Creativo: ¿se hace o se nace?

Creatividad, una poderosa herramienta (Imagen: psicoactiva.com).

A menudo escuchamos que el futuro de las sociedades está en las jóvenes generaciones con capacidad innovadora y creativa. En los tiempos que corren, la creatividad es sin dudas una herramienta muy poderosa, casi convertida en un mandato social fuertemente arraigado, que sirve no sólo para diseñar el presente, sino también para proyectar el futuro.

En un comienzo la creatividad fue concebida como algo ajeno a la experiencia humana para luego dar lugar a pensarla como una capacidad de todo hombre. Tiene que ver con el pensamiento divergente, es decir a mirar desde múltiples perspectivas, a desarticular modelos rígidos, a buscar más de una respuesta y a ensayar o establecer nuevas asociaciones. Y, si bien ya habían hablado del tema,  fue en  1950 cuando J. Guilford pronuncia un discurso ante la Asociación Americana de Psicología, y su estudio adquiere mayor fuerza.

Muchas son las definiciones que se le han asignado al término, como la posibilidad de romper el molde,  cambiar las reglas y contribuir a la resolución de problemas o aquella  que señala que la resultante es un  producto que tenga novedad o cierto valor para la sociedad.  Saturnino de la Torre (1996) sostiene que la creatividad no es una habilidad específica, sino la síntesis de múltiples operaciones de índole cognitiva, afectiva y tensional y sería la resultante de saber observar, analizar, sintetizar, formular y verificar hipótesis, interrogar e imaginar. Desarrollar la creatividad es enseñar el uso inteligente de la propia imaginación

Generalmente, está asociada a otra palabra: originalidad. Esta última  surge cuando la persona interactúa con otros desde su condición de ser único y sólo es posible cuando alguien expresa lo que tiene de irrepetible y singular. Así como no se crea de la nada, tampoco se crea en la nada, dice López Pérez (1999). La creatividad es originadora, propone algo que no existía o que no se tenía.

¿Se puede aprender la creatividad?

No se es creativo de una vez y para siempre. Si bien depende del esfuerzo y las posibilidades  individuales, también del aprovechamiento de las oportunidades que se presentan a diario. Decía Pasteur: “la casualidad sólo favorece a los espíritus preparados”. Más conocida aún es la frase de Tomás Edison: “el genio consiste en un 2% de inspiración y un 98% de transpiración”. Un ejemplo de esto es Joan Miró, quien produjo, a lo largo de sus noventa años, dos mil pinturas al óleo, quinientas esculturas y más cinco mil dibujos y collages.

Un estudio realizado por Anne Roe, en el cual examina la vida de sesenta y cuatro científicos, concluye en que la característica común en todos ellos era la dedicación al trabajo, una gran apertura y curiosidad por un lado y una perseverancia casi obsesiva por otro.

La creatividad en la escuela

Pareciera, entonces, que la creatividad es posible en todos los ámbitos, como producto de la estimulación y el trabajo arduo, por lo cual también es viable en el espacio escolar, generalmente asociada a las disciplinas artísticas como música o plástica. Si bien, afirma Pérez de Cuellar en el seno de la UNESCO, las artes son las formas más inmediatas reconocidas de creatividad pues son el fruto de la imaginación pura, frecuentemente se olvida que es una fuerza social que crece en el terreno de los actos más rutinarios del hombre.

Pero para que la creatividad sea parte de la institución escolar, todo cambio que se promueva, debe  ser asumido, en primera medida, por los profesorados y, por lo tanto,  habrá que centrar el interés de promoverla en  la formación de grado. No podrá haber cambio curricular impuesto desde arriba, sin un docente comprometido desde el aula a provocar dichos cambios. Este deberá tener claro que la creatividad no sólo afecta los conocimientos trabajados en el aula, sino, incluye también las habilidades y  las actitudes, pero, a su vez, deberá estar presente en todos los componentes: objetivos, metodología, y evaluación para contribuir a la estimulación de la misma.

La flexibilidad del docente para cambiar planes o clases que no aportan nada o muy poco es un indicio de actitud creativa por parte de este último. Es evidente que el conformismo, la verticalidad y el disciplinamiento no son el terreno adecuado para la creatividad. La sabiduría consiste en mantener una actitud abierta al saber, en la convicción de la incompletud y falibilidad, manteniendo un equilibrio entre la certeza y la duda.

Ahora bien, la pregunta obligada es si todos los alumnos pueden ser creativos. Si partimos de la frase de Hein: “nuestras limitaciones se refieren a las facultades que no usamos” podremos ofrecer una nueva mirada a la clase, sobretodo sobre aquellos alumnos que no responden a los objetivos propuestos de antemano. Si en el aula partimos  de la premisa: el profesor sabe, el alumno es el ignorante, el resultado será un conocimiento cerrado, imposible de cuestionar. En cambio, si consideramos que todos los educandos no tienen las mismas predisposiciones o no están igualmente motivados para determinadas actividades, podremos prestar atención a la diversidad de  las inclinaciones y los gustos para ayudar a desarrollarlos.

Ya Monteigne planteaba: “vale más una cabeza bien puesta que una cabeza repleta”, frase a la que Edgar Morin (1999) agrega: “una cabeza bien puesta es una cabeza que es apta para organizar los conocimientos y de este modo evitar una acumulación estéril”. Por consiguiente, el desarrollo de la aptitud para contextualizar y totalizar los saberes se convierte en un imperativo de la educación”

En definitiva, en las sociedades actuales los cambios son vertiginosos y  este fenómeno nos obliga  a enfrentarlos de manera creativa, adaptándonos a nuevas situaciones o proponiendo otras. La creciente acumulación de conocimiento obliga a tomar postura para poder enfrentar a las formas tradicionales de apropiación del saber. Por lo cual la creatividad pareciera ser la respuesta a este nuevo mundo en el que nos toca vivir.

Reconociéndonos e identificando a nuestros semejantes  como sujetos autónomos, capaces de ofrecer respuestas nuevas a diferentes escenarios donde todas podrían ser válidas, reclama un cambio de actitud y de  apertura.

Al decir de Morin (1999), si conservamos y descubrimos nuevos archipiélagos de certeza, debemos saber que navegamos en un océano de incertidumbre. He aquí nuestro rol de adulto: enseñar a enfrentar con creatividad la complejidad del mundo.

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