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El machismo está inserto y enraizado en nuestra cultura, en los valores, en el lenguaje y en las costumbres. Creemos que el hombre, fuerte, capaz y prepotente puede enfrentar la vida cotidiana sin inconvenientes y que la mujer, por el contrario, débil, incapaz y sumisa, no podrá afrontar los inconvenientes que se le pongan en el camino.

Esta ideología, afianzada y arraigada en las creencias, en las prácticas sociales y en el lenguaje, promueve estructuras familiares patriarcales y relaciones verticalistas que, generalmente, son sostenidas por todos, hombres y mujeres.

Hace apenas un año, mis dos hijos varones, con 18 y 21 años, volvieron de un viaje. Yo misma los insté para que lo hicieran. Les compramos  el pasaje y les dimos a elegir libremente ciudades y países que quisieran conocer. Claro está que, como todo viaje adolescente, sería “gasolero”, es decir, contaba con el pedido de evitar taxis o transportes especiales.

Previo al mismo, cuando contaban lo que harían, nadie, ni sus abuelas, personas con miedos específicos por su condición de tal, se opusieron. Ni siquiera, el paso por Amsterdam tiñó los preparativos; a sabiendas que Holanda tiene legalizada la droga y en los “coffee- shops” se permite cierto consumo; temática que las personas mayores trajeron a la conversación en la noche previa a iniciar el recorrido. Todo lo contrario,  las respuestas que daban era que el viaje afianzaría los idiomas extranjeros, que los ayudaría a crecer;  y en definitiva, que los haría “hombres”

Ellos volvieron de viaje con algunas anécdotas que se podrían tildar de peligrosas  si no hubiese sido vivida por varones. Tomar dos o tres tipos de transportes a altas horas de la madrugada para llegar a un aeropuerto, no hubiese sido bien visto si los dos viajeros hubieran sido mujeres. Nos hubieran planteado que no podíamos dejarlas a la intemperie, y que correrían demasiado peligro, inmersos en  culturas tan diversas. Y esto sólo por el hecho de ser mujer, indefensa, débil y dependiente de un “alguien” que las cuide y las proteja. Como ejemplo sirve el caso de las jóvenes mendocinas asesinadas en Ecuador, temática debatida en los medios, donde se aseguraba que siendo mujer no deberían haber recorrido ciertos lugares.

Desenmascarar las palabras podrá ayudarnos a empezar a tomar conciencia de la gravedad de nuestros pensamientos. La violencia de género no sólo es provocada por golpes físicos, sino que también las sostenemos  desde formatos culturales que creemos válidos, la cual incluye violencia psicológica y verbal, ya establecidas en nuestra forma de relacionarnos.

Sólo  si desnaturalizamos el lenguaje y si reformulamos ciertas prácticas, podremos cambiar la mirada por sobre la mujer, hoy protagonista indiscutida de ámbitos públicos y privados.