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Las claves para entender al Estado Islámico

Hasta Al Qaeda se distancia de el Estado Aterrador, que tiene rasgos comunes con el Nazismo

El Estado Islámico ya domina la mitad de Siria, gran parte de Irak y todos los pasos fronterizos entre ambos países. Su expansión territorial, su convocatoria en Occidente y la ineficaz reacción de la Comunidad Internacional, refuerzan su condición de amenaza global.

Originalmente se lo denominó Estado Islámico de Irak y el Levante -lo que explica que su sigla en inglés, ISIS- pero tras su avance en Siria, el nombre se redujo a Estado Islámico (EI). Este grupo terrorista de naturaleza yihadista suní, se autoproclamó  “califato”. Pero ¿qué quiere decir todo esto?

Mapa aproximado del territorio que cubre hoy el Estado Islámico.

En primer lugar, el concepto de yihadismo es entendido en Occidente como una de las ramas más violentas y radicales del Islam caracterizada por la implementación del terrorismo como medio para alcanzar sus fines políticos e ideológicos. La palabra proviene de yihad, que significa “guerra santa”.

En segundo lugar, el suní es el grupo musulmán mayoritario en la comunidad islámica mundial y sostiene diferencias religiosas profundas con los chiíes, originadas hace cientos de años con motivo de profundos desacuerdos acerca de quién debía ejercer el califato como sucesor de Mahoma. Los suníes reciben su nombre de la importancia que le otorgan a la Sunna, una colección de dichos y hechos atribuidos a Mahoma y transmitidos oralmente. De hecho, no sólo fundan sus creencias en el Corán sino también en la Sunna.

En tercer lugar, el concepto de califato proviene de “califa”, que se refiere al sucesor y delegado de Mahoma en la conducción de la comunidad musulmana, aunque sin su condición de profeta. De hecho, implica un liderazgo político-religioso. Oficialmente los califatos no existen desde la abolición del último en Turquía en 1926.

En 2014, Abu Bakr al-Baghdadi -líder del EI- se autoproclamó “califa de todos los musulmanes”. Este hecho constituye una desviación religiosa preocupante para la amplia mayoría de los pueblos islámicos del mundo.

 

La aparición del EI y sus crueles metodologías de castigo, tortura y asesinato, cuyo sentido último es aterrorizar a sus adversarios para paralizarlos, se le debe a distintos factores, pero el más notorio de ellos se debe a la actuación política y militar de los Estados Unidos. La invasión a Irak (2003-2011) con el pretexto de que el régimen de Saddam Hussein disponía de armas de destrucción masiva en el marco de la “guerra contra el terrorismo” desatada a partir de los atentados de 2001, fue el caldo de cultivo de éste y otros grupos. En sus comienzos, el EI participó de la resistencia contra la invasión norteamericana como grupo asociado a Al Qaeda. Posteriormente, fue uno de los tantos actores insurgentes alentados desde los Estados Unidos para participar en la guerra civil contra el régimen de Bashar Al Asad en Siria.

El gobierno estadounidense le proveyó armas y recursos de distinta índole hasta se percató de que había cometido un grave error. Por esos motivos, debió cambiar radicalmente su estrategia y, pese a continuar su enemistad con la dictadura de Al Asad en Siria, dejó de atacarla. Hasta Al Qaeda se distanció del EI argumentando que sus metodologías eran demasiado extremistas.

A diferencia de otros grupos terroristas, el EI desarrolló una estructura organizada con base territorial y utiliza todos los recursos energéticos a su disposición -petróleo, gas, etc.- para financiarse.

A través del terror, el EI sembró una alta dosis de parálisis y desconcierto en la Comunidad Internacional en general y en Occidente en particular. De hecho, quienes lo combaten cuerpo a cuerpo son principalmente los kurdos, un pueblo musulmán al que históricamente se le ha negado un Estado propio. Los Estados Unidos y la Unión Europea aportan al combate pero sin “ensuciarse las manos”: proveen armamento, logística y entrenamiento a los combatientes en el frente pero no envían efectivos propios. También efectúan bombardeos tácticos. Sin embargo, nada de eso resulta eficaz.

