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Malditos migrantes

Las dificultades para la acogida del buque Aquarius en Europa y los hijos separados de sus padres por la normativa antiinmigratoria en los Estados Unidos, obligan a reflexionar una vez más sobre la migración.
 

Protesta de mexicanos ante la embajada estadounidense (EFE)

Dos hechos recientes pusieron nuevamente en la agenda política global el fenómeno siempre irresuelto de los migrantes y las penurias que habitualmente atraviesan.

El primero fue el domingo 17 de junio cuando, tras una difícil travesía, llegaron a buen puerto en Valencia, tres embarcaciones portadoras de 630 personas, encabezadas por el buque de salvamento Aquarius. Las naves fueron fletadas por dos Organizaciones No Gubernamentales (ONG´s) -S.O.S. Mediterráneo y Médicos Sin Fronteras-, en su afán de dar una respuesta esas personas que escapaban de África temiendo por sus vidas. La postura del gobierno español al abrir sus puertas a los migrantes por razones de humanidad contrastó notoriamente con la negativa xenófoba y antihumanitaria de los gobiernos de Italia y Malta de acoger los barcos en sus puertos. El emblemático caso Aquarius tuvo -entre comillas porque la situación de los transportados aún dista de estar resuelta- un final feliz si se lo compara con quienes perdieron la vida en barcos y balsas hundidas o en fronteras reactivas. Desde el año 2000 más de 50 mil emigrantes murieron en el mundo a lo largo de las rutas migratorias, sin alcanzar nunca su destino.

Desembarco de inmigrantes rescatados en Valencia (EFE)

El segundo hecho, ocurrió el miércoles 20 de junio cuando, arrinconado políticamente por la indignación generalizada que causó el apartamiento forzoso de miles de padres e hijos migrantes en situación irregular, el presidente estadounidense Donald Trump firmó un decreto para acabar con ese proceder que hasta un día antes calificaba como inevitable. Todo fue producto de la implementación de una política antiinmigratoria denominada tolerancia cero, mediante la cual el  Departamento de Justicia de los Estados Unidos comenzó a tratar desde abril pasado a los indocumentados que intentan ingresar a su territorio como autores de un delito por el cual deben ser juzgados, lo que implicaba la pérdida de la custodia de sus hijos. Como resultado alrededor de 2300 hijos fueron apartados de sus padres y sometidos a condiciones inhumanas. A pesar de la marcha atrás del presidente, queda instalada la preocupación de que se pase de encarcelar a padres e hijos por separado a encarcelarlos juntos e indefinidamente. Por eso, la pregunta subyacente es ¿cuál es el objetivo de la tolerancia cero, tener un sistema migratorio ordenado o simplemente encarcelar a los migrantes irregulares? ¿Por qué se persigue a los migrantes?

Niños en una protesta frente a la embajada de Estados Unidos en Ciudad de México (EFE)

Las invasiones bárbaras

El tema es viejo como el mundo. Desde los bárbaros que quisieron filtrarse por las fronteras del Imperio Romano para gozar de las comodidades y los beneficios que la ciudadanía romana suponía hasta la actualidad. Esas fueron las verdaderas invasiones bárbaras, las que la poderosa maquinaria bélica romana no pudo detener porque no se trataba simplemente de un ejército regular que atacaba, sino de cientos de miles de seres humanos que querían o bien una vida mejor, obien simplemente salvar el pellejo. Querían pertenecer al Imperio puesto que, como es sabido, pertenecer tiene sus privilegios.

Actualmente sucede algo muy parecido. Se trate de migraciones estacionales o permanentes, intra o extraregionales, la inmigración irregular aumenta cada año, especialmente la procedente de África y Asia con destino a Europa y la procedente de Latinoamérica y el Caribe con destino a los Estados Unidos. 

La ruta del Mediterráneo es una de las más peligrosas en el mundo. También es una de las más buscadas por las personas en busca de asilo y los migrantes, debido a los peligros que enfrentan en sus países de origen, las penurias que muchos siguen enfrentando en los países vecinos de acogida, al bloqueo de vías terrestres, a la limitación de provisiones de reasentamiento en los lugares de admisión y a los insuficientes canales de migración regular.

Lo que se dio en llamar primavera árabe, fenómeno observado en Occidente con una visión un tanto romántica -por no decir naif- supuso la caída de varias viejas dictaduras para dar lugar a supuestas florecientes democracias. Esos procesos distaron de ser fenómenos locales, y tanto las potencias europeas como los Estados Unidos, interfirieron para inclinar la balanza a favor de sus propios intereses económicos, políticos y estratégicos.

