La pandemia de Covid-19 y la invasión rusa sobre Ucrania produjeron cambios de distinto orden. Uno de ellos fue la aceleración de procesos políticos globales que ya estaban en curso, como ser la marcada tendencia del sistema político internacional a reconfigurarse como un nuevo bipolarismo, sobre el cual se podría decir -en un exceso de simplificación- que está representado por los Estados Unidos de un lado y China del otro.

En ese marco se produjo la 78ª Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el único ámbito global que aglutina a las Naciones del mundo para dialogar y encontrar soluciones a los problemas comunes. Más allá de la ONU sólo existen grupos de poder -político, económico, tecnológico, comercial, comunicacional, financiero, militar- que buscan imponer su propia voluntad. Una ONU débil, irrelevante, inconsecuente, solamente es funcional a los actores globales hegemónicos y no sirve siquiera como consuelo para los actores globales más vulnerables.

Recelos

La Asamblea General de la ONU realizada en su sede en la ciudad de Nueva York, reunió cerca de 150 jefes de Estado y de gobierno de todo el planeta. En torno a ella se concentraron grupos de presión, ONG’s y medios masivos de comunicación de todo el globo, cada uno con su propia agenda y sus propios intereses.

Como la organización internacional por excelencia, la ONU intenta mantener su relevancia en un contexto global donde además de la tensión bipolarizadora, emergen cada vez más bloques descontentos con el actual estado de cosas. La invasión rusa a Ucrania parece estar cohesionando a esos distintos y cada vez más distantes bloques. De un lado, se agrupan las tradicionales democracias occidentales, enmarcadas en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) a las que se añaden Australia, Japón y Nueva Zelanda. Del otro lado, se encuentran China, Rusia y otros regímenes afines, mayoritariamente reñidos con la democracia. Pero también hay un amplio grupo de países latinoamericanos, africanos y asiáticos, habitualmente rotulados como “Sur Global” -lo que en otros tiempos se denominaba “tercer mundo” o “países en vías de desarrollo”- que acumulan agotamiento y frustración ante el pobre rendimiento de muchas iniciativas internacionales.

La brecha entre la demanda y la oferta de cooperación internacional para ese último grupo de países aumenta proporcionalmente a los crecientes desafíos que suponen la pobreza extrema, el cambio climático, el movimiento masivo de refugiados, la guerra y las consecuencias de la pandemia (sobrecarga de los sistemas de salud, cuarentena, caída de la producción, inflación en la recuperación postpandemia). Ante ese cuadro de situación y, ante la desconfianza y los recelos producto de los alineamientos bipolares, sumada la persecución de los propios intereses, la ONU parece superada en su capacidad de ofrecer respuestas.

Resulta ilustrativo que de los 17 objetivos de la Agenda 2030 del Desarrollo Sostenible declarados en 2015 con un plazo que se cumplirá en sólo 7 años, solamente tres objetivos avanzan de acuerdo a lo previsto, concretamente los relativos a mortalidad infantil, el acceso a internet y el acceso a la corriente eléctrica.

Otro problema es el recelo que despiertan los organismos de crédito creados conjuntamente con la ONU. Tanto el Banco Mundial como el Fondo Monetario Internacional (FMI) son entidades que tienen recursos para financiar a los países que lo necesitan, pero sin embargo obedecen a sus propias agendas, principalmente vinculadas al rol de las estructuras de la ONU.

Lo cierto es que cuando la ONU se creó y, con ella, el Consejo de Seguridad que actúa como su Poder Ejecutivo de hecho, el mundo era muy diferente. Existían alrededor de 50 países -muchos de los actuales aún eran colonias- contra casi 200 ahora y la población mundial era inferior a un tercio de la actual. La economía de los Estados Unidos, país cuyo territorio no había sido alcanzado por la Segunda Guerra Mundial, era tan grande como la suma de las economías del resto del planeta. En los 78 años que pasaron desde el final de la guerra, el mundo atravesó cambios drásticos, pero no sucedió lo mismo con la ONU ni con los otros organismos internacionales creados junto a ella.

