Todos destacaron la transversalidad, acuerdo y entendimiento que exhibieron en Rosario el presidente Alberto Fernández, el gobernador Omar Perotti y el intendente Pablo Javkin. Más que nada porque se contrapone nítidamente a la tensión y furia que han mostrado el gobierno nacional, la provincia de Buenos Aires y la jefatura de Gobierno porteño en manos de Horacio Rodríguez Larreta.

Esta vez la presencialidad en las escuelas porteñas sí o no fue el eje de la disputa, pero se sabe que ese no es el fondo de la cuestión y que las clases presenciales en pandemia penden de un hilo en el mundo entero.

En su momento, el presidente Fernández, Rodríguez Larreta y Axel Kicillof mostraron la misma sintonía fina que se vio en Rosario esta semana. Fue al principio de la pandemia, donde se decían “Alberto” y “Horacio”, como aquí se repitió el “Pablo”, “Omar” y “Alberto” de nuevo. La sintonía y entendimiento entre los dirigentes no es tan naif como algunos creen y deben recrearse condiciones que convengan a las partes para arribar a esos acuerdos y a la construcción de ese mensaje de unidad en la adversidad que no siempre y no toda la sociedad reclama realmente en todo momento; a pesar de los mensajes que en ese sentido la población elige volcar en la opinión pública. Es muy común que alguien que acaba de insultar violentamente a otro por motivos políticos en redes sociales, se pregunta después con genuina inocencia ¿por qué los políticos no pueden ponerse de acuerdo?

La paz política entre nación, Caba y provincia de Buenos Aires se quebró porque Rodríguez Larreta tenía que empezar a diferenciarse del oficialismo nacional y bonaerense para volver a atender a su particular electorado. Máximo Kirchner lo explicó claramente pero, obviamente, también tratando de exponer un escenario conveniente: “Lo que pasa es que Horacio volvió a ser conducido por (Mauricio) Macri”, lanzó el diputado y jefe de La Cámpora. No es del todo así, pero tampoco es una mentira flagrante. Así como Rodríguez Larreta necesita atender un poco al electorado de Juntos por el Cambio, el Frente de Todos necesita que Macri aparezca lo más posible, divida a la oposición y aceite el rechazo que causa en al menos la mitad del electorado.

Lo de las clases presenciales ya pasó y no quedará en claro quién “ganó” la pulseada. Ya Rodríguez Larreta volvió al redil y mantuvo conversaciones con Kicillof ante la alarmante suba de casos y muertes por Covid en Amba. Fue un momento, ya no conviene a nadie mantener esa puja ficticia por la educación.

Pero claro, los que no van a desmontar tan rápido sus pancartas son las distintas agrupaciones de “padres preocupados” que florecieron en estos días de guerra porteña. No hay nada más “peligroso” que un padre preocupado por la educación. Si no, pregúntenle en privado a alguna directora o maestra de escuela qué piensa del tema. Tampoco los medios nacionales que juegan su partido olvidarán tan rápido la polémica de la que intentarán seguir sacando partido.

Como dijo el ministro de Defensa Agustín Rossi: “Batieron tanto el parche con este tema como si se tratara de la reedición de ‘Laica o Libre’”, en referencia a la disputa por los títulos universitarios en 1958 que enfrentó a distintos sectores.

Para entender por qué las conveniencias son la base de cualquier acuerdo político, hay que observar la relación de Perotti con el diputado Miguel Lifschitz, ahora internado en lucha contra el Covid. El gobernador sabe que el diputado no sólo es un opositor, sino que es un jefe político que pretende volver a ser gobernador y que para eso necesita que al peronismo -no sólo a Perotti- las cosas no le salgan del todo bien. Ese escenario explica también la buena relación que tuvieron desde el comienzo Perotti y el intendente Javkin que no será un competidor provincial en 2023 sino que tratará de ir por su reelección. Ambos se necesitan: Uno para dar respuestas a la ciudad más grande de la provincia que le dio el triunfo en su camino a la Casa Gris y el otro porque tiene urgencia de recursos provinciales para poder gestionar una ciudad enorme y plagada de problemas estructurales.

No se trata aquí de exponer de manera despiadada el costado “oportunista” de los dirigentes políticos sino más bien de hacer entender que la política es básicamente oportunidad y decisión.