Las opciones de Lula

Ante su complicada situación judicial, el líder brasileño deberá optar entre privilegiar el futuro de su país o el suyo propio

La caótica situación política que atraviesa Brasil aporta una cuota de inestabilidad a toda la región. A siete meses de las elecciones presidenciales, se torna prácticamente imposible prever no ya quién será el sucesor de Michel Temer, sino quiénes competirían en una segura segunda vuelta.

Lula asegura que es víctima de una persecución judicial.

Ante ese panorama, la figura del ex presidente, Luis Inazio Lula Da Silva emerge como un factor determinante del tablero político. Es quien tiene mayor intención de voto -se calcula entre un 36 a 38 por ciento- muy lejos de quien se encuentra segundo en las preferencias, el diputado reaccionario Jair Messias Bolsonaro, quien reúne el 17 por ciento de intención de voto. 

El principal problema de Lula es su situación judicial. Condenado por corrupción en primera instancia por el Juez Sergio Moro y en segunda instancia por un tribunal de Porto Alegre a 12 años y un mes de prisión, solamente resta que el máximo organismo del poder judicial brasileño, el Supremo Tribunal Federal (STF), determine cómo y cuándo esa condena se hará efectiva. De acuerdo a un habeas corpus interpuesto por la defensa del ex mandatario, el 4 de abril será un día clave, porque será entonces cuando el STF decidirá si Lula irá a prisión de inmediato o bien, como se especula, le permitiría conservar la libertad hasta que las elecciones de octubre se hayan realizado. ¿Por qué se le otorgaría a Lula la posibilidad de mantener su libertad hasta octubre? Para contrarrestar su argumento de que es un perseguido político y que el Poder Judicial sólo intenta dejarlo fuera de juego para que los grupos de poder económicos y financieros puedan seguir manejando los destinos del país.

Las opciones que Lula dice que tiene

Como animal político (zoon polikon) que es, Lula reduce para la opinión pública sus opciones a tres: “si me matan, seré martir; si me meten preso, seré héroe; si me dejan libre, seré presidente”. Si bien se trata de un buen eslógan político, el argumento es falaz, especialmente en la tercera apreciación. En algún punto, Lula no quedará nunca fuera de la política porque su influencia y su caudal electoral son considerables, pero ya está prácticamente fuera de la carrera presidencial. Porque una ley federal impide que una persona condenada en segunda instancia pueda candidatearse a la presidencia. Solamente resta que el STF ratifique la condena de la primera y segunda instancias y será el fin de la cuestión.

La opción de convertirse en mártir es lejana, pero no imposible. La semana pasada una caravana de apoyo al expresidente que lo acompañaba por los Estados del sur del país, sufrió ataques que comenzaron con insultos, siguieron con el impacto de objetos de diversa índole y culminaron con cuatro disparos sobre un micro que transportaba a militantes del Partido de los Trabajadores (PT). El hecho sucede pocas semanas después de que la concejal de Río de Janeiro y activista por los derechos de las mujeres, Marielle Franco, fuera asesinada en pleno centro de Río de Janeiro. El magnicidio aparece como una opción improbable pero no imposible en Brasil.

En semejante clima de violencia política, el candidato a presidente y líder del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), Geraldo Alkmin, justificó los disparos contra la caravana del PT argumentando que ese sector está cosechando lo que sembró, en referencia a la división existente en la sociedad (léase grieta en clave argentina).

La opción de convertirse en héroe tiene probabilidades en la medida en que Lula acabe preso, pero sus efectos dependen de cuándo eso suceda. Si quedara privado de su libertad el 4 de abril, la dimensión del héroe crecería abonada por el argumento de que Lula es corrido a la fuerza de la compulsa electoral porque en las urnas no hay quien pueda vencerlo y alimentaría la idea de que él es la única persona capaz de defender las conquistas sociales de las personas más vulnerables del país. Si fuera privado de su libertad tras las elecciones presidenciales, la dimensión del héroe comenzaría a desinflarse para nutrir la de un simple corrupto preso. Por estos motivos cobra un peso específico mayor lo que Lula opte por hacer en el tiempo que media entre abril y octubre.

Las opciones reales de Lula

El exmandatario tiene por delante distintas posibilidad, pero a grandes rasgos, se reducen a dos. La primera podría rotularse como la del delfín, la segunda, como la del proyecto.

La figura del delfín proviene de la antigua monarquía, especialmente la francesa y consiste en ungir a un sucesor leal y capaz de sostener el legado que se le entrega. La unción de un delfín no asegura nada ni ofrece certezas, pero permite conjeturar lo que se expresa a continuación. Lula transferiría buena parte de su popularidad -nunca se la puede transferir en su totalidad- a alguien de su confianza que podría alcanzar una victoria electoral para el espacio progresista que representa, aunque de una manera muy ajustada y teniendo que hacer concesiones. Entre esas concesiones, estaría la posibilidad de que a cambio de esa transferencia de popularidad, el futuro presidente le asegurara a Lula un indulto que le permitiría transitar sus últimos años fuera de prisión (si alguien piensa que esta posibilidad es inverosímil que la pregunte a Alberto Fujimori).

La opción del proyecto, consiste en la elección de un camino más largo, más complejo pero más sólido y duradero. Como gran elector de la política brasileña, Lula podría emplear el poco tiempo que queda hasta las elecciones para construir un espacio progresista amplio e inclusivo, capaz de reunir a quienes dejaron el PT, a ecologistas y hasta independientes, pero no en torno a su propia figura ni la de ningún delfín. Él se reservaría solamente el rol de articulador político, permitiendo que se debatiera y consensuara un proyecto político para el país, permitiendo que de ese espacio emergiera un liderazgo representativo por medio de elecciones internas y que no estuviera atado de manos por compromisos previos (más allá de los contraídos con la ciudadanía). Esta opción, agigantaría la imagen de estadista de Lula para la posteridad con o sin prisión de por medio, puesto que privilegiaría su ideario de país y -como ya se sabe- las ideas no se matan.

Existe un debate acerca de cuál es la finalidad que verdaderamente orienta a Lula a luchar actualmente por el poder. Para algunos, lo persigue para asegurarse impunidad. Para otros, lo persigue porque, fiel a los sectores populares de los que proviene, intenta protegerlos del ajuste durísimo que se está llevando a cabo en Brasil. Una tercera lectura permite pensar que Lula lucha por alcanzar el poder por ambas razones en simultáneo.

Las que hablarán por Lula, serán sus próximas decisiones. La opción del delfín dejaría en buena medida al descubierto que la preocupación de Lula se concentra principalmente en su futuro personal y no tanto en las ideas que defiende. Estaría orientado por una finalidad egoísta. La opción del proyecto por el contrario, demostraría que el líder pone por delante los intereses de Brasil antes que los propios. Estaría orientado por una finalidad altruista.

La única certeza es que, por lo menos hasta octubre, los destinos de Lula y de Brasil, estarán atados como nunca antes y las opciones de uno influirán sobre las opciones del otro.

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