Durante la última semana cayeron las ciudades de Palmira y Ramadi y el puesto fronterizo de Al Tanaf, el último entre Siria e Irak que todavía quedaba en manos de las autoridades sirias. Todo esto sucede días después de que un mando militar estadounidense afirmara que el EI estaba “a la defensiva” y que ya sólo era capaz de realizar ataques “a pequeña escala, localizados, de hostigamiento”. O alguien miente o la percepción de la realidad de los militares estadounidenses es tan distorsionada que preocupa.

El desconcierto reina en Occidente y el gobierno de Barack Obama se replantea una estrategia que, en casi un año de implementación, no demostró resultados efectivos. El presidente se niega a enviar tropas terrestres. Bajo ningún concepto aceptará devolverle a las familias estadounidenses a sus hijos en bolsas negras. Esa opción, como la de desentenderse definitivamente de Irak y Siria y dejar de bombardear, está descartada. Lo preocupante es que se sabe qué es lo que no se quiere hacer, pero nadie parece saber qué es lo que sí hay que hacer.

Cada vez que Occidente se paraliza y permite -o alienta- el surgimiento de actores políticos fundamentalistas que después no puede controlar, las cosas terminan muy mal. Eso fue lo que sucedió con el nazismo. De hecho, existen preocupantes similitudes entre el nazismo y el EI. A ambos grupos se les permitió crecer para combatir a un “otro” considerado peligroso: el comunismo en un caso, la dictadura siria en el otro. Los dos adoptaron el terror como medio para paralizar a los grupos humanos sobre los que actuaron. Sus ideologías se caracterizan por el oscurantismo y el fundamentalismo que determina quienes merecen vivir y quienes morir. A pesar de ese corpus ideológico retrógrado, los dos grupos utilizaron los más avanzados adelantos tecnológicos a su favor. Son reaccionarios en sus fundamentos políticos e ideológicos pero modernistas en sus técnicas. Así como los nazis utilizaron la última tecnología de su época para imponer su mensaje -el las propaladoras de sonido, la radiodifusión, el avión- los fanáticos del EI utilizan drones para espiar al enemigo, las redes sociales y YouTube para extender su mensaje captar adeptos y realizan avanzadas puestas en escena para viralizar en internet las ejecuciones que llevan a cabo con regularidad. Tanto unos como otros ganaron adeptos en distintas sociedades, con procedencias muy distintas. Ambos grupos provocaron guerras y muertos.

Si la comunidad internacional no reacciona velozmente y combate de un modo efectivo al EI, se corre el riesgo de culminar en una conflagración de proporciones globales. Por el momento, la comunidad internacional sólo parece preocuparse por el destino de la histórica ciudad siria de Palmira, cuyos restos arqueológicos forman parte del patrimonio cultural de la humanidad declarado por la Unesco. Tanto el nazismo como otros movimientos fundamentalistas o totalitarios como los talibanes, destruyeron patrimonio cultural de la humanidad, dinamitaron esculturas, quemaron libros. Pero por sobre todas las cosas, sembraron terror y cosecharon muerte.

Con su accionar el EI está provocando una extraña confluencia de actores entre los que se encuentran la Iglesia Católica, el gobierno de los Estados Unidos y el régimen teocrático de Irán. Este último, considera al EI una aberración del Islam y no se equivoca. Quizás de esa confluencia imprevista surja el germen de la solución.

Entre los riesgos que corre el mundo a expensas de este auténtico Estado Aterrador, está el de confundir a musulmanes con terroristas, cuando el Islam es en su esencia una religión con un mensaje de amor del mismo tenor que el del judaísmo y el cristianismo. Esa confusión podría llevar fácilmente al vaticinado “choque de civilizaciones” y a un enfrentamiento global semejante a las Guerras Mundiales. Eso es lo que hay que evitar y, para ello, el combate contra el EI debe librarse rápido y con decisión. O resignarse a vivir aterrorizados.

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