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En Burgess Farm, una pequeña chacra a las afueras de Southampton, Inglaterra, lleva a cuestas su existencia quien supo ser el hombre más poderoso del sur de América, Juan Manuel de Rosas. Lleva, como puede, su destierro en el frío británico lejos de su pampa sin cercos. Labra la tierra, vive humildemente, lleva una vida sobria que él mismo describe en pocas líneas: “No fumo, no tomo rapé, ni vino ni licor alguno, no asisto a comidas, no hago visitas ni las recibo, no paseo ni asisto al teatro ni a diversiones de clase alguna”. 

Si bien algunas personalidades de la política latinoamericana quieren visitarlo e inclusive algunos diplomáticos europeos quieren hablar con ese fenómeno tan misterioso del sur del mundo, él se rehúsa prefiriendo la soledad con un toque de frivolidad.

"Mi ropa es la de un hombre común -escribe- mis manos y mi cara están bien quemadas”, remata. Considera que ya no cumple con el protocolo de la diplomacia y las reuniones de salón, es un campesino más, un farmer internado en la más recóndita ruralidad británica que trabaja de sol a sol comiendo  “un pedazo de carne asada y mi mate, nada más".

La silenciosa rutina de la granja le permite volar, recordar el sabor del poder. Lo tuvo todo, tierras, riquezas, prestigio, le temieron, lo adoraron, lo odiaron…. Ahora es un argentino que, habiendo doblegado las aspiraciones de Francia e Inglaterra sobre Argentina, duerme apoyando el lomo en suelo inglés.

Esos son los vericuetos –un tanto cínicos- que la historia se reserva a veces.  El ruido de la pala penetrando la tierra se mezcla con el recuerdo de aquella chiquilina que mandó a ejecutar por mantener una relación sacrílega con un sacerdote, Camila O’ Gorman, una sombra que lo atormentó siempre en su exilio.

También es esos recuerdos se cruza Encarnación su mujer; piensa en Dorrego, en Quiroga, sus compañeros federales, asesinados en medio del caos que él ayudó a combatir; recuerda al “manco” Paz, altísimo general unitario; a Lavalle, amigo y enemigo; a Sarmiento, a quien aborrece; a Urquiza, su fiel ladero en el litoral…hasta Caseros.

Se acuerda también de esa batalla de principios de 1852 mientras la pala comienza a dar erráticos puntazos al suelo. Ahí está Urquiza –federal, supuestamente uno de los suyos- que lo derrotó en el campo de batalla después de rebelarse contra él y lo condenó al exilio inglés.

Y allí estaba, entre luces y sombras de su pasado, uno de los mayores propietarios de tierras del país reducido a un terreno claustrofóbico para un terrateniente como él. Ahí estaba, afincado y sin la omnipotencia del pasado, devenido en un simple labrador. En fin,  un hombre que tanto había hecho por su país, lejos de su suelo. Pero en parte aceptaba las reglas de juego, porque Rosas fue en un momento el que daba a elegir a sus opositores entre la muerte y el exilio. Acepta las reglas pero algo de él cree que, quizás, hubiese sido mejor morir en Caseros.

Repasa, una y otra vez, sus acciones de gobierno, le consta que en su país lo están despedazando, que su ausencia es festejada por un bacanal unitario de calumnias sobre su persona y la de su hija, sabe del odio que le tienen pero, firme, escribe “soy el único responsable de todos mis actos, de mis hechos buenos como de los malos, de mis errores y de mis aciertos”.

Sus solitarias jornadas son interrumpidas por la visita de su hija, Manuelita, y los hijos que ella tuvo con Máximo Terrero. Pero Rosas se vuelve cada vez más ermitaño conforme a su paupérrima situación, que se agrava cada vez más: "Sigo en tal malestar que ni yo puedo sufrirme. Sería, así, por ello, y por todo, una locura pensar ustedes en venir. Les suplico, pues, del modo más encarecido, que no lo hagan. Iré a verlos cuando regresen a Londres”, les escribe a su hija y su esposo. Tiempo después, su situación lo lleva a comerse a sus propios animales y vender otros para procurarse de recursos.

La condición lo llevó a reflexionar sobre su testamento: “Mi cadáver será sepultado en el cementerio católico de Southampton hasta que en mi Patria se reconozca y acuerde por el Gobierno la justicia debida a mis servicios. Entonces será enviado a ella previo el permiso de mi Gobierno y colocado en una sepultura moderada, sin lujo ni aparato alguno, pero sólida, segura y decente (…). En ella se pondrá a la par del mío, el de mi compañera Encarnación, el de mi Padre y el de mi Madre”. Su cuerpo volvió a suelo argentino recién en septiembre de 1989.

Su andrajosa existencia se fue apagando hacia marzo de 1877. Era ya un octogenario, algo casi impensado para la época y seguía realizando, como podía, sus quehaceres campestres. Sin embargo, el lunes 12, su médico personal mandó a llamar a Manuelita, a quien le informó que tenía “una fuerte congestión” en el pulmón.

Al día siguiente, don Juan Manuel comenzó a toser con sangre, señal que alertó muchísimo al galeno y no pudo ocultarle a Manuelita que el cuadro era de gravedad. A las seis de la mañana del miércoles 14 de marzo, cuenta en una carta la hija de Rosas que fue alertada por las empleadas de la casa de que el estado de salud de su padre había empeorado. Al propósito escribió: “Cuando me allegué a él (…) al besarle la mano la sentí ya fría. Le pregunté ‘¿cómo te va tatita?’; su contestación fue, mirándome con la mayor ternura: ‘no sé, niña’”. Rosas dejó este mundo envuelto en un interrogante.

 

(*) Abogado. Integrante de la Cátedra de Historia Constitucional Argentina, Facultad de Derecho, UNR