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Lo que dejó la política internacional en 2017

El año llegó a su fin y -aunque no se agotan aquí- pueden avaluarse algunos de los temas más sensibles que lo atravesaron y prometen seguir dando que hablar durante 2018

Lo que dejó la política internacional en 2017.
Lo que dejó la política internacional en 2017.

2017 fue un año turbulento y repleto de noticias en el ámbito de la política mundial. A continuación  se exploran solamente algunos de los temas considerados más relevantes teniendo especialmente en cuenta su impacto global.

Crecimiento a paso lento

Pese a que en términos globales el crecimiento de la economía todavía muestra cierta lentitud, puede advertirse cierta aceleración en los países más desarrollados. Europa y Japón reaccionan frente a lo que para muchos países del Viejo Continente y el país asiático fue una década perdida luego de la crisis económica y financiera en los países centrales. España, Portugal y los Países Bálticos fueron ejemplo de este rebote. Para los Estados Unidos y el Reino Unido las perspectivas de crecimiento fueron ligeramente mayores a las que finalmente se plasmaron, especialmente debido a un marco de alta incertidumbre política. Los comportamientos de Donald Trump en los Estados Unidos y las negociaciones por el Brexit en el Reino Unido son y seguiran siendo fuente de imprevisibilidad, algo que -ya se sabe- no es bueno para las expectativas económicas.

Un factor sobresaliente durante 2017 fue la persistencia de Asia como región emergente y motor del crecimiento global. Pese a los profundos cambios estructurales que allí están ocurriendo, la región crece entre dos y tres veces más rápido que los países más desarrollados. El crecimiento tiene dos actores principales. Por un lado está la India, que continúa su crecimiento demográfico -es un país con mucha gente joven y por lo tanto con demanda de crecimiento, empleo y mucha innovación- y podría crecer incluso por encima del 7 por ciento en los próximos años. Por otro lado está China, que se encuentra en un proceso de rebalanceo tanto de demanda (el consumo aporta al crecimiento más que la inversión) como de oferta (el sector de servicios aporta el 50 por ciento del Producto Bruto Interno (PBI), cuando diez años atrás apenas superaba los 40 puntos). Esto dió como resultado un crecimiento superior al 6 por ciento.

Por último, cabe mencionar la recuperación de las economías exportadoras de materias primas. En términos generales los exportadores de commodities registraron un crecimiento algo menor que el mundo avanzado, lo cual quiere decir dos cosas. La primera, que quedó atrás el período de contracción iniciado en 2013 y que en líneas generales se extendió hasta 2016. La segunda, que ese impulso de crecimiento no es suficiente para sumarse a la dinámica que sigue Asia como región emergente. Latinoamérica aparece en este grupo, aunque sólo Perú, Bolivia, Paraguay y Uruguay vienen creciendo sistemáticamente por encima del mundo avanzado. El resto fluctúa pero con tendencias variables. México continúa moviéndose acorde a lo que sucede en los Estados Unidos, mientras que Brasil podría empezar a crecer nuevamente a tasas del 2 por ciento. Pero Brasil es todo un tema en sí  mismo.

Brasil, gigante y desestabilizador

Las repercusiones del escándalo de corrupción del petrolao, en particular en su variante de las investigaciones en torno a los sobornos pagados por la empresa Odebrecht a numerosos funcionarios de gobiernos latinoamericanos a cambio de obtener contratos en el ámbito de la obra pública, constituyó un factor de inestabilidad regional que ya ha puesto a varios poderosos tras las rejas.

Brasil, principal potencia económica de Latinoamérica, fue durante el año que pasó una fuente de dolores de cabeza antes que un motor para el crecimiento. El poder Judicial incide permanentemente en la vida política de un país que no termina de sanearse. La economía no crece. El clima social está caldeado con motivo del ajuste en materia previsional, la precarización laboral y las duras metas autoimpuestas respecto del déficit fiscal. Y la política no encuentra dónde hacer pié. El gobierno tiene una paupérrima popularidad y la crisis de liderazgo es evidente. Ante las elecciones presidenciales pautadas para octubre de 2018, Luis Inazio Lula Da Silva crece en las encuestas -le auguran más del 40 por ciento de intención de voto- aunque la posibilidad de que pueda o no competir se conocerá el 24 de enero, cuando el Poder Judicial exprese en segunda instancia si ratifica o no una condena a nueve años y medio de prisión en su contra por corrupción. Quien lo secunda en intención de voto -con el 17 por ciento- es Jair Messias Bolsonaro, un exmilitar de extrema derecha que reivindica los tiempos de la dictadura. Bolsonaro apunta a encarnar la versión vernácula del fenómeno global de ascenso de la derecha.

El avance de la derecha

En realidad habría que hablar no de una, sino de dos vertientes ascendentes de la derecha. Una de ellas es la constituida por los partidos de la derecha política tradicional que forma parte de un recambio político propio de las reglas de juego de la democracia. Fue especialmente visible en Latinoamérica durante el último tiempo, donde tras varios años de gobiernos de tinte progresista, aparecieron Horacio Cartés en Paraguay, Mauricio Macri en Argentina, Pedro Pablo Kuckzynski en Perú, Michel Temer en Brasil y recientemente se sumó Sebastián Piñera en Chile. Solamente Uruguay, Bolivia y Ecuador mantienen una corriente similar a la que ya seguían, mientras que Venezuela, tras la fachada del socialismo del siglo XXI devino en un autoritarismo.

