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“Son las balas contra la pelota y la guitarra”

El Luchador y Federal, dos clubes vecinos de barrio La República, unieron fuerzas para combatir a un grupo mafioso, vinculado al narcotráfico y al negocio inmobiliario, que desde hace algunos años pretende quedarse con ambos inmuebles

Primero fueron los 90 y un modelo de país que aniquiló a las barriadas populares. El Luchador y el Federal, los clubes de barrio La República, quedaron vacíos, casi huérfanos, pero resistieron. Después, con el auge económico, aparecieron desde las sombras los inescrupulosos empresarios de la construcción. “Tienen que vender, les conviene”, sugirieron. Luego intimidaron. Y amenazaron. Pero el Luchador y el Federal resistieron. Más tarde, irrumpió el narcotráfico. Las bandas, los soldaditos y las balas. Y otra vez la lucha, la resistencia.

Los libros de historia de Rosario deberían incluir en alguno de sus anexos al Luchador (Lima 1350) y al Federal (Zeballos 4641). En la subsistencia de estos dos clubes de barrio se esconde la última radiografía política, económica y social de la ciudad. El neoliberalismo, la privatización de los espacios públicos, el boom inmobiliario, el narcotráfico y el renacer de los jóvenes en la política son algunas de las categorías teóricas que atraviesan y explican el extraordinario fenómeno que ocurre desde hace unos años en un radio de tres manzanas del oeste de Rosario.         

 

 

La crónica, como ya se dijo, es de militancia y de mucha resistencia. Y de amor por dos clubes de barrio que, como los otros cien que hay distribuidos en todo Rosario, han cobijado a abuelos, padres, hijos y nietos. “Siempre la batalla fue por dos modelos en pugna. En los 90 y ahora. Hay dos formas de pensar y de vivir el barrio. Uno tiene que ver con el terror, el miedo, la dominación, el silencio. El otro, con la alegría, encontrarse con el otro, organizarse. Ese es el centro de la cuestión”, detallan con lucidez los dirigentes que hoy conducen ambos clubes.

Estos jóvenes, muy identificados con las raíces del barrio, sintetizan la historia moderna de los clubes en pocas palabras. Explican que el declive comenzó tras la dictadura al producirse un largo proceso de desintegración institucional (desaparecieron documentos, libros de socios, bienes, etc.), que se consolidó y se profundizó en la década del 90. La recuperación económica pos crisis del 2001 trajo, llamativamente, otro dolor de cabeza. En 2008, los empresarios de la zona intentaron adquirir las propiedades de los clubes para construir edificios.

Aquella amenaza logró otro motivo de orgullo para el barrio: la unión de ambas instituciones, históricamente enfrentadas por la típica rivalidad de dos camisetas que conviven en distancias muy cortas. La mejor definición de los inesperados lazos que se tejieron en aquel momento se lee en el documento que el año pasado las autoridades de los clubes difundieron tras recrudecer el clima de hostigamiento y violencia: “Entendimos que las fronteras geográficas, como ser una calle ancha, no aportan en nada a la identidad de un barrio sino que son las relaciones humanas las que constituirán su identidad”.

 

 

Llegó entonces el momento de reconstruir la vida social de los clubes a través del deporte, la música (el grupo de rock rosarino “Los Farolitos” participó activamente de la movida) y el arte. Volvieron el fútbol, el básquet, el patín y el vóley. Hasta se consolidó el proyecto de la Universidad de Arte Popular Rosario Oeste. Hoy, más de mil vecinos (en su gran mayoría chicos y adolescentes) disfrutan de estas actividades culturales y deportivas, que se autogestionan a través de una economía colectiva.

La refundación, cuentan quienes vivieron esa experiencia en carne propia, no fue nada sencilla debido  a que se necesitó librar una segunda batalla: erradicar la droga, el flagelo de estos tiempos. Sobre todo en Federal, captado por bandas delictivas que utilizaban al club como escudo para la venta y compra de estupefacientes.

El año pasado, los métodos “persuasivos” ejercidos por este oscuro poder dieron paso a ataques con mucha violencia. Robaron de ambas sedes materiales deportivos, instrumentos musicales, indumentaria e información de la vida interna de los clubes.

 

 

El hecho más grave, sin embargo, se produjo un domingo de octubre. Al llegar a su casa, Daniela Giménez y Nicolás Rigatuso, dos dirigentes de El Federal, se encontraron con una ventana rota y una marca en una pared. El hallazgo de una bala de plomo en el interior de la vivienda estremeció a todo el barrio.  

“Ese tiro nos lo dieron para intentar sembrar miedo, ese tiro es el mismo que viene ejecutándose contra las organizaciones populares a lo largo y ancho del continente y que tanto dolor nos deja”, señalaron desde los clubes mediante un comunicado de prensa.

El hostigamiento cesó. Pero  la guardia sigue en alto. No hay convivencia pacífica con el otro modelo. En barrio La República lo saben: “Son las balas contra la pelota y la guitarra”.

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