Gira el disco lentamente

por la habitación

soy piloto de juguetes

entre nubes voy.

Cruzo el valle

en mi frágil

planeador.

(Bosio, Cerati, Ficicchia: 1996)

 

 

Entre los muchos micro ámbitos que componen la dimensión educativa, el de aquellos encargados de la planificación constituye un rincón extraño. Cercanos de quienes se dedican a la estadística, quienes se dedican a la planificación educativa suelen poseer un espíritu ordenado –y/o ordenador– más paciente que ansioso, más resistente que explosivo; un espíritu o personalidad, inclinación, temperamento, presencia de ánimo meticuloso, a veces hasta la obsesión.

La planificación educativa requiere de estos espíritus principalmente porque el grueso de la tarea supone un lento y sostenido mirar hacia atrás y hacia adelante buscando en el horizonte las pistas ocultas del devenir educacional.

Las coyunturas, las emergencias, parecen, a primera vista, enemigas de la planificación, pero atención, spoiler alert: no es tan así. Es cierto que una emergencia, una coyuntura inesperada que interrumpe la parsimonia educativa requiere de una respuesta, un ajuste o reacción inmediata; pero un acontecimiento disruptivo pensado sólo desde el aquí y ahora está condenado a la repetición del puro presente –el eterno retorno– y puede condenar también a andar y desandar, cual una Penélope posmoderna, en un bucle político –de política educativa en este caso– devastador.

En cambio, si junto al reflejo inmediato que supone toda emergencia, es posible incluir la mirada de la planificación, se logrará incluir la pregunta “¿Y después qué?”, es decir, la pregunta sobre el mediano plazo; y también la pregunta sobre el contexto. Es decir: “¿Cómo impacta esta decisión de coyuntura en el conjunto de las acciones y decisiones que sostienen el sistema educativo y que se ven afectadas hoy, mañana y pasado mañana?

En estos tiempos en que las tecnologías educativas aseguran tener la respuesta a todas las preguntas parece oportuno recordar que la tecnología burocrática, de planificación, de organización y de supervisión –que tienen más de cien años– podrían, sino resolver, al menos atajar parte del desorden educativo que cunde por doquier.

Sesión del Consejo Federal de Educación.Sesión del Consejo Federal de Educación.
Sesión del Consejo Federal de Educación.

Tal vez una de las dimensiones menos valoradas de la planificación educativa consista en la capacidad de anticipar diversos (¿divergentes?) futuros posibles. Basados en la información que tenemos hoy (que incluye la información de los múltiples ayeres) ¿qué escenarios de continuidad o de cambio es posible anticipar? ¿Qué movimientos, necesidades, requerimientos es posible anticipar? Con la adicional –y eventual– posibilidad de reducir los márgenes de la bendita incertidumbre que últimamente parece justificar cierta posición expectante y falta de respuesta que se ostentan desde distintas oficinas.

Alejandro Morduchowicz planteó aquí al menos tres frases que iluminan este tema:

“A las coyunturas le caben respuestas y a los problemas sociales le caben políticas.”

“Las respuestas están en el límite extremo de la visión atomista de las políticas públicas (…) esta visión atomista, segmentada, fragmentada, es la que ya se instaló hace décadas en nuestros sistemas educativos (…) hemos ido perdiendo la mirada integral, más holística de pensar la educación y de comprender que cuando una variable se ve afectada, seguramente se van a afectar otras variables...”

“Si no pensamos en el futuro es como una forma de renunciar a la posibilidad de incidir en él.”

 

¿Qué quiere usted de mí?

-¿Enseño mucho, poquito, nada?

-¿Estudio mucho, poquito, nada?

Aquello que desde el punto de vista de la centralidad del sistema es posible pensar como planificación o anticipación, es vivido desde el punto de vista de los actores cotidianos de la educación como un horizonte de confianza, de previsibilidad. Se trata de las condiciones de posibilidad que permiten pensar, prever, soñar a estudiantes y docentes que invierten durante muchas jornadas esfuerzos materiales y simbólicos en una tarea que esperan les devuelvan unos productos, resultados, satisfacciones en un futuro más o menos cercano pero siempre imaginable.

De las mega planificaciones a nivel de sistema a las planificaciones de aula de cada docente, siempre hay una relación de balance entre lo que se supone necesario movilizar hoy, aquí y ahora para encontrarlo modificado, mejorado, enriquecido allí mañana.

Precisamente uno de los aspectos que más radicalmente se han alterado en estos tiempos de hiper extendida cuarentena educativa es el horizonte de previsibilidad que ordenan el presente y el futuro educativo. Esta situación que acompaña desde el inicio el año académico presenta hoy señales de enorme preocupación que aumentan a medida que se acerca la primavera, porque tarde o temprano habrá que tomar definiciones.

La olímpica falta de precisiones oficiales - que siguen tratando el tema desde la obstinación que sostiene que “seguimos educando” como si no se tuvieran ya datos empíricos de que esa generalización esconde bajo la alfombra unas desigualdades agigantadas - desconciertan a los actores protagónicos de la cosa educativa, dejando a estudiantes y docentes sin las pistas mínimas para orientar su actividad cotidiana.

La suspensión de calificaciones, medida acertada para el/los primer/os bi/tri/cuatrimestre, no resultó inocua; pululan los relatos que advierten sobre el relajamiento de los ya menguados intercambios propiamente académicos que se sucedieron como epifenómenos no deseados de aquella decisión.

Sea como fuere, más temprano que tarde habrá que ponerle nombre, apellido y número a lo que poco o mucho se pudo enseñar, menos o más se pudo aprender y que de alguna forma se pudo ponderar.

Final abierto

A esta altura del siglo XXI, todos los ministerios de educación tienen algún área más grande o más pequeña de planificación; posiblemente sea hora de abrir un diálogo fluido con sus integrantes - aquellas almas que se caracterizó al principio de estas líneas-. Posiblemente se pueda integrar a esa conversación la mirada de los docentes y estudiantes; posiblemente pueda construirse con ellos un horizonte de previsibilidad que devuelva sentido a las prácticas cotidianas en las escuelas - físicas o virtualizadas - y posiblemente también esos diálogos que buscan comprender la mirada de los actores y a la vez tener una mirada integral del sistema, abra la posibilidad de inventar las políticas públicas educativas de mediano plazo para incidir en el futuro desde una perspectiva justa y solidaria; de lo contrario se impone la ley de la selva y todo el mundo ya sabe cómo termina esa película.

 

(*) Profesor y licenciado en Ciencias de la Educación.
Miembro del Centro de Estudios en Políticas Sociales y Educativas.