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Extranjera en su ciudad

Graciela Sacco hizo visible el arte de Rosario en el mundo. Fue la artista que hizo visible algunos de los temas más candentes de la vanguardia con larga tradición en la ciudad. Hoy Binalsur, en Ecuador, la homenajea.

Entre fines de los 80 y mediados de los 90 Graciela Sacco hizo “legible” una producción artística de vanguardia, contemporánea, que abrevaba en tradiciones que Rosario conoció a fines de los 60 pero ella llevó a la calle, acaso su escena preferida. No importa cuán instruido fuera el casual espectador, una boca, unos ojos, las imágenes del Rosariazo impresas sobre palos de madera (“El incendio y las vísperas”) le señalaban al caminante distraído que ahí, en esa serena calle que transitaba, sobre la fachada de la casa de una familia o una empresa bien asentada, los cuerpos de unos hombres tan ignotos y anónimos como los del mismo observador se habían jugado la vida para que la ciudad fuese eso que reverberaba en la imagen: la violencia desarrapada que enfrenta a la Matrix.

El miércoles 8 de noviembre pasado, en el museo de Bellas Artes Municipal Juan B. Castagnino se realizó la décimo segunda edición de La Fugaz (una subasta de arte y venta de garaje de obras que tiene una larga tradición en la ciudad). Al frente del remate estaba el Turco Roberto Echen, responsable de la Semana de Arte de Rosario, contemporáneo y amigo de Graciela Sacco, quien murió el domingo pasado a los 61 años. Echen, según él mismo cuenta, se había encontrado minutos antes con hijos y familiares de Sacco, a los que les advirtió que no haría nada solemne: “La Colorada no me lo perdonaría”. La tal “colorada” era Graciela Sacco, de quien hoy queda su extensa obra en la ciudad y el mundo –su reconocimiento internacional llegaría en la bienal de San Pablo, donde representó a Argentina en 1996. Echen no pidió un minuto de silencio, sino una celebración, un aplauso que se prolongó con estruendo entre la concurrencia del museo. “Mirá, lo cuento y se me pone la piel de gallina”, diría al día siguiente Raúl D’Amelio, director del Castagnino, también un compañero de generación de Sacco.

El mismo miércoles 8 de noviembre en Guayaquil, Ecuador, donde hace 195 años se reunieron José de San Martín y Simón Bolívar para discutir el futuro de América del Sur, se inauguró Bienalsur (tiene sedes y muestras en muchos puntos de América, incluido el CEC, en Rosario) con un homenaje a Graciela Sacco que los organizadores debieron reconfigurar tras la noticia de su muerte.

Calle

Roberto Echen conoció a Sacco a principios de los 80, los unieron los intereses artísticos, las discusiones ideológicas de entonces, la izquierda, los dos, junto con otros artistas que recién comenzaban sus carreras, entraron en el 84 a trabajar como docentes en la escuela Municipal de Artes Plásticas Manuel Musto, cuando asumió la dirección Osvaldo Boglione, un artista vinculado a la vanguardia de los 60.

“Ella trabajaba algo –dice Echen después de que recordáramos los años en que Sacco frecuentaba el local que el MAS (Movimiento al Socialismo) tenía en Rosario sobre calle Sarmiento entre San Lorenzo y Santa Fe– que podría decirse era callejero, de hecho, comenzó a trascender su obra cuando empezó a trabajar para la calle, directamente. Graciela trabajó muchísimo el espacio urbano, la cartelería, pegaba cosas en la pared, cosas muy impactantes: una boca abierta es algo muy inmediato. Tenía esa mirada que le permitía captar un gesto que otro reconocía inmediatamente. Cualquiera puede reconocer algo de esa obra. A lo mejor alguien, desde el campo del arte puede hacer cierto análisis, pero alguien que no está en ese campo siente el impacto”.

