Con el inicio de la pandemia comenzó un debate filosófico acerca de cómo la humanidad atravesaría la crisis y emergería distinta de la experiencia. El debate se sintetizó -a grandes rasgos- en tres vertientes. La del esloveno Slavoj Zizek, quien expresó que junto al virus podría extenderse el contagio de una sociedad alternativa en cooperación y solidaridad global. La del surcoreano Byung-Chul Han, quien señaló que el virus produciría mayor aislamiento e individualización dado que una solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es solidaridad, con el presagio de que el capitalismo se fortalecería. Y por último, la del israelí Yuval Noah Harari, quien advirtió sobre la oscilación entre la vigilancia totalitaria por parte del Estado y el empoderamiento de la ciudadanía.

Casi un año después y, pese a la aparición de las distintas vacunas, una evaluación global de la situación resulta bastante desalentadora y parece darle una cuota mayor de acierto a la mirada de  Byung-Chul Han. 

El triunfo de la inequidad

Hasta que se desató el desenfreno colectivo por la adquisición de las vacunas, la pandemia había logrado algo que rompía un poco con las estructuras de dominación conocidas. Se trató de una suerte de democratización global de la desgracia, porque en términos generales el Covid-19 llegó a todos los rincones del planeta sin reconocer fronteras, clases sociales ni grupos etarios o étnicos. Perjudicó tanto a ricos como a pobres, aunque los primeros siempre tuvieron medios para paliar sus efectos o para arribar a un final más digno. Afectó desde la niñez hasta la ancianidad. Y por sobre todas las cosas, confrontó a los privilegiados con la desgracia, a la cual la mayoría de los habitantes del planeta -especialmente en África, Asia y Latinoamérica- le conoce bien el rostro. La pandemia  confinó al encierro, a la quiebra, o alguna forma de privación a personas que habitan en Norteamérica, Europa y Oceanía y -aunque fuera sólo por un tiempo- expuso a la desgracia a quienes no estaban habituados a lidiar cotidianamente con ella.

Pero la aparición de las vacunas volvió a poner a la inequidad y a la diferencia en su lugar. Mientras el mundo asiste a la puja entre gobiernos y empresas farmacéuticas por la provisión de las vacunas prometidas, pocos se preguntan si es justo o correcto que se vacune antes a un europeo o a estadounidense de mediana edad que trabaja en su casa, que a una enfermera latinoamericana, asiática o africana. 

Es lógico que en cada rincón del planeta cada uno se pregunte cuándo vacunarán a su familia o en qué momento la economía local comenzará a recuperarse. Pero eso nos sucede a todos al mismo tiempo. Es decir que tanto por interés propio como por una razón ética, lo mejor sería un abordaje global y solidario del problema que asegurara la vacunación universal para vencer al virus.

Desde luego que hay que destacar el inmenso éxito de la humanidad al lograr desarrollar distintas vacunas en un tiempo récord contra un virus desconocido un año atrás. Más aún, en algunos casos se trata de un buen ejemplo de colaboración entre los sectores público y privado, con el primero financiando la investigación y anticipando compras y las empresas poniendo lo mejor de su capacidad investigadora. Pero hasta ahí llega el optimismo.

En las pujas políticas internas de cada país se ejerce el nacionalismo de las vacunas usado tanto por gobernantes como por opositores para obtener rédito electoral. Los países ricos acumulan dosis de vacunas en detrimento de aquellos que tienen menos poder y dinero. La mayoría de los países europeos y los Estados Unidos aseguraron la compra de dosis para vacunar hasta tres o cuatro veces a su población. Se trata de un recurso escaso, motivo por el cual ese acaparamiento conduce a que en la mayor parte del mundo la vacunación no haya siquiera comenzado. Todo esto supondrá un retraso en el logro de una inmunización suficiente. A modo de ejemplo de lo anterior, puede señalarse que el 99 por ciento de las dosis de la vacuna de Pfizer ha llegado a los países ricos, el 1 por ciento a los de ingreso medio y nada a los más pobres. La evolución de la vacunación en el mundo muestra fragmentación y evidencia los privilegios. La población de África tendrá que esperar hasta 2022 o 2023 para acceder a una vacuna.

