El ritual se repite cada mañana. Arranca cerca de las 9.30 y se extiende hasta después del mediodía. Sus caras, sus voces y sus características sonrisas ya forman parte del paisaje de ese tramo de la peatonal Córdoba, que va desde Maipú a San Martín. Todo se repite. El bar, la mesa y la liturgia. Leen los diarios, toman café y pispean a las mujeres que pasan caminando. También charlan y discuten: el fútbol y la política son los temas preferidos. El silencio sólo llega cuando aparecen las novedades en la agencia de lotería que está justo enfrente. “¿Qué número salió? Dame un alegría”, grita uno mientras otro se levanta para enterarse de los resultados. La suerte, como de costumbre, no acompaña. La charla, entonces, sigue. Pero ahora con la presencia de Rosarioplus.com.

“¿Cuánto me decís que cobran estos ex jueces?”, se exalta Héctor (74 años) ni bien este cronista interrumpe la conversación e instala el debate de las pensiones máximas sobre el tapete. La cifra de 128.743 pesos deja atónitos a Tito (74), César (76) y Raúl, los otros tres jubilados que en ese momento están sentados alrededor de la mesa. La catarsis no se hace esperar.

"¿Qué? ¡Es una joda!", atendieron los jubilados que cada día departen en una mesa de la peatonal.
"¿Qué? ¡Es una joda!", atendieron los jubilados que cada día departen en una mesa de la peatonal.

Héctor comenta que la mayoría del grupo trabajó para el Estado en el rubro de la telefonía fija. Adelanta que ninguno cobra el 82% móvil y que quienes “viven dignamente” lo puden hacer porque tienen el respaldo de otro ingreso. Pone su propio ejemplo. Cuenta que le ganó un juicio al Anses y que con eso puede “tirar para adelante”.

Tito es otro de los “afortunados”. Cobra la mínima, una cifra que no supera los cinco mil pesos, según afirma. Su “salvación”, sin embargo, llega todos los meses desde España, país en el que se radicó durante muchos años. Su jubilación en moneda dura es un oasis en medio de tantos bolsillos apretados. César y Raúl subsisten como pueden, como la mayoría de los pensionados del país. Pero no se quejan. Tienen lo más importante: salud y energía para seguir disfrutando de la familia y de los amigos.

Así y todo, el dato que acaban de escuchar los altera. “Es una locura que los jueces y ex ministros cobren esas jubilaciones. Sobre todo porque ellos mismos se fijan lo que ganan. Se reúnen seis tipos y dicen ahora ganamos tanto. Es una joda”, se queja Héctor. César agrega: “Ese es el tema, ellos digitan todo. Tienen esa potestad. Y como nadie quiere confrontarlos, esto es un viva la pepa. Y encima esta gente vive hasta los 95 años”.   

Su siguiente reflexión deja pensando a todos por unos segundos: “¿No les parece obsceno que alguien a esta edad cobre ese dinero? ¿A dónde vas, en qué la gastás, qué te podés comprar a esta altura de la vida?”, se pregunta.

Héctor y Tito lanzan dos humoradas para levantar los ánimos. “Te digo la verdad: con ese dinero no llego a los 75. Me lo gasto todo en joda y en chupi. La contrato a la Pradón y a otra cosa”, dice uno. “Los invitaría a todos al cabaret y tomaríamos el mejor whisky”, agrega el otro sin poder contener la risa.

Raúl, el más serio y escéptico del grupo, sigue sin entender la requisitoria periodística. “Por más que hagas una nota, nuestros testimonios no van a cambiar nada. La gente trabajadora, los obreros, siempre van a estar jodidos. En este país la guita se la llevan siempre los mismos”, plantea.

El diálogo cruzado concluye con la promesa de Tito: “Si algún día llego a cobrar esa plata, dono la mitad. No tengo dudas. No necesito tanto”. El pedido de una foto grupal dispersa a los jubilados. De la agencia de lotería salen más novedades. “¿Qué número salió? Dame una alegría”, se escucha de nuevo en la mesa. Y otra charla vuelve a empezar.