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Pasión y locura por las armas

El asesinato de dos periodistas en los Estados Unidos es el último episodio de una inagotable serie de hechos en los cuales la violencia relacionada a la proliferación de armas se cobra la vida de inocentes

De manera preocupante, se han vuelto habituales las noticias procedentes de los Estados Unidos que anuncian muertes violentas con armas de fuego. Adolescentes que descargan sus armas contra sus propios compañeros y docentes. Un hombre que irrumpe en una sala de cine disfrazado de Batman y comienza a matar. Otro disfrazado de Rambo que ataca a transeúntes. Una masacre en una iglesia en Charleston a manos de un muchacho. Y la última, que escandalizó especialmente a los medios de comunicación: dos periodistas asesinados en Virginia por un excompañero de trabajo -Vester Lee Flanigan- que filmó en simultáneo lo que hacía y posteriormente se suicidó.

Unas horas después del hecho, que se viralizó casi de inmediato a través de las redes sociales, el gobierno de los Estados Unidos solicitó una reunión extraordinaria del Congreso para discutir la posibilidad de restringir la posesión de armas en el país.

"Este es otro ejemplo de la violencia por armas de fuego que se ha convertido en algo demasiado común en Estados Unidos" expresó el portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnest, y añadió que "aunque no existe una legislación que pueda acabar con toda la violencia que se registra en Estados Unidos, existen medidas de sentido común que sólo puede aprobar Congreso, y que tendrían un impacto tangible".

Desde la Casa Blanca pretenden que el Congreso tome las medidas tendientes a restringir  la permisividad de las leyes respecto a la tenencia y uso de armas de fuego. Pero lo cierto es que, ni el Poder Ejecutivo ni el Poder Legislativo parecen dispuestos a asumir los costos de alterar lo que muchísimos estadounidenses consideran un derecho adquirido y garantizado nada más y nada menos que en el texto constitucional.

El derecho a portar armas es una cuestión cultural

En los Estados Unidos, todo ciudadano tiene derecho a portar armas conforme a la Segunda Enmienda de la Constitución Nacional. Por ese motivo, se estima que actualmente hay cerca de 270 millones de armas en manos de civiles, y que al menos 33 mil personas mueren cada año por heridas de bala; es decir, 90 muertos por día.

Hay un dato sensible que arroja la historia: la Asociación Nacional del Rifle, fundada en 1871 con el objetivo de defender el derecho a la posesión de armas tanto para la defensa personal como para actividades recreativas, es considerada la organización de derechos civiles más antigua del país. Actualmente cuanta con más de 5 millones de socios y ejerce una enconada defensa de la Segunda Enmienda de la Constitución, por entender que lo que en realidad están protegiendo es la “libertad” de portar armas. De hecho -y por extraño que parezca- el derecho a la compra, tenencia y portación de armas, está íntimamente asociado en los Estados Unidos a las libertades individuales. Esto sucede porque el poder del Estado norteamericano fue construyéndose de abajo hacia arriba; es decir, desde los individuos que se organizaron soberanamente hasta constituir por propia voluntad un Estado que los contuviera. En sus comienzos, el derecho a la portación de armas significó el derecho a la protección y la defensa de la propia vida y de la propiedad privada.

Es por todos estos motivos que confrontar con con una cultura tan arraigada en los individuos o con organismos como la Asociación Nacional del Rifle significaría asumir un costo político extremadamente desgastante, especialmente si se contempla que numerosos políticos, artistas y personalidades del país son socios de ese organismo. Peor aún si se tiene en cuenta que ya comenzó la campaña electoral para las elecciones primarias que el año entrante decidirán quién será el sucesor de Barack Obama.

La otra cara de la cultura estadounidense: el miedo

Durante el funeral por las víctimas de la masacre de la iglesia Emanuel, en Charleston, Estado de Carolina del Sur, el presidente Obama expresó que "Estados Unidos tiene que reconocer que este tipo de violencia no se da, y no con tanta frecuencia, en los otros países desarrollados".

Cabe preguntarse a qué se deben semejantes actos de violencia -tan frecuentes- en el seno del país considerado como el más poderoso de la Tierra en términos económicos, comerciales y militares, en el cual no existen masas sometidas al yugo político de una dictadura, y los padecimientos económicos no parecen ser un factor social de enfrentamiento.

La respuesta a este interrogante es siempre compleja y no puede resolverse con una explicación monocausal. Sin embargo, puede pensarse en que la o las respuestas estarán siempre relacionadas al fenómeno del miedo. La estadounidense es una sociedad gobernada desde sus orígenes por el miedo. Primero miedo hacia los colonizadores ingleses y su afán de aumentar los impuestos. Luego hacia los esclavos negros y la preocupación de que se revelasen contra sus amos explotadores. Más tarde contra los nazis o los comunistas. Después contra los latinos y los islámicos. En definitiva, se estableció un estereotipo del estadounidense perfecto, el famoso “blanco, anglosajón y protestante”, y todo aquel que fuese distinto, se convirtió en digno de ser temido y, por lo tanto, combatido. Porque el miedo genera una movilización permanente del individuo que se siente constantemente intranquilo, porque piensa que es inminente que algo malo le suceda. Peor aún, el miedo provoca que cunda la paranoia, y el individuo en esa circunstancia, no piensa, no duda, sino que está seguro de que algo malo pasará.

¿Hay soluciones a la vista?

El crecimiento de Donald Trump en los sondeos de opinión parecería indicar que no. Trump conoce la idiosincracia del estadounidense promedio y apela a todos estos factores que se han mencionado. Pero también sería injusto e irreal suponer que todos los estadounidenses son iguales. De hecho -y sin cuantificar- son muchos quienes no piensan ni sienten de la misma manera, o bien, quienes no caen presos del influjo de esta terrible combinación de elementos culturales de miedo y “libertad de portar armas”.

Pero es indudable también que desandar este camino puede ser largo y penoso. En primer lugar porque por más buena voluntad que tenga un gobierno para adoptar medidas, la cultura popular no se modifica ni por ley ni por decreto. Los estadounidenses deberán cambiar sus pautas culturales por sí mismos, con gobiernos que acompañen esos cambios o que estén dispuestos a provocarlos con medidas, pero con continuidad en el tiempo. Lamentablemente, los efectos de los ataques terroristas de 2001 están a la vista, y fueron los causantes de la última gran “ola de miedo” que azotó a los estadounidenses. Los dos gobiernos de George W. Bush hicieron lo imposible por reemplazar el valor libertad por el valor seguridad en el ideario estadounidense y parecen haber alcanzado su objetivo.

Para que no haya más 90 muertos diarios a causa de ataques con armas de fuego, quizás la única solución sea la irrupción primero y la persistencia después de una cultura nueva, de la libertad y la vida, de la confianza y la solidaridad. Pero esos valores, no venden tanto ni tan bien como el miedo.  Después de todo, como decía William Randolph Hearst, el creador de la prensa amarilla: “no news, good news”. Sólo las malas noticias venden. Prueba de ello fue la viralización inmediata del asesinato de los dos periodistas en Virginia.

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