"Estamos viendo una situación parecida a la de los 90"

Angélica colabora desde hace 31 años en el centro comunitario San Cayetano, de barrio Ludueña. Seis cocineras preparan todos los días un plato de comida y una merienda para alimentar a 450 personas. Admite que "la demanda se desbordó" desde noviembre a esta parte. Ruega no volver a las crisis de 1989 y 2001

El despertador suena bien temprano. Dos mates, alguna galletita y Angélica está lista para salir. El reloj aún no marca las 8 pero en la puerta del centro comunitario San Cayetano ya hay una pequeño grupo de mujeres. Son las seis cocineras designadas para preparar el menú del día: 450 raciones de estofado. Angélica destraba la cerradura y la cuenta regresiva se pone en marcha. A las 11.30 aparecerán los primeros jefes de familias en busca del apetecible almuerzo. La misión, como de costumbre, se cumple con éxito. Pero ni Angélica ni las seis cocineras pueden celebrar.

Desde hace un tiempo a esta parte, la comida se acaba mucho antes que la fila de niños, adultos y ancianos. En barrio Ludueña hablan de gente que se quedó sin trabajo y de trabajadores a los que el sueldo les rinde mucho menos que antes. Son los nuevos peregrinos del lugar. Por desgracia, los recursos del comedor son limitados. La lista de comensales está completa. "Estamos colapsados, queremos atender a todos pero no podemos. La demanda se desbordó desde fines del año pasado. Nos preocupa mucho esta situación", explica Angélica.

Sus recuerdos la llevan a la hiperinflación de 1989, a la pobreza sin freno de la década del 90 y a la dramática crisis del 2001. Vivió todos esos cachetazos adentro del comedor, ayudando a atenuar las consecuencias de los estallidos. Angélica no entiende las variables de la macroeconomía. Sabe poco y nada de los mecanismos que atentan contra el poder adquisitivo de la gente. Pero sabe de miradas, gestos y comportamientos. "Lo único que sé es que hay menos plata en los bolsillos y que crece la desesperación. Eso es lo que me asusta", dice.

En el comedor San Cayetano la demanda se desbordó desde fines del año pasado (RosarioPlus.com)

El centro comunitario de calle Gorriti al 6000 empezó a funcionar en 1982. En un principio, se confeccionaban guardapolvos para los chicos del barrio. La solidaridad se transformó rápidamente en necesidad. A fines de 1988, el lugar se transformó en un comedor a cielo abierto. Madres y maestras se juntaban para, entre todas, preparar decenas de ollas de comida. 

Con el tiempo, llegaron las paredes y los ladrillos. Los talleres, los juegos, la contención y las sonrisas de grandes y chicos. Las 120 mujeres que hoy colaboran para que la rueda siga funcionando ponen el "factor humano" como puntal de un proyecto que no tiene fecha de vencimiento. Se enorgullecen al hablar del Pocho Lepratti y de Mercedes Delgado, militantes que pusieron sus cuerpos al servicio de los más necesitados. 

Los dos pasaron por ese salón. Los dos murieron mientras trabajaban para los demás. A Lepratti lo asesinó la policía en la represión del 2001. Estaba arriba del techo de una escuela y gritaba que no tiren, que había pibes comiendo. Delgado murió acribillada por una disputa narco en enero de 2013. Había estado toda la tarde en el centro comunitario empaquetando juguetes. Cuando salió a la calle, la alcanzó una ráfaga de disparos.

El espíritu colaborativo nunca se perdió. Toda mamá que va a retirar comida tiene un puesto de trabajo puertas para dentro. Algunas lavan los cacharros de la cocina, otras arman los vasos de leche y están aquellas que limpian los baños y todos los pisos. "Ahí está el secreto para que esto funcione hace tanto tiempo", señala Angélica.

Las cocineras preparan cientos de raciones de comida por día (RosarioPlus.com)

La economía subsiste por varias patas. Provincia y Nación entregan partidas similares a las que reciben los comedores escolares (2,50 pesos por copa de leche y 7,24 por plato de comida). Cáritas dona todos los meses carne, pollo, leche y arroz. Y el Banco de Alimentos de Rosario ayuda con lo suyo. "El tema es que con la inflación estamos cada vez más apretadas. Hay que hacer malabares para preparar un plato consistente y nutritivo", detalla.

Su relato se torna más crudo: "A principios del año pasado había mermado un poco la demanda, no se agolpaba tanta gente. Pero ahora entregamos toda la comida a la gente que está anotada y siempre hay quienes esperan en la puerta a ver si se pueden llevar algo. Es muy duro decirles que no hay para ellos. Si la lista fuera ilimitada tendríamos el doble de gente"

La catarsis de Angélica se interrumpe. Faltan pocos minutos para las 15.30 y hay que ponerse, nuevamente, a trabajar. Toca entregar la merienda. La rueda solidaria vuelve a funcionar. 

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