D’Amelio, director del Castagnino y compañero de generación de Sacco también sopesa el impacto de su muerte: “Graciela fue una artista que resolvió cómo mezclar lo político y social con el arte, no es fácil porque se cae en lugares redundantes por lo general, y no estoy hablando de arte político, estoy hablando de un modo de mirar, un modo de hacer la obra que tiene que ver con la inclusión de ciertos temas muy conflictivos y que, además, son muy argentinos y, de la generación pos dictadura, ella fue una de las primeras, cuando nosotros éramos estudiantes de Arte, que empieza a rescatar todo el período de los años 60 en Rosario, porque siempre se abordó el tema desde un nivel teórico, pero ella lo tomó como fundamento para su obra. Y cuando se tocan estos temas es muy fácil caer en el panfleto, en el lugar común, y Graciela logró una imagen muy contundente, sin demasiada retórica, muy contundente y muy bella también”.

Ferocidad

Rubén Chababo, ex director del Museo de la Memoria recuerda anécdotas feroces de Sacco en México, en ocasión de una visita a una comunidad originaria que celebraba una ceremonia ritual cuando a Sacco se le ocurrió registrar el momento con su cámara. Echen recuerda la expectativa y el temor de un joven expositor ante la presencia de Sacco en una galería de la ciudad. “’Bocanada’ –dice Echen– fue una de las primeras obras que ella saca a la calle y tiene un reconocimiento y un impacto social muy fuerte y eso le da un nombre a Graciela. Ella a veces se lamentaba de que Rosario la reconocía menos que cualquier otro lugar del mundo. Aunque todo el mundo acá, en el campo del arte, sabía quién era Graciela Sacco y el lugar que ocupaba –decía que generaciones más jóvenes tenían una suerte de admiración y hasta temor reverencial por Graciela–, pero en general, incluso los medios, no se ocupaban tanto, pero Graciela le dio un lugar a Rosario muy importante en el panorama internacional, porque estuvo tanto en países latinoamericanos como en Shangai, en cualquier lugar del mundo estuvo con su obra, lugares donde no sabían dónde quedaba Rosario pero sabían que ella era una artista rosarina”.

La cercanía la vuelve, como en la fórmula de Walter Benjamin, lejana: le efectividad de su obra la hacía visible al mismo tiempo que la desdibujaba. Las bocas que nos interpelaron en las calles de Rosario dibujaban el grito, el hambre, las palabras que una boca dice y que la misma boca suplanta: el hambre, el habla, el hastío. Hubo un momento, en 2012, en que todos fuimos observados en Rosario por los ojos que Sacco fotografió y reprodujo en innumerables calcomanías: ser es ser visto, existir en las calles que vieron sucumbir a tantos otros. En cada par de ojos nos mira la historia.

“Hoy se inaugura Bienalsur en Guayaquil –decía Echen el miércoles último– y la obra que abre la muestra es de Graciela. El Museo Castagnino y el Macro tiene obra de Graciela y, afortunadamente, una obra muy representativa, una de las obras de palos heliografiados (la heliografía es un antiguo método de impresión fotográfica) de “El incendio y las vísperas”. Anoche en La Fugaz y antes de presentar la subasta estaban la hermana de Graciela y los hijos de Graciela, que me alegró mucho que fueran porque me los había cruzado antes y les dije que iba a dedicar esta edición de la Fugaz a su madre. Y al dedicarla dije que hasta el último día Graciela vivió con la misma convicción y el mismo espíritu de lucha con que la conocí hace casi 40 años. Y, también, dije que quería que eso fuera una celebración, porque sabía que Graciela no me hubiera perdonado que fuera de otro modo, un lamento o algo por el estilo –detestaba eso–, y les dije que no pedía un minuto de silencio, sino un gran aplauso y la ovación que hubo en el Castagnino fue increíble, no terminaban nunca de aplaudir”.

En los próximos meses podrá verse una nueva exposición de Sacco en los museos de Rosario: “El Castagnino tiene que hacerse cargo de la obra de Graciela”, dijo D’Amelio.

Hoy día, angustiados ante la posibilidad de perder el trabajo, de perder lo poco que acumulamos, transitamos un presente en el que debemos comprar el sueño, eso que hace pocas décadas atrás era la matriz de quiénes éramos. Sacco nos enseñó que detrás de cada fachada, detrás de cada trazo de pavimento, palpitó ese otro sueño, el de hombres y mujeres que vieron en su extranjería una condición universal. Extranjera en su ciudad, Graciela Sacco convirtió a las fronteras y las migraciones en el verdadero mapa nuestra contemporaneidad.

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