucha de #NiUnaMenos.

Mientras el rock sucedía en el Main, en el escenario 2 y el alternativo se entregaban al pop y al indie. Glass Animals y The 1975 fueron las grandes atracciones antes del épico cierre de The XX. Los londinenses lanzaron su tercer disco, “I See You”, en enero y su setlist se construyó en base a las nuevas canciones. Empezaron tímidos pero la agresividad sonora se apoderó de ellos, que terminaron convirtiendo en una pista de baile el Escenario 2 cuando ya estaba entrada la noche.

En la otra punta del predio, el australiano Vance Joy, una de las artistas pop del momento Tove Lo y uno de los pocos raperos del line-up, G-Eazy, juntaban a un público joven que deambulaba de escenario a escenario buscando su lugar (y que lo encontró en el Perry's Stage).

Si el Día 1 fue marcado por el rock agresivo del escenario principal, la segunda jornada del Lollapalooza halló su zona de confort entre las guitarras filosas y ubicadas en el pecho con The Strokes, y la pista de baile gigante que armaron The Weeknd y Duran Duran.

Los hits de Turf bajo un sol que partía cráneos, fueron la dosis justa para encarar otro largo día en San Isidro. “Loco un poco”, “Cuatro personalidades”, “Magia Blanca”, “Pasos al costado” y “Yo no me quiero casar, ¿y usted?”, hicieron saltar a un público que apenas comenzaba a ingresar al predio pero que ya sabía que iba a disfrutar desde el primer momento. Si la banda liderada por Joaquín Levinton había llenado de hits el lugar, Duran Duran demostró para qué están hechos los festivales: para darles al público lo que buscan. Mientras caía el sol, sólo se podía cantar y mover los pies mientras “Hungry Like the Wolf, “The Wild Boys”, “Ordinary World, “Come Undone”, “(Reach Up for the) Sunrise” y “Rio” transformaban en una verdadera pista de baile el verde césped, a base de hits inoxidables.

Luego fue el turno de The Weeknd de demostrar por qué es uno de los artistas del momento. Abel Tesfaye llegó en el momento justo, luego de dos años intensos tras haber lanzado “I Can't Feel My Face”. El canadiense se plantó solo (la banda lo acompañaba a tres metros de altura) frente a la masa y a base de su R&B hiphopero, dio un show a la altura de sus (buenas) críticas. “In the Night”, “Starboy”, “I Feel it Coming”, “The Hills” fueron algunos de los hits recientes que sirvieron para sacar sonrisas a la mayoría de los presentes, en un setlist que también repasó parte de su carrera pre-estrellato.

El gran final fue para The Strokes. Los neoyorkinos liderados por Julian Casablancas pisaron el escenario mientras “Reptilia” hecho cumbia sonaba de fondo. El carisma irónico de la banda supo ingresar de lleno al público. “The Modern Age”, “Someday”, “Reptilia”, “Is This It”, “Barely Legal”, “Last Nite” y ¡dos! bises (“You Only Live Once” y “Take It or Leave It”) no programados para dejar a todos satisfechos, fueron parte de un setlist demoledor y con guitarras al palo. The Strokes mostró un costado simpático, como pocas veces se vio. La banda dejó una buena sensación sobre su estado actual. Hasta Casablancas bromeó sobre la relación de los argentinos con Lionel Messi (“No sean duros con él”).

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