La última semana el secretario de Estado de los Estados Unidos, Antony Blinken, y el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, mantuvieron un encuentro que dejó en evidencia la tensión que existe en torno a Ucrania, y que involucra a la Unión Europea (UE) y a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). 

El gobierno de los Estados Unidos y sus aliados europeos temen un ataque inminente que acarrearía "graves consecuencias" de impacto global. 

Los dos ministros coincidieron en Estocolmo, Suecia, con motivo de la reunión de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). El encuentro se produjo en un momento crítico, dado que Blinken, lleva tiempo denunciando los movimientos de tropas y equipos rusos cerca de la frontera con Ucrania. El secretario de Estado defendió la diplomacia como medio para resolver el conflicto, pero también aclaró que los Estados Unidos y sus aliados europeos están dispuestos a imponer costos significativos a Rusia si el gobierno de Vladimir Putin opta por la escalada militar.

Blinken instó a Rusia a “replegar sus fuerzas" y a trabajar para hacer cumplir los Acuerdos de Minsk, concebidos para poner fin al conflicto bélico que se desató en 2014 en las regiones separatistas prorrusas del este de Ucrania. En tal sentido, Blinken se mostró proclive a un alto el fuego en la zona. 

Por su parte, el gobierno ruso volvió a expresar su temor ante un eventual incremento de la presencia militar de la OTAN en el este de Ucrania y también dejó en claro la posibilidad de que haya "graves consecuencias" si se ignoran sus "preocupaciones legítimas" y Ucrania termina en medio de "los juegos geopolíticos” de los Estados Unidos. Desde el ministerio de relaciones exteriores de Rusia afirman que el país podría verse obligado a "enderezar el equilibrio estratégico-militar". El gobierno ruso reclama "garantías de seguridad a largo plazo" a su par estadounidense. 

Desconfianza

Las amenazas y los mutuos reclamos de garantías son una clara muestra de una desconfianza que proviene de la Guerra Fría, pero que se avivó con las promesas incumplidas de Occidente a Rusia tras la implosión del régimen comunista. En la redefinición de los límites territoriales entre imperios, Ucrania se convirtió en el punto límite que Putin fijó, el territorio sobre el cual no está dispuesto a ceder y que, inclusive, estaría dispuesto convertir en tierra arrasada para frenar el avance de la UE, los Estados Unidos y la OTAN.

En el Kremlin desconfían de los vínculos existentes entre el gobierno ucraniano y el de los Estados Unidos. Por su parte, Blinken sostiene que hay una campaña de desinformación orquestada desde Moscú para argumentar que Ucrania representa una "amenaza" para Rusia. Para defender al gobierno ucraniano argumenta que éste "no busca una confrontación que justifique una intervención militar" rusa. 

Desde Rusia aseguran, por el contrario, que "el riesgo de guerra en Ucrania sigue siendo alto", y acusan al gobierno ucraniano de buscar acciones bélicas contra los rebeldes prorrusos de la región de Donbass. Fue con argumentos similares que Rusia propició la secesión y efectuó la posterior anexión de Crimea en 2014. 

La posibilidad de conversaciones directas entre los gobiernos de Ucrania y Rusia parece cada vez más lejana. Las autoridades rusas acusan a las ucranianas de incurrir en contradicciones, y consideran que están incumpliendo los Acuerdos de Minsk. Dichos acuerdos tuvieron por finalidad poner fin a la guerra en el este de Ucrania, y fueron firmados por representantes de ese país, Rusia, y las separatistas “República Popular de Donetsk” y “República Popular de Lugansk”, bajo los auspicios de la OSCE. Mientras las acusaciones cruzadas se mantienen, los europeos mantienen duras sanciones económicas sobre Rusia, y Rusia aumenta la presión militar en la zona. 

Hostilidad

La retórica hostil del gobierno ruso hacia Ucrania ha aumentado durante el último año. “Reintegrar” Ucrania -no solamente la región de Donbass- en el marco de la visión imperial rusa es un objetivo declarado de Putin. Además, en Rusia y en otras potencias globales cunde la impresión de un Occidente cuya debilidad quedó expuesta por la retirada caótica de Afganistán. Esa visión podría alentar al gobierno ruso a resolver sus “asuntos pendientes” con Ucrania. 
Sergei Lavrov acusó a Ucrania de provocar reacciones militares al vulnerar los Acuerdos de Minsk. Sugirió que Rusia intervendrá si el gobierno de Ucrania sigue adelante con sus planes de adoptar una ley sobre una administración de transición en Donetsk y Lugansk. Al gobierno ruso le disgusta el contenido del proyecto de ley porque no le permite efectivamente retener el control sobre las repúblicas que estableció en el este de Ucrania, sino que en su lugar promete hacer la transición hacia nuevas autoridades después de unas elecciones bajo la ley ucraniana. 
Los rusos piensan que, a través de los Acuerdos de Minsk, tienen voz sobre la legislación nacional de Ucrania y, presumiblemente, el derecho a hacer la guerra si se viola ese privilegio. Por supuesto que nunca se acordó algo así, ni como parte de las negociaciones de Minsk ni en ningún formato posterior. Pero el silencio europeo hacia el revisionismo ruso, y hacia el incumplimiento continuo y duradero de los acuerdos mediante el despliegue continuo de fuerzas de ocupación en Donbass, no hacen más que alentar la visión rusa de que Europa acepta tácitamente su interpretación.

Si la escalada continúa, el conflicto podría derivar en una conflagración entre Rusia y Ucrania. Pero ese sería sólo el comienzo, porque las fronteras de Ucrania limitan con las de varios países integrados económica y socialmente a la UE y militarmente a la OTAN. Una chispa podría encender fácilmente el polvorín.