Morir después del Irar: la historia de Mauro

En los últimos cinco años, 55 jóvenes fueron asesinados en Rosario al salir del Instituto de Recuperación del Adolescente Rosario (Irar). La historia de Mauro, ejecutado de dos balazos el pasado 13 de mayo, expone las dificultades y limitaciones del sistema penal juvenil para reinsertar a aquellos adolescentes atravesados por la violencia y el delito

La historia de Mauro, un muchacho de Tablada, le pone nombre, apellido y rostro a la fría y desgarradora estadística que este martes publicó Rosarioplus.com: la de los jóvenes que en estos últimos años fueron asesinados al abandonar el Irar, el establecimiento en el que son alojados los menores de edad con problemas con la ley con el fin de rehabilitarlos. Según un relevamiento realizado por un grupo de trabajadores vinculado al sistema penal juvenil, la cifra alcanza los 55 casos desde el 2010 a esta parte. Mauro forma parte de esta trágica lista.

El jueves 14 de mayo, las crónicas policiales daban cuenta de un crimen perpetuado el día anterior en la intersección de Alem y Centeno, al sur de la ciudad. La noticia narraba una escena repetida para los criminólogos: un pasillo, un joven acribillado, un auto, dos asesinos y una disputa (un “ajuste de cuentas”) resuelta a los tiros. La víctima se llamaba Mauro David Maciel, de 22 años. Estaba en pareja y tenía dos pequeños hijos.

La policía rápidamente vinculó el homicidio con el fuego cruzado entre las bandas de “los Centeno” y “los Ameghino”, dos grupos que se disputan el negocio de la droga. Esa pelea, de vieja data, ha dejado un tendal de muertes en las calles de Tabladas en los últimos años. “Por la zona y por el pasillo está relacionado con un tema de droga”, deslizaron los investigadores del caso.

Mauro recibió dos tiros, uno en la pierna y otro, de remate, en la nuca. Según la reconstrucción policial, fue interceptado por un Fiat Uno. Dos hombres se bajaron y, sin mediar palabra, dispararon. El cadáver quedó tendido en el asfalto durante dos horas. Luego, fue trasladado al Hospital de Emergencia Clemente Alvarez (Heca). Allí, en una desabrida habitación, Norma, la mamá de este joven, identificó su cuerpo.   

“Cuando me dijeron que podía ser él fui a la comisaría y no me dieron bola. Una mujer policía me dijo que el muerto podría ser él, pero no daban las características. Me dijeron que era un hombre de unos 35 años y él tenía 22. Entonces me preguntaron igual si tenía un tatuaje y les dije que tenía tatuado mi nombre en la pierna. Ahí se dieron cuenta de que era mi hijo”, le contó la mujer al diario La Capital el día del velatorio.

Muaro estuvo detenido en el Irar en el 2011 por una causa de robo a mano armada. A la semana recuperó la libertad. Su familia jura que aquel encierro lo marcó. Se alejó de la calle y, con muchas dificultades, se insertó en el mundo laboral. Trabajó durante un tiempo en el supermercado Libertad, en donde formó parte de la planta permanente. Feliz con su empleo, formalizó la relación con la chica que le gustaba y tuvo dos hijos. Ahora se dedicaba a la venta de verduras en una huerta comunitaria y a changas de albañilería.

Su idea era volver a conseguir un trabajo formal, algo que se dilataba por la falta de estudios. Hizo hasta 4º grado. Después, se crió en la calle.  “Tenía broncas con varios, era muy cargoso y a veces no lo entendían, entonces se agarraba seguido a las piñas. Su muerte no tiene nada que ver ni con drogas ni con robos. No sabemos qué fue, pero drogas no. Muchas veces le habían dicho de vender drogas, pero él siempre decía que tomaba y eso, pero vender drogas no. Tenía miedo de eso”, contó en aquel momento uno de sus tres hermanos.

Ni el Irar, ni su nueva vida, ni los ansiados recibos de sueldo lograr torcer el destino de Mauro. Algunas huellas parecen imposibles de borrar.   

Otros casos

Al repasar los archivos digitales de los diarios de la ciudad, las historias como las de Mauro se repiten. Cambian los nombres, los barrios y los móviles de los crímenes. Pero el trágico final siempre es el mismo. En 2011, Elías Gabriel Bravo tenía 17 años. Vivía en una precaria casa de Empalme Graneros, uno de los territorios más postergados de la Rosario fragmentada.

Una madrugada de octubre, recibió 30 disparos. Lo acribillaron con saña en la puerta de un búnker. Su madre juraba que el joven se había “rescatado, como en la jerga se denomina el haber dejado el mundo del delito, tras su paso por el Irar. Para la policía, en cambio, se trataba de muchacho con antecedentes que se dedicaba al arrebato a bordo de su moto. La Justicia nunca pudo encerrar a los autores de los disparos.

Rodrigo Udi era un año más grande que Elías. Ya era mayor de edad cuando cayó abatido por las balas de la policía. Su asesinato ocurrió a fines de 2014 en Ludueña, un barrio que supo aglutinar a los trabajadores del ferrocarril que se empobreció con el cierre de los ramales.Según la versión de los uniformados que participaron de aquel operativo, Rodrigo había asaltado una fábrica metalúrgica junto a tres cómplices. El robo derivó en una persecución y las corridas en un fuego cruzado. 

Su círculo íntimo y sus amigos entregaron otra versión. Afirmaron que al joven lo mató la policía cuando estaba desarmado y sin oponer resistencia alguna. Y que testigos del crimen escucharon que un policía gritó: “Matalo que ya lo conocemos”. “A Rodrigo le pasó lo que a muchos pibes, los tienen señalados, son víctimas de esa cruz. Hacía dos meses que intentaba cambiar de vida”, se lamentó en aquel momento Néstor Ciarniello, referente del Movimiento Padre Mugica, refugio al que había empezado a concurrir el joven.

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