La discriminación sanitaria en el seno de la comunidad internacional -que no es más que una variante de la puja entre países ricos y pobres- intenta matizarse a través del mecanismo multilateral Covax, auspiciado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), al cual los donantes aportan fondos para comprar dosis con el objetivo de asegurar al menos la vacunación del 20 por ciento de la población mundial en virtud de su vulnerabilidad y riesgo, no de su riqueza y origen. Sin embargo, la combinación de los altos precios de las vacunas y la gran capacidad de compra de los países desarrollados conduce a que -en el mejor de los casos- el mecanismo Covax aspire a vacunar solamente al 3 por ciento de la población antes de agosto de este año.

El triunfo del capitalismo

Lejos de ver emerger una sociedad alternativa más solidaria, se advierte un fortalecimiento del capitalismo y sus características más cuestionables: la lógica de la acumulación, de la ganancia y las tendencias monopólicas. Las empresas farmacéuticas han respondido mayoritariamente a esa lógica y no a la de la solidaridad. Priorizaron el beneficio a través del precio y la propiedad intelectual. Hubo algunas iniciativas positivas para facilitar la producción de la vacuna por parte de fabricantes de medicamentos genéricos o para relajar los derechos de patente. Pero el desafío de incrementar significativamente la capacidad de producción sólo puede afrontarse si se comparte el conocimiento del proceso de producción. Sólo de ese modo otros fabricantes podrían sumarse a la batalla contra el virus con velocidad.

El mecanismo para compartir conocimiento existe, se llama Covid-19 Technology Access Pool y no recibió ninguna contribución desde mayo de 2020. Así están las cosas con la producción de las dosis: pocas, caras y controladas por un manojo de empresas. Recuérdese que todas las compañías fabricantes de vacunas recibieron significativas cantidades de recursos públicos para la investigación y los ensayos, y más dinero aún en forma de compras anticipadas. Ese ha sido hasta ahora el rol de la mayoría de los Estados, el de financiador antes que el de contralor y garante de derechos.

 

De la esperanza a la desilusión

 

La esperanza inicial con la que fueron acogidas las primeras vacunas a fines del año pasado dio lugar a la desilusión ante la evidencia de que la vuelta a cualquier forma de normalidad todavía se hará esperar. Más personas en todo el mundo morirán como consecuencia del Covid-19 y millones se empobrecerán producto de una crisis que podría haberse acortado. Y las consecuencias de eso se sentirán inclusive en los países ricos. Porque la pandemia no estará controlada definitivamente en ningún lugar hasta que lo esté en todos, a menos que se cierren las fronteras de países enteros, pero esa medida sólo puede ser exitosa temporalmente. Por otra parte, el desprecio hacia los países  pobres en este momento crítico dejará heridas en las relaciones internacionales.  Cuando los países desarrollados propongan cooperación internacional, asociaciones, respeto y democracia, los más pobres ya habrán optado por otros modelos como los de Rusia o China, que se mostraron más receptivos a sus necesidades.

La comunidad internacional parece haber perdido una oportunidad única por asignar valores solidarios. Podría haber encontrado mecanismos para operar solidariamente sobre la propiedad intelectual para alcanzar un mejor aprovechamiento de la capacidad productiva global de vacunas, y también para implementar su reparto equitativo en función del riesgo de cada persona, independientemente de su procedencia.

No puede saberse con certeza se se producirá finalmente la vigilancia totalitaria del Estado sobre la que advirtió Harari. Si se sabe que en términos globales, el empoderamiento de la ciudadanía es pequeño y focalizado en pocos sitios del planeta. Mientras ese empoderamiento ciudadano no se registre, un rol del Estado comprometido con el ejercicio de los derechos y no solamente concentrado en la financiación de las investigaciones se hace necesario. 

Para alcanzar la sociedad alternativa, cooperativa y solidaria de Zizek, habrá que seguir participando.