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La pregunta genera escalofríos de sólo imaginar semejante escenario: ¿Cuán más cruda y dramática sería la realidad de los barrios de Rosario de no tener abiertas las puertas de sus clubes? “Sería perder la batalla por completo, con un panorama aún más desgarrador y desolador del que palpamos hoy en día”, se anima a aventurar María, una de las tantas madres que colaboran sin pedir nada a cambio en el humilde club Alianza Vélez Sarfield, en barrio Industrial.

 

 

En la historia de María, como en la de miles de mujeres que aprendieron a convivir con la perturbadora preocupación por los oscuros flagelos que ganan terrenos en los barrios de la ciudad, se sintetiza el necesario e indispensable rol que cumplen los clubes en la contención e inclusión de los chicos que dejan en evidencia la insuficiencia de las políticas sociales del Estado. A María se le encoge el pecho al proyectar la adolescencia de su hijo sin su gran (y único) escudo protector por fuera de la escuela y la familia: el club ubicado a la vuelta de casa.

Rosarioplus.com se metió en el corazón de cuatro de los más de 125 clubes que hay en Rosario para conocer las características del silencioso y arduo trabajo de arropar a los pibes desde la recreación y el deporte. La fotografía capturada, un retazo de experiencias y vivencias de quienes ponen el cuerpo en esta loable lucha, resume uno de los tantos atajos que toman muchos rosarinos --anónimos en su gran mayoría-- ante el desesperado afán de transformar la realidad de la ciudad.

El club Godoy, la “trinchera” de barrio Bella Vista  

Emanuel Villegas tiene 25 años. Forma parte de una generación que creció en pleno retroceso del Estado, cuando el discurso neoliberal encandilaba y seducía a toda una región. Aquel modelo de país derrumbó los cimientos de miles de clubes barriales, entre ellos el de Godoy, una institución de referencia en la vida social y cultural de la zona oeste de Rosario.

 

Tras 15 años de abandono y desidia, los jóvenes del barrio, conscientes de la necesidad de recuperar un “espacio vital” para la inclusión de las nuevas generaciones, emprendieron la utópica misión de reabrir las puertas de la institución. En 2013, luego de una intervención judicial, el sueño se transformó en realidad. “Aún nos faltan algunos papeles, quedan trámites burocráticos para poder establecernos como comisión directiva, pero estamos otra vez dentro del club. No nosotros, sino muchos pibes que antes estaban en la calle”, señala Emanuel.   

El fútbol de salón es la única actividad que, por el momento, se practica en Godoy. Hay tres categorías formadas y más de 50 chicos corriendo detrás de una pelota. La leyenda “pintó esperanza”, que empapela todas las instalaciones del club, resume un sentimiento compartido por los padres, los vecinos y las flamantes autoridades. “El barrio es otro, se palpa la diferencia entre tener un club vacío y oscuro, y un club con vida propia. Los chicos tienen otras posibilidades, otras oportunidades para formarse a través del deporte”, agrega Villegas.

Las dificultades y los contratiempos (falta de financiamiento, cuotas sociales impagas, problemas al no contar todavía con una personería jurídica, etc) no logran borrar las sonrisas por saber que Godoy volvió a ser una “trinchera” que, al menos, sirve de refugio para el eslabón “más vulnerable” de la sociedad. “Estamos rearmando lazos perdidos, lazos que se habían roto. La tarea que nos queda es larga y dura. Pero muy necesaria para el futuro de los pibes del barrio”, explica uno de sus refundadores.   

La canchita de los 80 chicos

El club Alianza Vélez Sarfield está ubicado en Gorriti al 1900, en barrio Industrial, al límite con Ludueña. Toda su actividad gira en torno a una canchita de tierra en la que los yuyos verdes se cuentan con los dedos de la mano. Ese pequeño rectángulo cobija a 80 chicos que viven en la zona. Hay clases de fútbol y de hockey, las únicas dos disciplinas que se practican. Aquellos padres que pueden, pagan una cuota voluntaria de 30 pesos al mes. Los fondos siempre escasean.

 

María Fleitas es una de las tantas mamás que decidieron involucrarse en la vida social del club para afianzar el sentido de pertenencia que la institución genera en los más chicos. “El club cumple una función muy importante en el barrio: saca a los pibes de la calle, los aísla de la violencia, es una bocanada de oxígeno para nosotros”, asegura por su experiencia.

Su hijo empezó a practicar fútbol a los 6 años. Cayó en manos de un profesor (padre de un compañerito), con quien generó un fuerte proceso de identificación. Hoy, con 12 años, el nene juega  en la Fundación Messi, donde recaló tras un breve paso por Newell´s. “Encontró su camino y su pasión gracias a esta canchita. Eso lo tengo claro. Sin clubes como estos hoy la realidad de los barrios sería todavía más cruel. Aun cuando no hay ningún entrenamiento, los chicos están dentro del club, jugando, corriendo. Es un espacio de encuentro, de ahí su gran valor”, explica.

