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El diputado provincial Mario Armas fue asesinado el mediodía del sábado 8 de febrero de 1986 en la cochera del Edificio Alfar, Paraguay 846, donde guardaba su auto. Durante más de treinta años, la Justicia de Rosario no avanzó un solo paso en el esclarecimiento del suceso. A principios de 2017 la investigación se reactivó inesperadamente y comenzó a despejar una trama en la que el crimen deja de ser un episodio aislado y enigmático y empieza a cobrar sentido en un marco específico: la disputa política en torno a los nombramientos en la Justicia santafesina de la época.

“Lo mataron por su trabajo en el asunto tribunalicio. Era un obstáculo. Molestaba las decisiones que querían tomar respecto de las personas que ingresaban al Poder Judicial”, declaró Luis Osvaldo Ghezzi, dirigente del Partido Justicialista de la provincia en la época del asesinato de Armas y ex secretario general del Sindicato de Aceiteros.

Armas tenía 71 años, militaba en el Partido Demócrata Progresista e integraba la Comisión de Acuerdo de Magistrados y la Comisión de Asuntos Constitucionales.

De fuente fidedigna

La reapertura del caso se produjo a partir de un dato que el diputado provincial Carlos Del Frade puso en conocimiento de la familia Armas. Lo había recibido del abogado Fernando Mellado.

Del Frade destacó “la confianza que (Mellado) me merece como fuente fidedigna” y “el alto grado de verosimilitud” de su relato en el contexto de la política santafesina de los '80, marcado por las discusiones en la Comisión de Asuntos Constitucionales -protagonizadas por Armas- y “la tensión en el Poder Judicial” ante las maniobras e intimidaciones que se atribuían al estudio de Héctor Cerrutti, “vinculado a la UOM, al Comando del Segundo Cuerpo de Ejército y a la entonces conducción del Partido Justicialista”.

En una conversación sostenida en diciembre de 2016, Mellado le comentó a Del Frade que “participando en una cena escucha de boca de Raúl Campilongo que se atribuye haber matado a Mario Armas”. La confidencia surgió en medio de una charla sobre “el clima hostil que sufrieron muchos abogados entre los años 1983 y 1989”. En marzo de 2017, agregó Del Frade, “volví a citar al abogado y él me ratificó esta información”.

Campilongo se desempeñó durante la dictadura como personal civil del Departamento de Inteligencia del Batallón 121 del Ejército, a la par de conocidos represores como Walter Pagano, Eduardo Rebecchi y Jorge Pérez Blanco.

Con la democracia, Campilongo se convirtió en empleado de Héctor Cerrutti, apodado El Padrino por su influencia en el nombramiento de jueces laborales y de instrucción. El abogado había edificado su poder como letrado de la Unión Obrera Metalúrgica. En las elecciones de 1983 el contador del gremio, José María Vernet, fue elegido gobernador de Santa Fe.

Los testimonios agregados a la causa Armas coinciden en señalar la relación de Campilongo con Cerrutti, pero nadie precisó hasta el momento cuáles eran las funciones concretas del ex espía de la dictadura en el estudio jurídico. “Sé que era amigo de varios abogados, lo solía ver en los bares cercanos al tribunal”, declaró Fernando Mellado.

“Se vestía como abogado”, recordó el abogado Jorge Majul, quien conserva un recuerdo imborrable de Campilongo: lo señala como el hombre que le disparó cuatro tiros a corta distancia, un atentado del que salió milagrosamente vivo. Nadie podría convencerlo de otra cosa:  “Yo lo vi. Yo estaba tirado en el piso”, dijo.

Un comentario habitual

El abogado Mellado pareció menos explícito con la Justicia que con Del Frade. Atribuyó la versión sobre el crimen de Armas a Luis Osvaldo Ghezzi. La causa del asesinato era un comentario habitual en los pasillos de Tribunales:  “Más de una vez este tema de Armas salió vinculado con la imputación que tuvo Campilongo en la causa Cambiaso/ Pereyra Rossi, donde este señor tuvo un falta de mérito -declaró-. Cuando en esas conversaciones salía el tema de las personas que trabajaban en los aparatos de inteligencia se habló de la muerte del doctor Armas”.