A raíz de lo anterior, se produjo un auge de organizaciones criminales que trafican personas y que desarrollaron precisos mecanismos para quedarse con el dinero y la documentación de aquellos a quienes trasladan sin ofrecerles la menor garantía de seguridad. De hecho, los tripulantes son los primeros en abandonar las naves en el caso de ser interceptadas por guardacostas o, peor aún, de hundirlas para salvarse, dejando que las personas transportadas alcancen la costa por sus propios medios, si es que pueden. Esas organizaciones criminales, conocen la legislación europea, se informan con la prensa europea, se aprovechan de todos los flancos débiles de la Unión Europea (UE) y de sus miembros y también negocian con organizaciones criminales europeas, como la mafia italiana. El negocio es multimillonario y se calcula que arroja ganancias por más de 650 millones de dólares al año.

La administración del caos

Los migrantes y refugiados en todo el mundo superan los 250 millones de personas. Y en ese contexto, Europa y los Estados Unidos presentan serios problemas para contener la situación.

La UE por ejemplo, carece de una política común ante la inmigración irregular. Ante el el flujo incesante de quienes emigran desde África y Oriente Medio, las diferencias entre los países del norte y del sur europeo conspira contra eventuales soluciones. Los del sur -Italia, España, Malta, Grecia y Bulgaria- se quejan de la falta de compromiso de los países del norte -Alemania, Holanda, Bélgica y los países nórdicos- porque no lidian con el constante patrullaje de las costas del Mediterráneo y no tienen que asumir la responsabilidad por las muertes. Los países del norte le endilgan a los del sur el fracaso para contener la inmigración irregular, reprochándoles que una vez ingresada al continente, busca asilo en los países del norte porque tienen una legislación más accesible para el asentamiento en su territorio. A este conflicto se le agrega otro entre el este y el oeste europeo. Países como Hungría, Polonia, República Checa, Eslovaquia y Austria, mantienen un acuerdo para blindar sus fronteras y no dejar pasar inmigrantes irregulares procedentes de Asia y África. De ese modo, vuelcan toda la responsabilidad de la acogida en los países del oeste del continente. El nuevo gobierno de Italia se ha acercado a ese grupo de países y promete no solamente evitar el ingreso de nuevos inmigrantes, sino que planea la expulsión de 500 mil que ya viven en el país.

Todo esto sucede en el marco de una Europa en la cual los grupos políticos de ultraderecha se encuentran en ascenso y tienden a hacer de los inmigrantes verdaderos chivos expiatorios de todas las dificultades de la población local, al tiempo que jaquean a los políticos moderados y progresistas que eventualmente adoptarían medidas receptivas con los inmigrantes pero que no se animan a hacerlo por temor a perder votos.

Pero hay algo más. Hay datos que tienden a ocultarse con esmero. Por ejemplo, que los emigrantes contribuyen al crecimiento económico tanto en sus países de origen como en los de acogida. Que mientras el mundo dedica 132 mil millones de dólares como ayuda oficial al desarrollo (dato oficial del año 2015), las remesas que los emigrantes envían a sus países de origen triplica esa cifra. Que cuando se produjo la crisis financiera en los países industrializados en 2008, la inversión extranjera en los países en desarrollo se redujo en un 89 por ciento mientras que las remesas disminuyeron solamente un 5 por ciento. Y también se oculta que los emigrantes aportan significativamente a los países de destino al pagar más impuestos y servicios sociales que los beneficios individuales que reciben (datos oficiales de la Agencia de Refugiados y Migrantes de la Organización de las Naciones Unidas).

¡Qué difícil es hacerse cargo!

El hombre blanco y europeo y sus descendientes avanzaron por todos los rincones del planeta imponiendo su estilo de vida, su cultura, sus sistemas económicos y políticos, explotaron a los nativos y usurparon sus recursos. Provocaron y avalaron guerras y dictaduras para luego combatirlas. Gozaron de un festín que parecía ilimitado. Pero cuando llegó el momento de pagar la cuenta y de hacerse cargo de la rapiña de tantos siglos, al momento de ofrecer albergue y trabajo, aflora el chauvinismo y la xenofobia, profundizando el conflicto que el europeo y sus descendientes  originaron.

Mientras los gobiernos de los países de recepción no ofrezcan rutas aptas, regulares y adecuadas rumbo a los destinos de acogida y, posteriormente, medios adecuados de recepción, millones de personas seguirán eligiendo la inseguridad de un futuro incierto en vez de la seguridad de la muerte a causa de la guerra civil, la persecución religiosa, el hambre y la pobreza. Simultáneamente, mientras el acento siempre sea puesto sobre los inconvenientes y no sobre los beneficios de la migración, la mirada sobre el tema seguirá siendo sesgada y negativa. Y los migrantes seguirán malditos.

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