María sabe que el club no va a poder tapar “ni la droga ni la violencia”, aunque le reconforta saber que en muchos casos la pelota evita que los más jóvenes caigan en ese “mundo negro y destructivo”. “De igual modo, la batalla no siempre se gana. Hay chicos que pasaron por el club y que hoy están captados por bandas”, admite resignada.   

Su mayor queja pasa por el rol ausente del Estado. Afirma que todo se hace a “puro pulmón” gracias al aporte de padres y vecinos. “En épocas de campaña todos vienen y prometen recursos. Pasan las elecciones y acá nadie vuelve. El municipio debería tener más presentes a los clubes de barrio”, concluye.

El presidente que echó a los narcotraficantes

Gustavo Castro preside desde hace 9 años el club Belgrano, ubicado en diagonal al Hospital de Niños Víctor J. Villela, en la intersección de Rueda e Italia. Cuando asumió las riendas de la institución, se topó con una postal impensada: dos soldaditos del barrio vendían droga dentro de las instalaciones del club. “Mi oficina era de ellos, esto era un búnker”, recuerda aún con asombro.

 

Al aceptar el desafío de comandar los destinos de su querido Belgrano, este dirigente redactó en su borrador de prioridades un conjunto de estrategias para luchar contra el flagelo de la droga, su gran preocupación. Supuso que la lucha era puertas para afuera. Se equivocó. En el interior del club se vendía y se consumía. “El club se estaba pudriendo, estaba tomado. Fue un momento difícil y desesperante”, asegura.    

En la primera semana de trabajo se dio cuenta de que había dos muchachos que vendían estupefacientes dentro de la institución, uno lo hacía por la mañana y otro por la tarde. El desfile de autos de alta gama por la puerta del club era incesante. Todos, incluidos los antiguos dirigentes, sacaban su tajada del negocio. “Este club estaba manejado por viejos que miraban para otro lado porque esta gente ayudaba con dinero, les compraba la comida, la bebida y hasta les regalaba canastas navideñas a fin de año”, explica Castro

Belgrano tiene hoy cerca de 350 socios. El club sigue en pie y recuperó la plenitud de su vida social gracias a la valiente determinación de su presidente de “no transar” con el narcotráfico. “La cruzada no fue gratis, sacamos a esta gente del club pero sufrimos represalias, pintadas, robos y todo tipo de agresiones”, cuenta.

Su mayor y gran satisfacción pasa por saber que muchos de los jóvenes que antes solo entraban al club a comprar droga, hoy, por la inercia colectiva, practican alguna disciplina. “Mirá si habremos ganado la pulseada, que aquellos que me puteaban hoy me felicitan por el laburo que estamos haciendo”.    

El club de Jere, Mono y Patom

Villa Moreno es sinónimo de lucha y resistencia. La cobarde masacre de 2012 dejó profundas huellas en un barrio que con el paso del tiempo (y tras las históricas condenas para los culpables de aquel triple crimen) ha vuelto a recuperar la sonrisa. Basta con escuchar el griterío de los más de 75 chicos que practican fútbol en el Club Infantil Oroño, el lugar donde ocurrió aquella tragedia, para darse cuenta de que la vida le ganó por escándalo a la muerte.

 

 

Los propios vecinos del lugar reconocen que el club por el que alguna vez corrieron Jere, Mono y Patom, las víctimas de la masacre, es hoy más que nunca “el corazón” del barrio. “El respeto y el cariño de todos los vecinos para con la institución es conmovedor. Ni las bandas nos molestan, el triple crimen marcó un quiebre, todos saben de la importancia social que tiene esta canchita”, subraya Mónica, la tesorera del club.  

De la escuela a la canchita. Y de la canchita a la casa. Esa es la rutina diaria de la mayoría de los pibes en Villa Moreno. “Por eso la importancia del club. Acá cobijamos a chicos de entre 4 y 12 años, no están en la calle, están con nosotros, corriendo, jugando”, dice Mónica. La contención no es fácil ni sencilla. Son muchas las batallas perdidas. Es tanta la sangre derramada que la mujer se niega a hablar de los pibes del barrio captados por el narcotráfico. “Te puedo hablar de los mellizos Rolón, jugaron acá, en esta canchita. Ahora uno está en Vélez y otro en Barcelona”, lanza como un acto reflejo cuando en la charla sobrevuela el tema de la violencia y la droga.  

Mónica también se queda sin palabras al imaginar el barrio sin la canchita y sin las instalaciones del club. “Por suerte estamos nosotros, los voluntarios que aportamos nuestro granito de arena, para que eso nunca pase. El club es el barrio. Y el futuro del barrio son los pibes y sus sueños”.