En 1986, cuando ocurrió el asesinato, Ghezzi era uno de los principales dirigentes del Partido Justicialista en Santa Fe. “Armas había tocado algo, iba a presentar en la Cámara algo fuerte, (estaba) próximo a hacer una presentación en torno a la mafia de fuera del Poder Judicial y se lo nombraba al doctor Cerrutti”, declaró ante el Juzgado de Instrucción número 11.

Ghezzi, un testigo privilegiado de la época en cuestión, no mostró dudas sobre el motivo político del crimen de Armas: “Lo mataron por su trabajo en el asunto tribunalicio. Era un obstáculo para lo que querían hacer. Molestaba para las decisiones que querían tomar respecto de las personas que ingresaban al Poder Judicial”, dijo. Tampoco vaciló al evaluar la suerte de la causa: “Se tapó todo”.

En ese marco recordó que Cerrutti “se metió en los tribunales, es decir, intervino y manejaba cuestiones del Poder Judicial”, como la permanencia y la designación de jueces. Campilongo, agregó, “andaba siempre con Cerrutti”.

El hombre del portafolios marrón

“Mi padre era una persona muy especial para mí, imposible de describir. El crimen me dio vuelta la vida, me partió en dos. En ese momento tenía tres hijos y mi mujer esperaba al cuarto, al que le pusimos Mario en honor a mi viejo”, cuenta Mario Lisandro Armas, uno de los hijos del diputado.

Armas no participó entonces en la investigación que recayó en el juez e instrucción Ernesto Pangia. “No pude hacerlo. La pasé muy mal, hasta que acomodé el duelo”, dice.

Pero con la investigación reciente recordó un detalle de la mañana del crimen, cuando se encontraba en el estudio jurídico que compartía con su padre, en el segundo piso del edificio de Córdoba 1438. “Sentí un golpe o un chequeo o bajada del picaporte, en la puerta de entrada. Caminé hasta la puerta de ingreso, que estaba cerrada con llave, y escuché que el ascensor bajaba”, dijo. Desde la ventana que daba sobre Córdoba, vio salir a un hombre  vestido de marrón que llevaba un portafolios y caminaba hacia la calle Paraguay, como quien va al edificio Alfar, donde Armas guardaba su auto.

La descripción coincide con la de Gerardo Rosso, un testigo que fue a buscar su auto al edificio Alfar y pudo ver a Armas tomar el ascensor hacia el tercer piso de las cocheras.  Un instante después, “el ascensor vuelve, abro la puerta para subir y siento que me llaman y me dicen que espere”, declaró. Era un hombre que vestía un saco marrón a cuadros y llevaba un portafolios de cuero vacuno color marrón claro.
El desconocido le llamó la atención porque tenía un bigote que parecía postizo y un corte de pelo raro, como si se hubiera puesto un peluquín. Rosso recordó que bajó en el tercer o cuarto piso, mientras él seguía hasta el sexto, y que escuchó los disparos que acabaron con la vida de Armas cuando salía del edificio.

En un nuevo testimonio ante la Justicia, Rosso agregó un dato llamativo. Su declaración, en 1986, fue tomada por el jefe de policía de Santa Fe, quien delante del propio testigo llamó entonces por teléfono al gobernador Vernet: “Le comenta que había buenas noticias, que estaba con él el que consideraba el testigo principal y que estaba aclarando mucho el caso”.

Poco después del asesinato, Vernet visitó a la familia Armas, abrazó a María Inés Morra, la viuda del diputado, y dijo que en tres meses el crimen estaría resuelto.

De la sección policiales a política

El hijo de Armas también recordó que después del asesinato, el abogado Majul lo citó en su estudio. “Me comentó que a él lo había intentado matar gente de Cerrutti y que él consideraba que el asesinato de mi papá venía por el mismo lado”, declaró. El testimonio fue desestimado por el juez Pangia.

“En esos años el nombramiento de jueces laborales y de instrucción correspondieron a los acuerdos que se hacían en el estudio Cerrutti, de calle Cerrito. En ese marco las bombas puestas en estudios jurídicos de la ciudad de Rosario tenían relación con esa construcción política del Poder Judicial en Rosario”, declaró Del Frade. El crimen de Mario Domingo Armas ya no parece un misterio de la crónica policial.