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#MiPrimerAcoso: a los once años, al salir de la escuela

La periodista Evelyn Arach se suma, con su testimonio, a la campaña contra el acoso callejero

#MiPrimerAcoso (al menos que yo lo recuerde) fue a los once años, salía del colegio y como hacía calor me saque el guardapolvo, que dejo al descubierto una remera clara elastizada debajo de la cual comenzaban a asomar dos  protuberancias que empezaban a ser perceptibles... Se destacaban sobre todo por la delgadez del resto del cuerpo.  Mientras cruzaba la plaza un grupo de chicos bastante más grande que yo empezó a chiflar y a gritar “yeguaaaa” cada vez más fuerte… Desde mi perspectiva actual, eran un grupo de pibitos de no mas de 15 años. Por entonces me parecieron unos grandotes desalmados. Y eso que uno de los varones de mi curso (volvíamos a casa en patota) deslizo que debería ponerme contenta, como si el insulto constituyera un elogio. No pude. Lo que me dio más bien fue vergüenza y no porque me acomplejara mi cuerpo… Me sentí mal porque una guarangada dicha a gritos en la calle no puede hacer sentir bien a nadie. Menos a una nena de 11 años.

¿Me pregunto quién les enseño a esos adolescentes a tratar así a quienes no eran de su mismo género? Otros más grandes que ellos, algún hermano mayor, un primo, un adulto… Las conductas machistas se aprenden y se replican. Como si hubiera un derecho tácito escrito en las calles del mundo que auspiciara ese destrato. Y ojo, no hablo del piropo respetuoso, sino de un comportamiento libidinoso, grupal e individual que incomoda y denigra, que coloca a la mujer en el lugar de un objeto de dominio público y la despersonaliza.

Ese mediodía me quede callada, como se han quedado callada cientas, miles… No por aceptar sumisas el ultraje. Tal vez por el peso de la costumbre. Por la misoginia que insinúa que son culpables de acuerdo a la ropa que se ponen. Patrañas. No tienen derecho. Ni los que gritan desbocados de ficticia testoterona ni quienes les enseñan que hacerlo es parte de su virilidad. Visibilizar el mal momento servirá quizás para que nuestras hijas, hermanas, nietas, no pasen por lo mismo. Y para que nuestros hijos, hermanos, nietos, amigos… no repitan un rito despreciable que los coloca en el umbral de los verdugos.

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