Ucrania: bisagra entre Rusia y Occidente

Un intento por entender lo que sucede en Ucrania y su importancia a nivel mundial

Explicar de manera completa y cabal la crisis ucraniana demandaría tiempo y espacio. Pero haciendo un esfuerzo, intentaremos hacerlo en cinco puntos.

1. Ucrania -como sucedió en todas las ex Repúblicas Soviéticas- fue atravesada por políticas totalitarias que intentaron “licuar” las nacionalidades, las lenguas y las religiones. Esas políticas no tuvieron el éxito deseado, pero generaron una mezcla poblacional que ahora se visibiliza. Es así como menos del 80 por ciento de los habitantes del país es ucraniano. La primera minoría, de aproximadamente el 18 por ciento, es de origen ruso y habla esa lengua. Esa minoría se asienta en el sur y en el este de Ucrania, en la regiones de Crimea, Lugansk y Donetsk, aquellas donde se produjeron los levantamientos partidarios de la secesión de Ucrania para incorporarse a posteriormente a Rusia. Curiosamente, esas regiones son las más industrializadas del país.

2. Hay un fenómeno demográfico particular: la población ucraniana tiene una tasa de mortalidad más alta que la tasa de natalidad. Es decir que la población está envejeciendo. No es un dato menor si se piensa en una población cada vez con menos jóvenes y con más ancianos, muchos de ellos, nostálgicos de la época soviética, devenidos actualmente en “prorrusos”.

3. Esta situación local debe interpretarse a la luz de un mundo que se encuentra altamente globalizado respecto de los procesos económicos y comerciales. En ese marco, la constitución de bloques regionales aparecen como una respuesta de países que, si actuaran unilateralmente, saldrían perdedores frente al proceso de globalización. Para ejemplificar, no tendría las mismas potencialidades un Brasil en solitario, que junto a sus socios del Mercado Común del Sur (Mercosur) y de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur). Lo mismo le sucede a los Estados Unidos, cuyas potencialidades económicas se incrementan al actuar en el marco del Tratado de Libre comercio de América del Norte (Nafta); a China y Japón, que  optimizan sus negocios e influencia política en el marco de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean), o a Alemania dentro del contexto que le ofrece la Unión Europea (UE). En éste último bloque regional, que el más antiguo y el que actúa como modelo de todos los anteriores, se encuentra otra parte de la explicación de lo que sucede en Ucrania. Una fuerte diferencia política divide a los ucranianos entre los partidarios de acoplar el destino del país a la UE -los “europeístas”- y aquellos que prefieren continuar sometiendo su destino a los dictados procedentes de Moscú, los ya mencionados “prorrusos”.

4. La Rusia de Vladimir Putin tiene ambiciones de dominio imperial, en consonancia con el pasado de la Rusia zarista y de la Unión Soviética. Desea frenar el avance occidental sobre lo que eran las antiguas Repúblicas Soviéticas en dos aspectos. Uno económico y comercial, oponiendo a la UE un bloque regional propio -la Comunidad Económica Euroasiática- que le permita a Rusia reciclar su dominio sobre los países que pertenecían a la órbita soviética. Otro político, estableciendo límites concretos a los avances militares de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan) en el este europeo. En este sentido, Ucrania se ha transformado para la Rusia de Putin en el límite que impondrá por la razón o por la fuerza a Occidente.

5. La partición de Ucrania constituye el aprovechamiento de otro fenómeno en plena efervescencia en Europa y Asia, que es el resurgimiento de los nacionalismos. Estos deben entenderse como el deseo de una determinada nación de identificarse con una unidad política (Estado) que considere representativa, independiente y soberana. Actualmente, los regionalismos conviven cada vez más estrechamente con estos fenómenos nacionalistas, tal como puede observarse en casos puntuales como Cataluña, Escocia y en el norte de Italia. Algo similar ocurrió con los prorrusos que viven en el sur y el este de Ucrania y que se han escindido del país. Pero a diferencia de los casos anteriores, en Crimea, Lugasnk y Donetsk, no se respetó la soberanía popular de Ucrania en su conjunto ni las reglas de juego políticas sustentadas en la Constitución. Quienes se escindieron lo hicieron simplemente porque pudieron, porque contaron con el respaldo del gobierno ruso, que tiene intereses puntuales estratégicos sobre el Mar Negro, sobre los gaseoductos que atraviesan Ucrania, sobre esas regiones del país que son las más industrializadas y para recuperar protagonismo en una zona que considera de su propia influencia. Pero Putin parece haber abierto la caja de Pandora al favorecer el desmembramiento ucraniano, porque tanto los nacionalistas de todas las latitudes como aquellas personas que le atribuyen todos sus males a los procesos de integración regional -como lo hace la extrema derecha francesa con la UE por ejemplo- parecen ver en el caso ucraniano un peligroso ejemplo a imitar.

La agresiva política exterior de Rusia en los últimos años, intentando recrear bajo la apariencia de un bloque de integración regional el dominio territorial que ostentaron la Rusia imperial y la Unión Soviética, le han reportado a Vladimir Putin el recelo de la comunidad internacional, pero también enormes cuotas de popularidad en su país, en momentos en que la inflación está causando estragos y los precios internacionales del petróleo y el gas natural descendieron notablemente, perjudicando la economía rusa. Y es lógico, porque los rusos no tienen la menor idea de lo que es una democracia verdadera. Mientras más prepotente es el líder, mayor es la cuota de respeto que se le profesa. Es por eso que interpretar al régimen político que sucedió al totalitarismo comunista como una democracia es, lisa y llanamente, hacerle el juego a Putin. Y él podrá haberse convertido en héroe en su país, pero a costa de hacer del mundo un lugar más peligroso.

El presidente estadounidense Barack Obama pierde la paciencia pero no avanzó decididamente aún contra una Rusia que todavía domina el segundo arsenal nuclear del planeta. Sin embargo, cuando cedió el espacio de las negociaciones de paz a la canciller alemana, Angela Merkel, y al presidente francés, Fraocoise Hollande, lo hizo con la advertencia de que, si fracasaban, el próximo paso sería proveer al gobierno ucraniano de armas, logística e inteligencia para combatir a los rebeldes prorrusos. Es decir que, de continuar, la guerra civil ucraniana podría arrastrar a Rusia y a Occidente a un conflicto armado de proporciones globales y catastróficas. 

A partir de lo expresado ¿puede tener éxito el acuerdo alcanzado la semana pasada entre el gobierno ucraniano y los rebeldes prorrusos? Parece difícil porque el conflicto ya cobró más de 6 mil muertos y el rencor entre ambos sectores es fuerte. Basta señalar que, entre el jueves 13 que se suscribió el acuerdo y el domingo 15 que entró en vigencia, los enfrentamientos produjeron 18 nuevas muertes. Además, las pretensiones de una reforma de la Constitución ucraniana que los rebeldes reclaman para avanzar en una profunda autonomía de Donetsk y Lugansk, parece una concesión demasiado onerosa para el gobierno ucraniano. No obstante lo dicho, difícil no es lo mismo que imposible.

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