La otra ola de derecha es la más preocupante, por tratarse de partidos o movimientos políticos antisistema, reñidos con los valores democráticos y con claras manifestaciones xenófobas e intolerantes. En Europa del Este gobiernan ya en Hungría y Polonia. Pero países con mayor poder y peso específico global vieron aumentar el caudal electoral de estos grupos. El Frente Nacional perdió las elecciones en Francia, pero se convirtió en la segunda fuerza más votada, el Partido de la Libertad en Austria está cogobernando el país, y la agrupación Alternativa para Alemania  logró que la ultraderecha volviera a tener allí representación parlamentaria por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. Uno de los peligros de esta otra vertiente de derecha es que se nutre de la paranoia terrorista y confunde deliberadamente a refugiados e inmigrantes con potenciales terroristas. En su discurso y su acción, la ultraderecha y el terrorismo se retroalimentan.

Cuando el terror llega a todas partes

El Estado Islámico (ISIS) representó desde su creación en 2014 el rostro visible del terrorismo fundamentalista que azota a todo el planeta y que estuvo presente en 2017. Si bien ISIS fracasó en el experimento de construir un Estado en el sentido tradicional del concepto sobre territorio de Siria e Irak, la organización se mantiene viva desde el punto de vista ideológico, también en su  capacidad operativa para adoctrinar atacantes y, como consecuencia, tiene capacidad suficiente para hacer daño, causar muerte y generar paranoia colectiva. Ese es justamente el objetivo de los terroristas, no solamente de los de ISIS. Provocar no ya la sensación de que algo malo puede suceder, sino la certeza de que no se puede estar tranquilo en ningún sitio.

Las organizaciones terroristas han dejado de comportarse en un modo jerárquico tradicional para adoptar un otro aparentemente más anárquico pero efectivo. No se trata ya de la realización de grandes atentados que requieren recursos financieros y técnicos, logística o lugares muy específicos para la planificación previa. Se trata más bien de generar impactos pequeños pero absolutamente imprevisibles, que causen más daño en el imaginario colectivo que en la cantidad de víctimas alcanzadas. Durante el último año, seis países europeos sufrieron nueve atentados perpetrados con vehículos que atropellaron transeúntes. ¿Cómo prever esos comportamientos? ¿Cómo prever ataques con armas blancas o con armas de fuego que son cada vez más fáciles de conseguir? Recuérdese el atentado en una vía para peatones y bicicletas del suroeste de la isla de Manhattan en Nueva York, que provocó la muerte de ocho personas, cinco de las cuales fueron los rosarinos Hernán Diego Mendoza, Diego Enrique Angelini, Alejandro Damián Pagnucco, Ariel Erlij y Hernán Ferruchi. Nadie está excento de convertirse en víctima del terrorsmo y las fuerzas de seguridad y de inteligencia tienen poco que hacer al respecto, lo cual torna al fenómeno más inquietante todavía.

Respecto de los objetivos, los actuales grupos terroristas parecen volcar su preferencia a los centros de ocio, esparcimiento o, en última instancia, de goce de los occidentales (eventos deportivos, recitales, paseos de compras, restaurantes, paseos peatonales). ¿Por qué? Porque más que nunca, apuntan a la población y no a los gobiernos. Al desatar el terror en los sitios en los cuales los occidentales se relajan y disfrutan, intentan desatar la paranoia colectiva, es decir, generar la certeza de que no se puede estar seguro en ninguna parte. Pretenden erosionar la paz y la tranquilidad de las personas más sencillas sabiendo que son votantes e intentando provocar fracturas sociales que enfrenten al grueso de la población con aquellas personas que practican el Islam. Incitan a la persecución, la xenofobia, y la construcción de un chivo expiatorio en la carne de los feligreses islámicos, de manera tal de forzarlos a la radicalización, ante la supuesta demostración de que los occidentales los persiguen. Asimismo, intentan lograr la radicalización de las sociedades occidentales hacia la ultraderecha más reaccionaria, para que éstas exijan a sus gobiernos medidas persecutorias hacia dentro de los países occidentales, e invasiones hacia afuera, hacia aquellos países considerados como “amenaza”. De esa manera, el extremismo de derecha occidental y el extremismo fundamentalista y asesino se alimentan mutuamente, en una espiral que promete poner al mundo bajo fuego. Dicho en otras palabras, alientan el -tantas veces anunciado- “choque de civilizaciones”. Y siempre hay alguien dispuesto para sumar su aporte al caos.

Donald Trump, el gran desestabilizador

La incógnita respecto de cómo sería su presidncia dio lugar a las certezas, que terminan por ser más preosupantes aún. Donald Trump ya exhibió su verdadero rostro. Demostró tener conductas más erráticas y temperamentales que las del líder norcoreano Kim Jong-Un. Llevó mayor inestabilidad y violencia a Oriente Medio con su decisión de reconocer a Jerusalén como capital del Estado de Israel. Confrontó con la comunidad latina a propósito de la construcción del muro divisorio con México. Retiró a los Estados Unidos de los Acuerdos de París sobre cambio climático y sustentabilidad ambiental. Generó discordia dentro y fuera de los Estados Unidos. Sin embargo, no dejó de seguir al pié de la letra las consignas del complejo industrial-militar de su país, que se nutre permanentemente de las hipótesis de conflicto. Trump parece encarnar un cambio en las formas para que nada cambie en el fondo.

En síntesis, 2017 fue un año agitado, pero 2018 promete serlo aún más.

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