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“¿Van al festival?”, preguntó Amilcar, conductor del micro. “Yo cantaba también, conocí a Liliana Herrero en un Pre Cosquín… pero lo terminé dejando, era ser cantante o la familia, y elegí lo segundo.

Una anécdota trae a otra hasta llegar a Cosquín, una ciudad misteriosa. Los que la visitan cada año aseguran que esta pequeña urbe de apenas 45 mil habitantes no cambió nada en todos las ediciones de festival, 56 ya.

Y es cierto que las infraestructuras parecen escasas para albergar a todos los artistas, turistas y especialistas que durante una semana hacen parada en este paraje enclavado en pleno Valle de Punilla para disfrutar de lo más selecto de la música popular.

Con un calor medio sofocante, hasta las 19 no se empieza a ver vida en las calles. Ahí sí despiertan los vecinos, se visten los gauchos y afinan las guitarras los improvisados que copan las calles y plazas cocoínas para despuntar el gusto de cantar un rato.

Las tiendas abren sus puertas, la Feria de Artesanos levanta sus toldos y los autos dejan de circular para dar el protagonismo a lo que corresponde: chacareras, chamamés, zambas y tangos que musicalizan cada esquina.

Pero en esta edición la mezcla es una característica destacada, y aunque en otros festivales como Jesús María la presencia de estilos distintos, como el de Lali Espósito, generaron polémica, en Cosquín se espera con ansia la llegada de la trova y la cumbia santafesina.

En uno de los pocos alojamientos de Cosquín terminan de descansar en la pileta Rubén Deicas, Marcos Camino y el resto de Los Palmeras antes de su estreno en el festival. Es un viaje largo desde Santa Fe, aunque los que pudieron verlo dicen que el colectivo en el que viajan nada tiene que envidiarle a buenas habitaciones de hotel. Fandermole permanece en su habitación hasta la hora de la rueda de prensa.

“Es una responsabilidad grande”, dice Rubén a los medios nacionales que abarrotan la sala de prensa. “Era un sueño, una meta que nos habíamos fijado, y después de tantos años lo conseguimos”, agrega.

Tanto los llamados “creadores de la cumbia santafesina”, como el referente provincial de la trova, hablan de la mezcla de estilos. “Somos gente de acción, hay que dejar de lado los prejuicios”, a la vez que promete a futuro “intentar armar algo juntos”. Y se refiere a Los Palmeras. Seguro que sería una propuesta interesante. “No nos dividan, estamos juntos”, exclama Marcos.

Es Jorge quien arranca los primeros aplausos al tocar los acordes de la chacarera “La Luminosa”, uno de sus temas junto al fallecido folklorista Raúl Carnota.

De tradición más íntima, sus cinco temas sobre el escenario, que incluyen “Hispano” y “El amor y la cocina”, emocionan, aunque la audiencia de la Plaza Próspero Molina se mantiene en sus asientos, atenta a las melodías.

Eso sí, el “Sueñero” espabila a los todavía dormidos, que entonan el estribillo mientras se balancean.

Pero el Atahualpa Yupanqui está a punto de presenciar un momento de esos que se guardan en la memoria. Con un giro de escenario cronometrado al milímetro aparecen Los Palmeras, con instrumentos en mano, listos para empezar su show.

Después de un accidentado inicio- unos fallos de sonido complicaron la entrada de los cumbieros- suena la inconfundible melodía del acordeón que anuncia un inicio apoteósico. “El bombón asesino” levanta como un resorte a toda la plaza.

La cumbia santafesina, con el acompasado güiro de Rubén marcando el ritmo, se hace dueña del recinto entero, con folkloristas que mueven las caderas con emoción, para acompañar después también otros éxitos como La chola, Olvídala, Perra y seguir con bises reclamados como la versión del tema “Como Alí” de Los Piojos, “Te vas” o “Embrujo”, cerrando así una noche memoriosa para la música de la provincia en el festival de folklore nacional más relevante del país y un estreno probablemente sin precedentes. Objetivo conseguido.