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Di María: un fideo con la fortaleza de Hércules

"No ven todo lo que muchos de nosotros tuvimos que luchar para poder llegar". Esa es apenas una de las tantas frases disparadas por Ángel Di María en un texto publicado por The Players Tribune, un portal que suele compartir historias de futbolistas narradas en primera persona. La de Fideo (¿o Hércules?) emociona particularmente por su contenido y por el momento en que se da a conocer, pocas horas antes de que se juegue el partido más importante para la selección.

Di María se crió en el seno de una familia humilde de Rosario y en la ciudad siempre se conocieron algunas de sus historias, pero nunca de manera tan profunda como este lunes cuando el texto soprendió a más de uno. Aquel flacucho carbonero de diez años que por no quedarle otra tuvo que ayudar a su padre en ese oficio, será titular en el extremo izquierdo del ataque y buscará su revancha particular. Tal vez sacarse la espina por no haber podido estar en la final de Brasil 2014.

"Esto pasó en la mañana de la final del Mundial 2014, exactamente a las 11. Yo estaba sentado en la camilla a punto de recibir una infiltración en la pierna. Me había desgarrado el muslo en los cuartos de final, pero con la ayuda de los antiinflamatorios ya podía correr sin sentir nada. Les dije a los preparadores estas palabras textuales: 'Si me rompo, déjenme que me siga rompiendo. No me importa. Sólo quiero estar para jugar'". Di María elige iniciar su historia por un momento que lo marcó para siempre. El Real Madrid no quería que se rompa porque estaba listo para venderlo, pero el flaco se presentó ante Alejandro Sabella y con lágrimas en los ojos le dijo que estba disponible. El DT finalmente no lo puso.
 
"Lo que todavía me da vueltas por la cabeza es ese momento en el que voy a hablar con Sabella y me largo a llorar enfrente de él. Siempre me voy a preguntar si él pensó que yo lloraba porque estaba nervioso", continúa más adelante el punta del PSG tal vez reconociendo que desde ese día lleva una carga particular en su cabeza. Una que tal vez le haya impedido volver a lucirse con la camiseta argentina. 

El texto da un giro luego. Di María se dedica a contar sus días de pibe humilde e inquieto en su casa de paredes blancas pero manchadas por el carbón que embolsaba junto a su padre y su pequeña hermana para poder comer. Eso de no poder parar, de correr para todos lados, lo tuvo desde siempre a punto tal que su madre, preocupada, lo llevó a un médico. El consejo del doctor no pudo ser mejor: "Que haga fútbol".

Y así fue. Fideo contó que la rompió en su barrio y que entonces lo llamaron desde Rosario Central. Que su padre era fanático de Newell's y su madre del Canalla, y que fue ella la que no dudó en hacer un sacrificio enorme para que Angelito vaya a practicar con los auriazules. Auto no había, entonces nació Graciela, una bicicleta especialmente adaptada para que la mujer de la casa llevara a su hijo a practica y a su hija a estudiar. En ella, los tres reorrían unos nueve kilómetros. 

Condiciones le sobraban, pero no crecía. Pero no le importó, siguió. Estuvo a punto de dejar pero siguió. Di María se acostumbró de pequeño a golpearse y levantarse. Sus compañeros en inferiores lo apoyaron cuando un DT que lo había tildado de "desastre" lo hizo llorar por un día entero. Y llegó, justo cuando se vencía el plazo que en su familia le habían impuesto pudo debutar en Primera. Entonces comenzó a convertirse en el que todos conocen.

En poco tiempo se subió a un Hércules y se fue a jugar la Copa Libertadores con Central a Colombia. Ese avión de carga fue el transporte del plantel Canalla que viajaba a Medellín y Di María lo recuerda particularmente. Otras veces en su carrera se encontró con ese nombre: Hércules. A ese equipo en España le convirtió su primer gol, y aunque muchos todavía lo tilden de "blando", también tiene la fortaleza de ese personaje mitológico. Este martes, podrá demostrarlo en la cancha. 

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