Domingo, el chacarero que no utiliza pesticidas

Tiene 66 años y una trágica historia familiar por los nocivos efectos de los plaguicidas de los campos vecinos. Maneja con éxito un tambo ecológico, donde las alfalfas florecen sin químicos. "Se puede obtener rentabilidad con una agricultura orgánica, los números hoy son flacos por los precios de los alquileres", explica

El caparazón de Domingo Rodríguez es fuerte, casi indestructible. El primer golpe lo recibió de chico, sin entender por qué. Unos señores con uniformes entraron en su casa sin pedir permiso. Tenían una orden de desalojo. La dictadura de Onganía había decidido que ese campo familiar le pertenecía ahora al ejército. La supervivencia no fue nada fácil. "Minguito" tuvo que dejar la escuela. De la noche a la mañana, se convirtió en un precoz peón rural.  

Creció entre yuyos, vacas y hortalizas. Ya de grande, empezó a manejar su propio tambo. Alquiló un pequeño campo en Estación Díaz (departamento San Jerónimo), su localidad natal. No había de qué quejarse. El trabajo de sol a sol tenía su recompensa. La familia estaba contenta y los números cerraban a fin de mes. La tragedia llegó de la mano de lo que Domingo llama el "modelo productivo". Aparecieron entonces las avionetas, las fumigaciones y los agroquímicos. "Tenemos que tirar esto para que la soja rinda", le explicaban los vecinos.  

Ninguno de los dueños de los campos linderos dio la cara cuando una de las hijas de Domingo nació con la espina dorsal rígida. Tampoco cuando su nieta falleció por severos problemas bronquiales. Ni cuando a otro nieto tuvieron que hacerle una traqueotomía por una enfermedad que nadie supo explicar. 

"En otro momento me hubiera quebrado al contar esto, hoy me da fuerza para no aflojar", dice Mingo, quien transformó su desdicha en una tenaz lucha. Se mudó a otro campo y decidió empezar de cero. En 30 hectáreas, montó otro tambo y decidió incursionar en la agricultura orgánica. Toda su producción es libre de químicos. No utiliza ningún tipo de plaguicida. "Es mentira que son indispensables para poder producir. Con esa excusa, han contaminado el suelo, la tierra y el aire", se queja.

Aclara que si las cifras no cierran es por los "abusivos precios de los alquileres". En su caso, la mitad de lo que saca por su producción. "Nunca tiré una gota de tóxico. Y se vive igual. La producción es rentable. Lo que no es rentable son los alquileres, no tienen nada que ver con la producción. Si siguen aumentando, tendré que salir a trabajar por las calles y dejar de hacer agroecología", admite.  

Hoy Domingo tiene 66 años. Sobrevivió a cuatro infartos. Nada parece detenerlo. Esta semana, se trasladó a Rosario y a Venado Tuerto para reunirse con las autoridades del ministerio de Producción de Santa Fe. Recorrió cientos de kilómetros para que, de una vez por todas, las políticas públicas vayan dirigidas a la agricultura familiar.     

"Los resultados de querer transformar la naturaleza están a la vista. No se puede regar con tanto veneno. Está comprobado que produce la desaparición de la flora, la fauna y como si fuera poco afecta la salud de las personas. ¿Qué más pruebas necesitan para cambiar el modelo productivo", pregunta.  

La catarsis dio paso a la militancia. Domingo es desde hace unos años delegado nacional del FONAF (Foro Nacional de la Agricultura Familiar), integrante de la Comisión para el Cambio Climático y miembro de la Multisectorial "Paren de Fumigarnos". El año pasado presenció desde una de las gradas de la legislatura el álgido debate por la Ley de Agroquímicos. "La norma que se votó destruye vidas. Vamos a luchar para que no se apruebe en el Senado", asegura. 

Su máximo anhelo es que, algún día, la tierra deje de estar en manos de las corporaciones. "Ellos no se preocupan por la salud de la gente, porque comamos sano, su única preocupación es la mayor rentabilidad, así no hay futuro posible. Igual, yo soy optimista. Esto tiene que cambiar", reflexiona.

Con las pocas fuerzas que le quedan, Domingo empuja y presiona para que el cambio se convierta en realidad. Nunca pudo quedarse con los brazos cruzados.

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