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Si nos remitimos a la definición de la palabra autoridad, ésta es considerada como el poder que uno ejerce sobre otro, sin  fuerza. Y si bien la autoridad es un aspecto a tener en cuenta en todas las instituciones que conforman la sociedad, en los últimos tiempos se han configurado otras maneras de estar en ellas. Familias sin referentes y  dificultades para construir consensos son algunos de los conflictos que se manifiestan día a día.

La pregunta obligada es qué nos pasa a padres e hijos que no podemos establecer el diálogo entre nosotros, qué nos sucede que no podemos construir un sistema de relaciones de respeto entre unos y otros.

El problema a dilucidar, creo, no es la incapacidad de los más jóvenes para apropiarse de un orden establecido, sino la ineficacia de una representación  de la autoridad, la falta de referencia que un adulto puede construir.

Si bien décadas atrás quienes fuimos jóvenes teníamos clara la diferencia entre lo permitido y lo prohibido; sabíamos, de antemano, que “si nos pasábamos de la raya”, venía el castigo o el enojo paterno. El límite nos estructuraba.

Hoy por hoy, de tiempos fluidos, de aceleración y de fragmentación, la pregunta es cómo hacer para educar en este contexto. No caben dudas que no hay lugares fijos sostenidos en una jerarquía autorizada, en la herencia o en la experiencia acumulada. Ya no se respeta el camino recorrido por otros, pero tenemos que ir pensando que la falta de autoridad en una institución, en este caso el hogar, repercute en el vínculo con los otros.

Los padres somos, o deberíamos ser, el referente adulto de los jóvenes, somos quienes sostenemos la autoridad, quienes debemos identificar señales de alarma en los más chicos, quienes debemos ser objetivos cuando los miramos y, además, ser firmes, que no es lo mismo que autoritarios, siendo claros en nuestras explicaciones y aportando a fin de construir consensos. Pero, por sobretodo, somos quienes debemos tener coherencia entre el decir y el hacer. Y lo demás vendrá por añadidura.