El presidente Javier Milei aceleró hacia donde más le gusta: la confrontación plena y sangrienta. La imagen emocionado junto al Papa Francisco y los mensajes de fraternidad convidados por Bergoglio se quedaron en la puerta del Vaticano. En su función de presidente sigue llamando enemigo a quienes piensan diferente y no adversario, como rige en la política del mundo occidental. El enemigo puede ser un gobernador, un diputado, un integrante de su Gabinete o una artista como Lali Espósito. 

Luego de señalar a traidores y dejarlos del otro lado de la sociedad, ahora reaparecen los “parásitos del Estado”, un hit que cada tanto vuelve a pegar, pero en versión artista. El presidente encontró en un episodio menor toda un relato para imponer su prédica más rabiosa que le ha dado resultados.  

Milei apela a un nuevo viejo relato de dividir la sociedad, un recurso que se usó hasta el hartazgo, pero la vehemencia y los modos son lo que impresionan. Sobre todo en momentos en que la economía es crítica, la inflación de sus dos meses de gobierno fue del 50% y la política del Gobierno hace agua. 

Quizás ahí este la respuesta de por qué lo hace: vuelve a las bases, a lo que mejor sabe hacer, a confrontar, poner en agenda virales, banalizar la política, en conclusión, hacer ruido. Eso, claro, no es gobernar y menos este país infernal. Es distraer y como toda distracción no es el fondo de la cuestión ni perdura en el tiempo.  

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X de Javier Milei

De esta forma, Milei increíblemente maneja la agenda pública. "Lali Depósito" fue tendencia en redes por encima de otras cuestiones políticas y económicas más urgentes. Su equipo de comunicación sabe hacerlo, entienden las lógicas, sobre todo en redes. Se siente cómodo ahí y no entra en la rosca que es un lugar que odia y hace pésimo. El fracaso de la ley bases es el ejemplo. 

El presidente sigue enroscado en su visión de "parásitos privilegiados" y ahora apunta a un sector más endeble que la casta política pero masivo. Con el arte la tiene fácil para implantar sus discrepancias ideológicas y, en su tautología, llama socialistas y gramcianos a todo aquel que toque una guitarra o actúe. 

“Acá el problema no es una actriz. Es una arquitectura cultural diseñada para sostener el modelo que beneficia a los políticos. Bueno, nosotros venimos a terminar con eso”, escribió en una extensa y intrincada publicación en X. 

Hay algo curioso: Lali es un ícono del capitalismo, de la libertad de la juventud y hasta podría enmarcarse en la meritocracia ya que trabaja desde los 10 años en televisión, todos conceptos defendidos por el propio Milei. ¿Porqué se enoja con alguien en ese marco? Ideología mata libertad. Paréntesis: la exposición también le conviene a Lali para traccionar su figura y mainstream y, porqué no, taylorswificarse. La cantante norteamericana fue la máxima figura de resistencia de Donald Trump. 

Parece demasiado decirle parásito del Estado a la cantante porque el recital o festival tiene exenciones impositivas. Demasiado rebuscado. Con esa vara, Fátima Florez, su pareja, es otra parásito por haber actuado en cuanto show de municipio apareció en el horizonte. A quien apunta en el fondo, con Lali de puente, es a la cultura, que probablemente entre en el doloroso camino hacia el verdugo: el ajuste. 

Por último es necesario remarcar algo que pasa desapercibido por el simple hecho de la repetición: Milei ya es presidente y tiene una posición dominante frente al resto. No es un ciudadano más y sus palabras tienen otro peso porque influye de otra manera por, justamente, su responsabilidad institucional y posición de poder. ¿Es un nuevo modelo de comunicación y perfil que llegó para quedarse con su gestión? Parece que sí. Cuando las papas quemen habrá una Lali a mano para distraer.