Obama, Castro, Macri y el terror

La visita del presidente estadounidense a Cuba y Argentina, tendiente a componer los vínculos con esos países, contrastó con un nuevo atentado terrorista en Europa

Entre la política de la paz y el acercamiento y la política del odio y la guerra, la última semana constituyó una prueba tangible de los extremos entre los que alterna el mundo actual. El presidente Barack Obama viajó a Cuba y a Argentina para alentar lo primero, pero los atentados perpetrados en Bélgica volvieron a generar caos e incertidumbre.

Obama y Castro

El presidente estadounidense viajó a Cuba con el objetivo de dejar asentada una política exterior irreversible con la isla. No puso fecha, pero dejó constancia de que el bloqueo económico que lleva más de cinco décadas llegará más temprano que tarde a su fin. Raúl Castro reclamó justamente el fin del bloqueo y la devolución de la base de Guantánamo. Ese último reclamo es un poco más difícil de cumplir, pero tampoco es imposible. Lo cierto es que ambos temas le sirvieron más a la dictadura de Fidel y Raúl Castro para legitimarse puertas adentro, que a los Estados Unidos para acabar con el comunismo cubano. Las pruebas están a la vista: los hermanos Castro sobrevivirán al bloqueo y de hecho, conducen la transición hacia algo nuevo, incierto, pero mejor que lo anterior. El hecho de que el presidente estadounidense y los Rolling Stones visiten Cuba en la misma semana, es un síntoma de que la dictadura se está -lentamente- disolviendo. A eso apuesta Obama, a dejar atrás el bloqueo y a que sea la apertura económica y comercial, tecnológica y cultural la que termine de descongelar los últimos corazones helados de la Guerra Fría.

La política es el arte de lo posible, y si estos dos antiguos enemigos se encaminan a resolver sus mayores diferencias el mundo tiene motivos para pensar en positivo.

Obama y Macri

Argentina y los Estados Unidos mantenían distintos enconos. Algunos pertenecientes a la era Kirchner. Otros, más dolorosos, al pasado mediato, vinculado a la aplicación de la Doctrina de Seguridad Nacional que el país del norte aplicó en todo el hemisferio con la anuencia de las élites de poder locales, y que encumbraron a dictaduras cívico militares con el objetivo de limitar los avances de la izquierda en plena Guerra Fría.

Mauricio Macri y Barack Obama lograron sintonizar rápidamente y desbloquearon las principales diferencias entre los dos países. Hubo dos niveles de acuerdos entre ambos gobiernos, uno concreto y escrito, el otro, simbólico.

Los acuerdos escritos y concretos, se refirieron principalmente a tres ámbitos, comercio, seguridad y narcotráfico. Comercialmente, se está generando un clima de negocios propicio para recibir inversiones en Argentina que prometen ser de 2400 millones de dólares en los próximos 18 meses, y podrían alcanzar los 16 mil millones de dólares durante los próximos cuatro años, si Argentina ofrece señales de reglas de juego claras. Pero cuidado con la letra chica: la mayoría de esas inversiones serían de capital financiero y Argentina deberá usar esos capitales cuidadosamente para resolver sus dificultades infraestructurales -como por ejemplo en materia energética- o para el desarrollo industrial y tecnológico. El país ya padeció demasiado en el pasado el endeudamiento sin ton ni son como para volver a repetir la experiencia.

En materia de seguridad -terrorismo mediante- Argentina tiene el antecedente de dos atentados y de la Triple Frontera con Paraguay y Brasil que es un enclave de contrabando de lo imaginable y lo inimaginable. Las fronteras del país aparecen tentadoras para traficantes de drogas, armas, tratantes de personas y de órganos que la saltean como si se tratara de un alambre caído.

En esa misma tónica se agrega el peligro del narcotráfico, que provocó en la actualidad una escalada de la violencia como no se recuerda. Rosario es una prueba contundente al respecto.

Por estos motivos se suscribieron acuerdos con los principales organismos de seguridad estadounidenses.

