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“Los curas estamos en peligro, pedimos ayuda”

Desde la fe y la religión, algunos párrocos de Rosario militan para cambiar la perturbadora y violenta realidad de la periferia de la ciudad. El padre Joaquín Núñez, radicado desde hace 27 años en una villa de barrio Bella Vista, admite que su propia vida corre riesgo. “Bajo los efectos de la droga los pibes son capaces de hacer cualquier cosa”, advierte

La voz del otro lado del teléfono suena triste, apagada. “Yo ya soy un viejito, pero qué hacemos con los pibes”, se pregunta entre resignado y abatido el padre Joaquín Núñez, uno de los pocos párrocos de la ciudad que pone su mente y su cuerpo al servicio de los que menos tienen. En diálogo con Rosarioplus.com, este cura franciscano de 75 años reconoce tener pocas fuerzas para seguir sosteniendo una lucha desigual y solitaria. Dice que está en peligro y que siente que por la droga “ya no hay marcha atrás”. “La muerte es cosa de todos los días”, sentencia.

El padre Joaquín nació en la pequeña localidad formoseña de Misión Laishí. A principio de la década del 80 se trasladó a Rosario y se radicó en Bella Vista Oeste, en un asentamiento irregular donde construyó la capilla Caacupé y donde levantó un comedor al que hoy en día asisten más de 300 chicos del barrio. Con el poco dinero que le quedó, edificó ahí mismo su humilde morada, ubicada en uno de los tantos precarios pasillos de la villa.   

Su relato abruma. Asfixia. Dice que el panorama es desolador y, a su juicio, “sin retorno”. Que el avance de la droga no se detiene y que “cada minuto que pasa es peor”. Está convencido de que en la periferia de Rosario se vive como en México o en Colombia y de que el poder político no entiende “la gravedad de la situación”. “Se está muriendo la pibada, eso es lo más triste de esta coyuntura”, reflexiona.  

Núñez, con jóvenes de La Misión, emprendimiento pastoral en el extremo oeste de Rosario.
 

 -¿Tan grave es lo que ocurre en los barrios con los pibes y los adolescentes?

-Es gravísimo. Y cada vez peor. Se respira mucha violencia. El panorama es muy pero muy preocupante. Yo vivo en la villa, vivo en medio de estos jóvenes que están perdidos y sin rumbo a causa de la droga. Esta denuncia no es nueva. Lo llamativo es que uno no nota ninguna medida ni del municipio, ni de la provincia, ni de nadie. El Estado está muy distante.

-¿Qué puede hacer la Iglesia ante esta realidad?

-Muy poco. Un cura no puede hacer mucho ante semejante panorama. Los barrios de Rosario se parecen a México o Colombia. No tengo dudas de eso. Acá lo vivimos en carne propia.

-¿Los pibes son la cadena más débil de este flagelo?

-Totalmente. Los chicos saben dónde están los búnkers y los kioscos, si tienen plata compran, si no tienen roban para comprarla. Y muchos se meten en el negocio. Repito que el panorama es desolador. Qué hacemos con ese chico, dónde lo metemos, quién lo ampara. Todos miran para otro lado.

-¿Hablás con estos chicos? ¿Te escuchan?

Cuando no están dados vuelta, son chicos con los que uno puede hablar. Los conozco a casi todos. Pero cuando están bajo el efecto de la droga, desconocen al otro y ponen en riesgo su vida y la de los otros.

-¿Cuándo fue que los barrios quedaron jaqueados por la droga?

-Esto empezó hace 25 años más o menos. Era muy incipiente en aquel momento el tema de la droga. Pero ya entonces algunos abogados me decían que en Tribunales había muchos favores que se pagan con “especies”, es decir con droga. Fue creciendo y creciendo este panorama hasta la dimensión destructiva que tenemos hoy en día. La droga a nivel del barrio y de la villa lleva a la muerte. Los chicos se mueren, se matan o los matan.

¿Los barrios pagan “los platos rotos” del consumo de las clases medias y altas?

-La comercialización y el consumo atraviesa todo el tejido social, pero donde más lo sufrimos y lo padecemos es en la periferia. Acá el consumo y la venta es problemática y violenta. Entonces, ninguna institución alcanza para contener. El tema supera a las escuelas, a los clubes y también a la Iglesia. No hay un compromiso local, provincial y nacional a fondo para encarar el problema.

-¿A qué edad empiezan a consumir los chicos?

-Desde que son criaturas. Vemos que la iniciación en la droga es cada vez más temprana. Y a eso hay que agregarle que a esa edad también tienen un arma en la mano. Por eso hay tantos tiroteos, tantos heridos y tantas muertes

-¿Se puede ayudar sin estar en riego?

-Los que estamos insertos en la periferia estamos en riesgo. No tenemos ni poder ni más fuerzas para poder luchar contra esto. Cada vez la muerte es más común. Estamos en peligro porque bajo el efecto de la droga los pibes pueden hacer cualquier cosa. Yo me siento en peligro. Hace 26 años que estoy acá. Cada minuto que pasa es peor. Cada año hay más muertos. Siento que no hay vuelta atrás.

-Se lo escucha resignado ¿Pensó en mudarse y predicar su fe en otra parte?

-Si yo me metí acá es porque es un proyecto de los curas franciscanos de estar con los pobres. Es nuestro espacio, no puedo abandonar.

-¿El regreso de Gendarmería ayudó en algo?

-Por acá no se los ve. La otra vez vinieron y su presencia sirvió para calmar un poco las aguas. Tiraron búnkers y patrullaban las calles. Pero ahora no están. Al menos no en este barrio.

-¿Hay margen de acción para empezar a revertir esto que usted describe?

-Ojalá podamos recuperar terreno para el bien de los pibes y nuestros jóvenes. Yo ya soy un viejo. Yo no importo. Se está muriendo la pibada, eso es lo que importa y lo que duele.

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