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Irán en crisis: ¿se avecina otra revolución como la de 1979?

En una semana de revueltas 22 personas perdieron la vida en Irán y, aunque el régimen teocrático restableció el orden, surgen incógnitas sobre el futuro del país.

Las protestas comenzaron el pasado 28 de diciembre en la ciudad de Mashhad, la segunda más grande de Irán, en medio del descontento popular producto de una macroeconomía que, aunque se está encarrilando y ofrece síntomas de prosperidad, no se traduce en beneficios para los bolsillos de la población. Los reclamos no tardaron en extenderse a distintos puntos del país y en llegar a los medios masivos de comunicación y a las redes sociales. En varias partes el mundo comenzaron las preguntas ¿qué sucede en Irán? ¿Se avecina otra revolución como la de 1979?

El contexto

Las manifestaciones se iniciaron a raíz del descontento por los aumentos de precios y por distintos hechos de corrupción, pero rápidamente adquirieron un tinte político-ideológico más profundo. Al cabo de pocas horas se transformó en la mayor demostración de enojo popular desde las protestas masivas que pedían reformas políticas en 2009. En aquel entonces, la indignación de los iraníes estuvo motivada por la falta de transparencia en las elecciones presidenciales que consagraron de manera dudosa al conservador Mahmud Ajmadinejad para un segundo período al frente del país.

Multitudinarias protestas en Irán (EFE).

En ésta oportunidad el enojo llegó a tal punto que los cuestionamientos, inicialmente focalizados sobre la política económica del gobierno del presidente reformista Hasán Rouhaní, alcanzaron al mismísimo epicentro de este complejo sistema político.

Todo el sistema político iraní gira en torno de un grupo de líderes religiosos, que tienen la última palabra en todos los asuntos de la vida social, política, cultural y económica del país. Por eso se considera una teocracia, es decir, un gobierno religioso. El jefe de ese grupo de clérigos que gobiernan en los hechos es el  ayatolá Alí Khamenei.

Un factor común en los lugares donde se produjeron las manifestaciones fue el clamor para que termine el gobierno clerical. Inclusive se escucharon consignas a favor de la remoción y hasta de la muerte del líder supremo Khamenei. Esto no tiene precedentes en el país y es lo que lleva a pensar a algunos analistas en que se instaló el gérmen de una revolución.

Otro factor de peso en el contexto en el cual surgieron las protestas fue la disconformidad popular ante las intervenciones de Irán en el exterior. El país se involucró de manera directa en la lucha contra el Estado Islámico (ISIS) al que considera una aberración religiosa y, en tal sentido, el gobierno iraní trabajó conjuntamente con sus pares de Rusia y Siria para derrotarlo. Simultáneamente financia a grupos insurgentes como Hezbollah en Líbano y Hamas en Palestina, además de mantener una guerra velada con Arabia Saudita. Pese a que el gobierno lo niega, se especula con que proveyó de armas a los rebeldes hutíes que luchan en Yemen contra la coalición liderada por Arabia Saudita. Ante este marco, los manifestantes reclamaron al gobierno que se prioricen los asuntos domésticos en lugar de las costosas intervenciones en el exterior.

Reacciones

Las autoridades iraníes responsabilizan por las revueltas a sectores que denominan como “antirrevolucionarios” y también a agentes de potencias extranjeras. El presidente Rouhaní expresó que las protestas representan "una oportunidad, no una amenaza", pero también -quizás para conformar a la cúpula clerical- prometió medidas enérgicas contra quienes transgredieran la ley.

El presidente de Irán, Rouhaní (EFE).

La Guardia Revolucionaria -la organización militar más importante del país- prometió responder con "puño de hierro". Y cumplió. Al cabo de una semana de protestas, tardó pocas horas en controlar todos los focos de disturbio.

A partir de allí se intentó minimizar el tamaño de las protestas aduciendo que no alcanzaron a más de 15 mil personas en todo el país, aunque la cifra real de manifestantes es prácticamente imposible de calcular desde Occidente. El ayatola culpó abiertamente a "los enemigos de Irán" por los disturbios, poniendo especial énfasis en el gobierno de los Estados Unidos.

Allí, el presidente Donald Trump manifestó a través de Twitter que los "regímenes opresivos no pueden durar por siempre y llegará el día en que el pueblo iraní enfrentará una opción. El mundo está viendo".

Por su parte, la cancillería iraní calificó esos comentarios de "oportunistas y engañosos".

Lo cierto es que desde que asumió la presidencia, Trump ha intentado por todos los medios boicotear el acuerdo sobre uso con fines pacíficos de energía nuclear al que el gobierno iraní llegó con la Administración Obama, la Unión Europea y Rusia. Ese acuerdo fue el que le permitió al gobierno  iraní levantar las sanciones que pesaban sobre el país, vender su petróleo en los mercados internacionales sin restricciones y comenzar a crecer nuevamente. Sin embargo, esa reinserción global no se tradujo hasta ahora en una mejora en la calidad de vida de la población y eso alimentó el descontento popular que estalló en las últimas revueltas.

¿Qué puede pasar?

El descontento es genuino, atraviesa a la mayor parte de la población y está justificado. En promedio, se calcula que los iraníes se han empobrecido un 15 por ciento en los últimos diez años. Sin embargo, la mayor parte de la población teme manifestarse y las protestas se han limitado generalmente a grupos relativamente pequeños de hombre jóvenes que demandan el fin del gobierno religioso. Son justamente esos hombres jóvenes quienes se encuentran con escasas oportunidades de trabajo y al mismo tiempo se han vuelto cada vez más cosmopolitas mediante el acceso a Internet y especialmente a las redes sociales.

Sin embargo, hasta el momento no aparece un liderazgo revolucionario visible. Los principales dirigentes opositores a la teocracia o bien fueron silenciados o bien están exiliados. Si se tiene en cuenta el enorme poder de coacción con el que cuenta el Estado y la carencia de liderazgo de quienes se oponene al sistema teocrático, cabe concluir que falta un camino aún muy largo por recorrer antes de pensar en un cambio de sistema político en Irán.

Sin embargo, queda flotando en el aire ese clima enrarecido emanado de la denominada “primavera árabe” que arrasó con varios gobiernos en la región y también la supuesta apertura en Arabia Saudita, la monarquía más retrógrada y represiva del mundo islámico. En definitava, una apertura radical en Irán parece distante, pero en el mundo actual, caracterizado por lo vertiginosos que se tornan algunos procesos, tampoco hay que dar nada por sentado.

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