María Luisa Bemberg nació el 14 de abril de 1922 en el seno de una familia acomodada y con destino de ama de casa sofisticada, pero sus impulsos interiores la llevaron a romper con los cánones y convertirse no solo en una de las más grandes directoras de cine argentino, sino también en la artista que abrió la puerta a las mujeres en el séptimo arte nacional.

Desde la infancia había mostrado una intensa atracción por lo escénico que la vinculó a varios teatros, entre ellas al Teatro del Globo, el cual fundó con Catalina Wolf. Fundadora de la Unión Feminista Argentina, filmó dos cortometrajes ("El mundo de la mujer", de 1972 y "Juguetes", de 1978), lo cual la enlazó definitivamente con el cine.

Sus primeros créditos en el cine aparecen como guionista de "Crónica de una señora" (1971), de Raúl de la Torre, quien le insistió para que coescribiera la historia de una mujer que, luego de la muerte de una amiga, se replantea el amargo matrimonio que lleva. Cuatro años más tarde, le puso el guion a la cinta de Fernando Ayala "Triángulo de cuatro", en la que un matrimonio busca la felicidad en amantes jóvenes.

"Lo interesante que tiene María Luisa era la observación de la intimidad que tuvo sobre muchos mundos y muchas mujeres, con personajes femeninos incómodos, marginales dentro de sus clases, que están bajo el dedo acusador de esa clase conservadora y patriarcal", dijo a Télam la galardonada directora Paula Hernández, ganadora del concurso el Cine y la Mujer, que impulsaba Bemberg.

MARIA LUISA BEMBERG: EL ECO DE MI VOZ | TRAILER

Tanto en "Crónica..." como en "Triángulo...", Bemberg -que hablaba español, inglés, francés y alemán- se sentía decepcionada por cómo se retrataban a las mujeres y, en medio del rodaje, un compañero le dijo: "¿Y por qué no filmás vos?". Dudando en hacerlo, un filme de la belga-francesa Agnes Varda le dio el coraje para lanzarse a la dirección, según se ve en el documental de Alejandro Maci "María Luisa Bemberg: El eco de mi voz", de estreno en salas este jueves.

Así, y con el peso de que si fracasaba ella fracasarían todas las mujeres, la realizadora estrenó en 1981 "Momentos", un drama de la alta sociedad con Graciela Dufau y Miguel Ángel Solá, que ponía sobre el tapete los deseos de libertad de las mujeres como nunca se habían visto en el cine y que cosechó grandes críticas, luego de un proceso un tanto complicado por la censura militar.

"Además de una manufactura brillante, sus películas proporcionan un buen entretenimiento y al mismo tiempo logran tocar al espectador, conmueven. Son muy pocas las mujeres cineastas argentinas que lograron el reconocimiento nacional e internacional", dijo por su parte la excuradora de programación cultural del Goethe-Institut Buenos Aires, Inge Stage.

"Su cine -opinó- tiene una gran coherencia y un enorme valor por su mirada claramente feminista. No importa en qué época sitúa sus películas, siempre nos hablan de la búsqueda de la libertad, frente a una sociedad regida por la opresión del patriarcado. Las mujeres protagonistas luchan por su autodeterminación dejando atrás la cómoda vida del sometimiento".

Al éxito de "Momentos" le siguió el de "Señora de nadie" (1982), con Luisina Brando y Julio Chávez, y el suceso de "Camila", la tragedia romántica de la joven aristócrata Camila O´Gorman y el sacerdote Ladislao Gutiérrez en época del rosismo, que se convirtió en 1984 en la segunda película argentina nominada a los Oscar, tras "La tregua", de Sergio Renán, y que llevó a las salas a casi 3 millones de personas.

Bemberg, la cineasta que cambió para siempre a la mujer en el cine

"Mi primer recuerdo tiene que ver con 'Camila' -recordó Hernández-, yo tendría 15 años, y era un momento en el que empezaba a ver películas distintas a las que venía viendo. Recuerdo haber reparado en que la dirigía una mujer y puse el foco en eso. Me preguntaba cuántas películas dirigidas por mujeres había visto".

La directora de "Las siamesas" y "Los sonámbulos" afirmó que en su cine Bemberg "se permitió pensar en heroínas que no quedaban enredadas en la imposibilidad de ser otra cosa, como si fuera un espejo de su propia historia". "Ella salió a romper prejuicios de clase, etarios y de género. Fueron sus armas para poder contar sus historias y desnaturalizar un pretendido universo femenino y abrir otros mundos", agregó.

En un torbellino creativo, Bemberg se despachó con tres cintas más en los siguientes siete años: "Miss Mary" (1986), una especie de "Novicia rebelde", cruda y de gran madurez, que fue casi una autobiografía en la que una institutriz británica convive con los sueños truncos de sus pupilas argentinas; "Yo, la peor de todas" (1990) y "De eso no se habla" (1993), con el protagónico de Marcello Mastroiani y el impecable debut de la actriz no profesional Alejandra Podestá, ambientada en un pueblo de provincia de principios del Siglo XX.

"Sus películas de época constituyen un fuerte atractivo para el público internacional. Al mismo, tiempo, llaman la atención por ser retratos de mujeres enajenadas que se liberan de las ataduras sociales, mujeres que lo arriesgan todo, precursoras que aspiran ser individuos autónomos. En 1992, por ejemplo, presentó en Berlín una retrospectiva de sus películas por invitación de mujeres cineastas alemanas", señaló Stache.

"Salió del lugar de la comodidad -agregó Hernández-. Tenía un pensamiento inteligente y feminista, de buscar otra vuelta a las cosas. Fue importante para muchas directoras de nuestra generación. Ella puso una semilla en mí que se fue replicando de generación en generación. Nada tiene que ver este contexto con el que me tocó a mí cuando empecé a filmar a comienzos de los 90".

En 1995 se encontraba trabajando en el guion de "El impostor" cuando, a los 73 años, falleció producto de un cáncer. La cinta fue finalmente dirigida por Maci y en los créditos aparece Bemberg como coguionista. La carrera de la realizadora, cuyo primer largo estrenó recién a los 58 años, fue tan intensa como fugaz, con la impactante cifra de seis cintas en 12 años y la certeza de haber sido la cineasta de las cineastas, no solo por el cambio en la narrativa femenina, sino por abrir esa puerta que, hoy, parece natural.