Vientos reformistas

De lo anterior se desprende que tanto la ONU como los organismos internacionales de crédito emergidos de las postguerra mundial necesitan reformas que los adecúen a estos tiempos o, en su defecto, quedarán condenados a la irrelevancia, y con ello, a la ausencia de un ámbito de diálogo, reclamo y acuerdo global.

El propio Secretario General del organismo, António Guterres, se mostró proclive a reformar el Consejo de Seguridad y los Acuerdos de Bretton Woods, que fijaron en 1944 las reglas monetarias internacionales, para adecuarlos a la realidad actual. No fue el único que se manifestó en este sentido. El presidente estadounidense, Joe Biden, el único de los líderes de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad que estuvo presente en la Asamblea General, también promueve una transformación del órgano ejecutivo.

Con relación a este aspecto, cabe recordar que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad son los que salieron victoriosos de la Segunda Guerra Mundial: el Reino Unido, los Estados Unidos, Francia, Rusia y China. Sólo ellos tienen poder de veto.

La reforma que desde distintos ámbitos parece cobrar forma, consiste en incorporar otros cinco miembros permanentes. Se trata de India, Brasil, Sudáfrica, Alemania y Japón. Esos países de caracterizan por ser referentes económicos y demográficos en sus propias regiones, y ganaron por su propio peso una voz en los asuntos internacionales. El interés estadounidense en incluir nuevos miembros, pasaría por contrarrestar la influencia de China y Rusia. Otra lectura de la misma posible reforma, es que con ella, el gobierno estadounidense buscaría sustraer a Brasil, India y Sudáfrica de la influencia de China y Rusia. Esos cinco países son, precisamente, los fundadores del grupo BRICS, al cual Argentina, Arabia Saudí, Egipto, Etiopía, Emiratos Árabes Unidos e Irán se sumarían formalmente en enero de 2024.

Queda claro entonces que si desde los Estados Unidos se avala la ampliación del Consejo Permanente de Seguridad, no es por generosidad, sino por cálculo político y defensa de los propios intereses. También cabe preguntarse si no se subestima al grupo BRICS como tal, dado que, en caso de prosperar la reforma, dicho grupo se quedaría con la mitad de la membresía permanente del máximo organismo ejecutivo de la ONU.

Cabe señalar también que los Estados Unidos tienen un rol protagónico en el declive de la ONU. Sus sucesivos gobiernos desdeñaron los foros internacionales en beneficio de sus alianzas preferenciales. Desde los Estados Unidos se priorizaron a lo largo del tiempo los acuerdos bilaterales y regionales, a expensas de acciones globalmente coordinadas, minimizando el potencial de las instituciones internacionales y en perjuicio de una globalización más inclusiva, acordada y viable.

Por su parte, China aprovechó ese “abandono” para desarrollar estructuras internacionales paralelas. De ello son prueba el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras, el Banco de Nuevo Desarrollo de los BRICS, o el tratado comercial de 15 países asiáticos, conocido como la Asociación Económica Integral Regional. Otras organizaciones de menor tamaño serían el Foro Boao para Asia o el Foro de Derechos Humanos Sur-Sur. La estrategia global de China consiste en ofrecer alternativas concretas frente al control de las potencias occidentales y liberales sobre las instituciones internacionales tradicionales como la ONU, el Banco Mundial y el FMI.

La ONU, aparece cada vez más desdibujada y convertida en un organismo expectante, emisor de consejos éticos, de debates con escasas consecuencias. Ya no es una sensación: o la ONU se adecúa a los tiempos que corren en un mundo que ya muy poco que ver con el de 1945, se reforma y se torna más inclusiva en su cúpula y más efectiva en sus sanciones, o quedará condenada a la irrelevancia primero y, finalmente, al cuestionamiento acerca de su razón de ser.