Pero todo lo dicho se refiere a acuerdos escritos y reclamos concretos de cooperación. Sin embargo, Obama fue portador de otros acuerdos -los simbólicos- tan o más definitorios que los anteriores. El presidente de los Estados Unidos ungió virtualmente a su par argentino como “ejemplo” regional. Mientras Brasil y Venezuela se derrumban y el bloque ideológico progresista retrocede en el continente, la Argentina de Macri es a los ojos de los Estados Unidos un prototipo a imitar. ¿Por qué a sólo 100 días de gobierno la administración Obama arribó a tan rápidas conclusiones? Por dos o tres cosas principalmente. Por el contraste con el gobierno anterior con el cual no había sintonía. Por los acuerdos alcanzados rápidamente con los holdouts o fondos buitre -más allá de lo ventajosos o no que sean- que demostraron que el nuevo gobierno argentino respeta a la institución más prestigiosa de los Estados Unidos: la justicia. Y por la mano de la diplomacia argentina encabezada por Susana Malcorra a quien hay que darle el mérito del caso. En sólo tres meses, Malcorra consiguió que tres de los principales líderes políticos del mundo más desarrollado visitaran a Macri en Buenos Aires: el Italiano Matteo Renzi, el francés Francoise Hollande y Barack Obama. El país se abre a esa parte del mundo a la que permaneció cerrado. Además, dejó trazado un claro lineamiento para la próxima eliminación del visado estadounidense para argentinos. Solamente tres meses tardó Malcorra en dejar expuesta la inoperancia de su antecesor en el cargo.

Dos temas quedaron flotando en el aire. El mínimo reconocimiento que Obama hizo acerca del controvertido papel que el gobierno estadounidense cumplió respecto del golpe de Estado de 1976 y el advenimiento de la dictadura militar, tuvo sabor a poco. Habrá que concederle el beneficio del tiempo para ver si cumple con su palabra de desclasificar documentos que arrojen algo de luz sobre aquellos años oscuros que constituyeron el capítulo más doloroso de la historia argentina. Pero pensando desde la política real, vale decir que al representante de un poder global como el de los Estados Unidos no se le dice cuándo, cómo o acerca de qué debe pedir perdón. Como ejemplo a contrario, se recordó insistentemente en estos días cómo la Iglesia en tiempos de Juan Pablo II pidió perdón por los atropellos cometidos por la inquisición o, más recientemente, cómo Francisco pidió perdón a los pueblo originario por su persecución y maltrato. Pero la Iglesia, como institución poderosa que es, eligió cómo, cuando y acerca de qué pedir perdón. Hasta ahora hubo pocas palabras para las víctimas de abuso sexual a manos del clero y ni una sola para pedirle perdón a las mujeres por dos milenios de misoginia y machismo.

El segundo tema que quedó flotando fue el de la posibilidad de un tratado de libre comercio entre Argentina y los Estados Unidos. La canciller fue clara, puede discutirse el tema en tanto eso no  suponga postergar las prioridades de Argentina con el Mercosur. Asimismo, es válido pensar en un eventual tratado de libre comercio entre ambos países siempre y cuando se circunscriba a lo que el propio mandatario argentino señaló como postulado de las nuevas relaciones bilaterales, “diálogo, respeto y responsabilidades compartidas”.

El terror

Los atentados en Bruselas eran cuestión de tiempo. Varios servicios de inteligencia europeos habían advertido sobre esa posibilidad. Sin embargo, la captura del único sobreviviente de los atentados de París, Salah Abdeslam, parece haber precipitado los hechos, y una célula terrorista se activó. El gobierno belga se encontraba ante un proceso de descentralización -producto de la necesidad de satisfacer las autonomías locales de flamencos y valones- que provocó zonas que quedaron virtualmente sin control. En este contexto, el barrio de Moleenbeck, en Bruselas, es desde hace más de una década un centro de captación de fanáticos fundamentalistas comprobado y sobre el cual nadie tomó medida alguna. Asimismo, Bruselas es la capital administrativa de la Unión Europea, organismo que se encuentra en el ojo de la tormenta por ser partícipe de la crisis siria y por ser uno de los principales receptores de refugiados producto de esa y otras crisis que los propios europeos propiciaron.

Obama se enteró de los atentados y, pese a las críticas que recibió por ir a ver un partido de béisbol en Cuba y por bailar tango o visitar Bariloche en Argentina, decidió -como lo hizo siempre- que los terroristas no iban a dictar su agenda. Lamentó los hechos públicamente pero siguió con sus planes.

La expresión popular que reza “nadie es profeta en su Tierra” se aplica acertadamente a Barack Obama, quien seguramente conquistará el bronce por sus más acertadas medidas en materia de política exterior -pese a haber cometido varios errores- que por sus aciertos en la política doméstica.

El relanzamiento de los vínculos con Cuba y Argentina marca una nueva era en la relación entre los Estados Unidos y América Latina. Asimismo, su forma de combatir al terrorismo, también marcó sustanciales diferencias con la era Bush. Obama construía políticas de paz y acercamiento en América mientras en Europa, el terrorismo fundamentalista destruía mediante la política del odio y de la guerra.

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