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El próximo emperador

El presidente chino quiere prolongarse en el poder más allá de 2023.

La eliminación del límite de dos mandatos presidenciales le permitirá a Xi Jinping perpetuarse al mando de China.

Días atrás el Partido Comunista Chino eliminó el límite de dos mandatos para el presidente. La derogación de esa cláusula le permitirá entonces al actual mandatario, Xi Jinping, conservar el cargo más allá de su segundo período que terminará en 2023.

La acumulación de poder de Xi parece incontenible. Hacia fines de 2017 fue equiparado a la categoría de Mao Zedong durante el Congreso del Partido Comunista Chino, cuando su pensamiento político adquirió categoría de doctrina y fue incorporado a la Constitución. Goza de la sumisión de su partido y de una extendida popularidad en todo el país. A modo de ejemplo del disciplinamiento partidario que ejerce, cabe señalar que al momento de votar la derogación de la cláusula que limitaba los mandatos, sobre casi 3.000 delegados del Congreso Popular Nacional, 2.958 respaldaron la enmienda, dos votaron en contra, tres se abstuvieron y hubo un voto nulo.

Sin lugar a dudas, Xi Jinping se convirtió en la figura dominante de la política china y cuenta con la lealtad de todas las facciones del partido gobernante, el ejército y la élite empresarial. El culto a su imagen es cada vez mayor y su apodo autorizado -Xi Dada, equivalente a Tío Xi- aparece en las canciones oficiales.

Es indiscutible que el líder de la segunda potencia económica planetaria es un hombre portador de cambios y domina el panorama político sin oposición. Se espera de él que China haga el gran salto que le permita superar a los Estados Unidos. Pero al mismo tiempo, el riesgo de que el poder ilimitado lo corrompa, es alto.

Cambios chinos

Hasta ahora, el hombre a la cabeza del Partido Comunista estaba al mando del país por un período limitado de tiempo y cada líder entregaba obedientemente el poder a su sucesor después de una década. La medida había sido instaurada por el expresidente Deng Xiaoping en 1982 para impedir un regreso a los excesos de una dictadura vitalicia, como la de la Revolución Cultural liderada por Mao Zedong entre 1966 y 1976.

Desde su llegada a la presidencia, Xi demostró tener una visión política clara desde el inicio, promoviendo grades proyectos nacionales con iniciativas internacionales como la Nueva Ruta de la Seda y anunciando grandes planes para acabar con la pobreza del país antes de 2020.

El mandatario también impulsó una campaña anticorrupción que disciplinó a más un millón de miembros del partido, unos por aceptar sobornos, otros por desmanejos de los recursos públicos. La misma cruzada le resultó funcional para eliminar de la competencia a sus principales rivales políticos, y para acallar y someter a los indecisos.

De esta manera, la campaña anticorrupción de Xi se convirtió en la mayor purga en el Partido Comunista desde Mao Zedong. Esa fue la manera de preparar el terreno para la perpetuación del presidente. La última señal clara de lo que vendría fue a comienzos de noviembre de 2017 cuando Xi fue reelecto y desafió la tradición al no nombrar a un sucesor.

¿Presidente vitalicio?

Pese a la postura oficial y algunos análisis que indican que el cambio no significa necesariamente que el presidente chino tendrá un mandato vitalicio, los hechos hacen pensar que Xi se quedará por mucho tiempo en su cargo.

Xi es asimilado cada vez más frecuentemente a la figura de Mao, fundador del régimen chino y conocido como el Gran Timonel. De manera similar, a Xi también lo llaman presidente de todo dada la acumulación de cargos y títulos honoríficos que ostenta. Entre ellos se encuentran el de Secretario general del Partido Comunista; Presidente de la República Popular -cargo simbólico que le otorga al líder chino un rango equivalente al de jefe de Estado-; Presidente de la Comisión Militar Central; Presidente de grupos de trabajo; Núcleo central -distinción que le da una estatura incuestionada e incuestionable-; Lingxiu o jefe -expresión que hasta ahora había sido destinada únicamente a Mao-; y Pensador, desde que el Parlamento incluyó en la Constitución el "Pensamiento Xi Jinping sobre el socialismo al estilo chino de la nueva era". Solamente Mao tuvo derecho a ese honor en vida.

Los peligros que supone semejante acumulación de poder en confluencia con una inminente perpetuación son múltiples. Al adquirir tanto poder se arrasa de un modo u otro con cualquier contrapoder y con los mecanismos de control.

La concentración de poder tiende a dificultar la capacidad de los sistemas políticos para producir élites dirigenciales capaces de conducir y gestionar. Los casos de Cuba, Venezuela, Corea del Norte y la propia Unión Soviética deberían servir de ejemplo. Las alternativas para resolver las eventuales crisis de sucesión cuando no hay circulación de élites, acaban en respuestas hereditarias -al mejor estilo monárquico- o en gerontocracias, hasta que las propias contradicciones del régimen provocan su reemplazo, casi siempre de manera violenta.

Otro peligro, vinculado especialmente a la perpetuación en el cargo, está relacionado con la corrupción. Los desatinos, tanto los que son producto de los errores que tarde o temprano se cometen, como los que provienen de la falta de escrúpulos, tienden a ser escondidos o tapados. En un contexto de perpetuación en el poder, la excepción se vuelve regla y lo que al principio ofrece la resistencia del pudor acaba por convertirse en impunidad.

Si bien es verdad que para convertirse en la primera potencia global China necesita de un liderazgo capaz, visionario y fuerte, sería un error mimetizar ese liderazgo como cualidad con la persona que lo ejerce.

Lo que quizás aliente las expectativas personales de Xi, es lo que sucede en otras partes de un planeta en el cual la mayoría de los dirigentes políticos, demócratas o autoritarios, sucumben a la tentación de la permanencia. Angela Merkel en Alemania inició su cuarto mandato consecutivo y Vladimir Putin en Rusia, disputará nuevamente la presidencia cuando ya hace 18 años que se mantiene en el poder. Ante esa perspectiva, los presidentes estadounidenses, que en ningún caso ocupan la Casa Blanca por más de 8 años, aparecen quizás como una especie en extinción.

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