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Las asunciones presidenciales siempre me hacen llorar

La primera vez que escuché hablar sobre la democracia tenía siete años. Un parque se había instalado en el zoológico municipal. Era de esos parques que tienen más de desamparo que de entretenimiento. En el gesto del cobrador de la montaña rusa, en los bordes oxidados de los juegos y en la humedad de los muñecos se traslucía una cuota de frustración y agobio. Pero la proyección infantil me hacía ver el sitio con fantasía. 

Una música desafinada y circense enmarcaba el atardecer. Los últimos rugidos del león se confundían apesadumbrados con la puesta del sol. Hacía frío. Mi viejo tenía una polera bordó y un saco gris. Me llevaba de la mano. Cantaba Garufa y me contaba sobre el Parque Japonés, el que visitaba él en su época de estudiante.

Yo miraba cada detalle. Al lugar lo recuerdo gigante, inabarcable. Mi viejo siempre cantaba Garufa.

Conocer a un presidente

Por aquellos años de dictadura militar jamás me hubiera imaginado que iba a temblar de miedo con los levantamientos carapintadas, ni que me iba a indignar con los indultos, ni que iba a padecer como adolescente las secuelas de la hiperinflación, ni que mis amigos iban a emigrar en 2001 tras la peor crisis institucional. Tampoco sabía que iba a ser periodista y que iba a conocer a un presidente. 

A Néstor Kirchner lo conocí el 20 de junio del 2003 en Rosario. Era el Día de la Bandera. Néstor había salido segundo en la primera vuelta del 27 de abril de 2003 con el 22.24 por ciento de los votos. La Alianza Frente por la Lealtad – UceDé encabezada por Carlos Menem había obtenido el 24.45 pero ante una potencial paliza en el ballotage que se iba a celebrar el 18 de mayo, Menem se bajó de la competencia.  Kirchner inauguraba su presidencia en Rosario. Estaba flanqueado por el gobernador de Santa Fe, Carlos Reutemann, y por el intendente de Rosario, Hermes Binner. El país estaba quebrado. Los crímenes del 2001 eran recientes. El corralito, la renuncia de Cavallo, las cacerolas, las balas, los piquetes y la fractura presidencial eran heridas sin cerrar. La desesperación y la desesperanza aún poblaban el espíritu de los ciudadanos que estaban en el Parque Nacional a la Bandera. Ese día soleado, Néstor Kirchner habló. 

“Algunos me dicen, hermanas y hermanos rosarinos, que estoy abriendo muchos frentes. Y yo les digo: no es que estoy abriendo frentes, tenemos necesidades por todos lados, hay que ir allí donde están las necesidades a buscar las soluciones y abriremos todos los frentes que haya que abrir para cambiar la Argentina, para cambiar el país y para hacer una patria con todos”.
 
El pasado en el parque de diversiones

En el parque de diversiones había un tipo de barba muy arruinado y canoso. Conversaba con una malabarista de tetas gigantes. Le decía algo al oído mientras con una mano sostenía un vaso de plástico y con la otra le acariciaba los contornos de su jean gastado, el mismo que delataba una panza prominente. Estaban apoyados en un ventanal de cartón donde se tiraban las cartas. La mina tenía el pelo negro azabache, largo, muy largo. Entre los labios rojo-carnosos sobresalía un aro plateado que colgaba de su lengua. La chica no tendría más de treinta y se refregaba el rostro a modo de caricias. Dos pibes la miraban concentrados. El más grande tenía una remera de Newell’s que estaba agujereada y el otro tendría mi edad. Ahí fue cuando sentí una especie de dolor ajeno. Yo estaba con mi viejo y los pibes solos. Imaginé qué pensaban ellos al tiempo que miraban a la tetona.

Mi viejo me llevó a probar puntería. El pulso me temblaba. La vista se nubló. La mirilla zigzagueaba nerviosa. Los patos desfilaban incólumes, firmes, amarillos. "No puedo papá", dije y bajé la escopeta. Mi viejo me frotó la cabeza: "¿Qué te pasa pibe?". "No sé, estoy triste", le contesté.

Por aquellos días el Papa Juan Pablo II había estado en Argentina como mediador de la guerra de Malvinas. La imagen de miles de personas emocionadas, llorando, pidiendo por el fin del conflicto me habían confundido. No soportaba tener un arma aunque fuera de juguete. Me acuerdo que en mi casa se discutía mucho del tema y yo no entendía por qué contrastaba la bronca de mi papá con la algarabía de la escuela. Creo que en ese momento no pude hablar. Aunque la percepción de mi viejo fue más allá: "No te hagas problema, querido, que dentro de poco la gente va a estar contenta". 

Una vida de punta a punta 

“Este viejo adversario despide a un amigo”. Siempre me emocionó la despedida de Balbín a Perón. Creo que la primera vez que vi el fragmento de ese histórico discurso fue en la Escuela Nacional. Primer año de la secundaria post dictadura. La peli era La República Perdida. Ya con 12 años a cuestas, con mi historia personal, de peronismo encarnizado en la figura de mis viejos, las palabras de Balbín, me emocionaron.

El día que murió Kirchner fue lo primero que recordé. Después de años de escepticismo, liviandad política, y militancia aséptica muy típica de mis adolescentes años menemistas, sin militancia, sin discusión política y con amigos mirando hacia Miami la noticia caló: Murió Néstor Kirchner.

La palabra nueva

Democracia. Una palabra nueva, rara, tan inabarcable como el parque de diversiones. Votar, elegir, decidir. Alegría, dibujos animados, comprensión. Respeto, tranquilidad, juegos. De todo eso me habló mi viejo. Y compró un paquete de garrapiñada para mí y otro para los pibes que miraban a la malabarista.

Esa noche fui feliz por un rato y cuando llegamos del parque de diversiones hacia mi casa le conté a mi mamá. En la tele ya no decían “vamos ganando”. La Plaza de Mayo se empezaba a llenar de gente que no victoreaba por una guerra sino que repetían esa palabra difícil que había aprendido. Mis ojos de niño proyectaban la democracia con un matiz de fantasía. Con la misma fantasía con la que había entrado al parque de diversiones una tarde de otoño. 

Siempre suelo llorar, como aquel otro diciembre con las asunciones presidenciales. Esta vez, por la sencilla despedida de una década que jamás me imaginé vivir. Por la herencia de aquel presidente que conocí en el Monumento a la Bandera cuando aún duraban los ecos de una crisis reciente, un hombre que murió rápido y que dejó un legado. La democracia no será nunca más un concepto sino una acción concreta. 

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