Beto y Pilar se miran y sonríen. Desde hace dos años vienen proyectando este viaje “como una obsesión”, y ahora aunque les cuesta creerlo es un hecho. Él es ingeniero industrial y ella, contadora. Y a base de trabajo, ahorro, planificación y mucho acompañamiento de los suyos, este miércoles encienden el motor de su Van T2 color verde inglés, su ‘Pacha’, y arrancan.

El viaje empieza en pueblos de Traslasierra de Córdoba, para poner a prueba la combi en la montaña. De ahí siguen para San Luis y Mendoza, donde ya hay gente que se ofreció para alojarlos. “La gente se inspira y te va invitando a su casa, es increíble los lazos que ya desde antes de arrancar se fueron generando”, contó Beto a Rosarioplus.com.

Después de Mendoza empezarán a subir y recorrerán el Norte Argentino, para pasar la Navidad y fin de año allí. “El carnaval en Bolivia es un sueño a cumplir, y después iremos al Machu Pichu en Perú”, cuentan. Y así sigue la ruta: “Ecuador, Colombia e ir subiendo por el Pacífico, recorrer Centroamérica, Panamá y llegar hasta México como destino final". A los dos les gusta jugar al fútbol, por lo que en cada parada, mate de por medio, armarán un picadito con la gente del lugar.

Viajarán bien al norte, como el joven Christopher McCandless, que se alejó de todos para llegar hacia Alaska en su Van, y contó su experiencia en su diario que luego fue contado por un escritor que lo hizo bestseller y luego la película Into the wild (‘Hacia rutas salvajes’ en castellano). Sólo que los rosarinos se van juntos, unidos en su amor y en este objetivo de introspección y conocimiento de América Latina.

El viaje llevará dos años como mínimo, pero Beto y Pilar no descartan quedarse a vivir indeterminadamente en algún lugar que los enamore en el camino. “Buscamos impregnarnos de la atmósfera de cada lugar. En algunos buscaremos trabajo y estaremos unos meses”, apuntan. Pilar hizo bandoleras y bolsos para vender, y hasta contó que está armando un libro de recetas de cada uno de sus seres queridos: “Durante el viaje voy a pedir a la gente que nos crucemos que comparta sus recetas, y que la escriban con su propio puño y letra para que quede el registro”.

¿Cómo se conocieron? "En una fiesta de año nuevo en 2014 y nos enamoramos –recuerda Beto-, cuando los dos eramos estudiantes. Yo tenía la idea de viajar con un amigo que al final se bajó, y ella se sumó sin dudarlo. Es que yo volví de un viaje al norte, estupidizado (sic) con querer conocer Latinoamérica, porque ví la realidad que no se quiere mostrar, de explotación a pueblos originarios que están oprimidos. Es una lucha que me identificó sin tener necesariamente los orígenes", afirma el joven.

"Lo que él soñaba era muy lindo y yo me dije ‘no me lo pierdo ni loca’. Le dije que me espere a que termine la carrera, y nos pusimos a ahorrar desde entonces. Peso que teníamos, iba para el viaje y arreglos de la chata", sumó Pilar.

El proyecto se llama Sueño Rutero, y tiene una fanpage de Facebook y cuenta en Instagram, para contar las vivencias e invitar a la gente a que se anime a hacer lo que realmente tenga ganas.

Cuentan que se inspiraron en dos periodistas que tienen un programa de radio llamado Combi Rutera y viajan por todos lados, y que cuando los contactaron “fueron muy generosos y dieron recomendaciones de lugares y de maneje”.

Para este viaje, que prepararon mucho tiempo, para Beto y Pilar fue lindo ver cómo amigos los apoyaron con diversas colaboraciones: “Uno hizo el logo que vamos a pegar en la van, otro ayudó en sus arreglos, y los padres de Pilar imprimieron unas remeras del sueño rutero”, apunta Beto. Inclusive, amigos que querían viajar a alguno de los lugares que tienen planificados se van a sumar para esas fechas y acompañarlos unos días. “Es emocionante ver cómo la gente se apropia de nuestro proyecto y quiere hacer algo para ayudar a su manera”, expresan.

Pero también recuerdan que desde que comenzaron a planificar el viaje, no todo el mundo los apoyó: “Nos dijeron ochenta veces que cómo van a hacer si se rompe la chata, se quedan sin dinero, que la salud. No pueden creer que renunciamos al trabajo. Pero ya vivimos con la restricción del dinero todo el tiempo latente en Rosario. No me la voy a llevar conmigo, la dejo acá”, reflexionó el ingeniero ahora devenido en viajero.

“Hay que superar miedos, salir  de la zona de confort y desprenderse de los materiales y de los amigos. Es hacer miles de kilómetros para conocernos a nosotros mismos”, aclaró.

La Pachamama: la tercera viajera

Pacha es la combi que compraron y los acompaña desde hace un año. La hicieron pintar y equipar adentro: tiene una cama de dos plazas, baño químico, cajoneras, cocina a gas, radio, ventilador, una mesada para cocinar y comer, e iluminación con luces de LED. La cama se vuelve sillón, y también tiene caños en el techo para colgar un toldo al costado para dar sombra en las paradas que realicen.

“El nombre es porque viajamos si la Pacha quiere, si la tierra quiere. Decimos siempre que tenemos el monoambiente con el patio mas grande del mundo”, dice Beto sin ocultar el cariño que guarda por su chata.

El vehículo es un Wolksvagen T2 a nafta del año 1990, por lo que fue de las últimas que se fabricaron en Argentina. Está acondicionado por dentro, ya que las paredes tienen telgopor y madera que lo aísla del frío.

“Es como una hija gordita y caprichosa”, coincide la pareja, porque además del acondicionamiento que les llevó, hay que respetar sus tiempos: viaja a 80 km por hora. “Hay que parar cada un tiempo para enfriar el motor, mirar el paisaje y descansar, y eso significa un cálculo de no más de 400 kilómetros por día”.

El mensaje rutero