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​El “cambio” en el comercio exterior, bueno para pocos

Esta semana se inauguró con el anuncio de las primeras medidas de la gestión económica del nuevo gobierno nacional. Entre ellas se destacan las que refieren a la administración del comercio exterior

Del lado de las importaciones, se anunció el fin de las DJAI (declaración jurada anticipada de importación). Del lado de las exportaciones, se anunció la eliminación de las retenciones al trigo, girasol, maíz, productos de economías regionales y carne, y la reducción de las retenciones a la soja del 35% al 30%.

La eliminación de las DJAI se presenta como un paso firme en el camino de la liberalización de las importaciones. El sistema que regía durante los últimos años permitía al ministerio de economía administrar las preferencias respecto de la utilización de divisas para importación. Se autorizaban aquellas importaciones que se consideraban necesarias para el funcionamiento de la economía nacional y se limitaba administrativamente la importación de productos cuya entrada al país amenazara las fuentes de trabajo de la economía local. En otras palabras, las DJAI cumplían una doble función: protegían la producción local al mismo tiempo que generaban un importante ahorro de divisas.

La eliminación o reducción de las retenciones, por su parte, tiene un efecto mucho más certero sobre toda la economía y en particular sobre el bolsillo de los argentinos. En lo que resta del artículo vamos a tratar de desarrollar los efectos directos e indirectos de esta medida.

En el caso de productos que consumimos los argentinos, como por ejemplo la carne, la eliminación de la retención provoca un aumento en su precio equivalente al monto que pagaba de retención. Con retenciones del 15%, los productores de carne, al exportar, percibían un precio un 15% inferior al precio internacional (vendían al 100%, pero el 15% era retenido por el ente recaudador nacional). Sin las retenciones, van a percibir el 100% del precio internacional, y ese aumento se va a ver reflejado en las carnicerías.

En el caso del maíz, los efectos son menos obvios. Si bien es poco el maíz que se consume directamente en la mesa de los argentinos, este producto es un insumo importante de nuestros alimentos por el rol que cumple en la alimentación del ganado avícola, porcino y bovino. Las retenciones al maíz eran del 20%, por lo que el productor percibía un 80% del precio internacional. El aumento del precio interno del maíz (del 80% del precio internacional, al 100%) será de un 25%, y los efectos de este incremento se trasladarán al precio de góndola del pollo o de los lácteos.

Por un lado, entonces, las retenciones han permitido mantener precios más bajos en nuestros alimentos. Por otro, los ingresos retenidos han sido una fuente de recursos fundamental para la realización de políticas de gasto público (políticas con múltiples efectos que permitieron la universalización de derechos sociales al mismo tiempo que fortalecían el mercado interno y evitaban una recesión económica).

El cambio en la política de comercio exterior, en síntesis, tiene efectos negativos en forma directa e indirecta. Los principales efectos directos son el aumento de precios de los alimentos, o la pérdida de fuentes de trabajo por competencia de bienes importados de países con salarios más bajos.

Los efectos indirectos son mucho más numerosos y profundos y van desde los aumentos que se producen en bienes cuya producción utilice como insumos los productos que ahora aumentaron gracias a la eliminación de las retenciones, hasta los efectos sobre la vida de los argentinos por la pérdida del presupuesto público destinado a políticas de inclusión.

Por último, en el caso de que se produzca la anunciada devaluación de nuestra moneda, mucho de los efectos que acabamos de mencionar se van a potenciar. Mientras unos pocos productores rurales y algunos exportadores redactan y celebran estas medidas, el resto de los argentinos ya empezamos a sufrir sus consecuencias.

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