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La caprichosa urbanidad de los árboles

La civilización ha hecho mucho por la naturaleza, nadie lo duda. Algunas veces para bien, otras para mal. La diferencia es que la obra del hombre tiene sus avances y retrocesos, según los momentos a lo largo de la historia, si hay guerras, si hay prosperidad, si hay revoluciones, si hay grandes descubrimientos, si hay epidemias.

En cambio, la naturaleza tiene un poder transformador inexorable. Se la podrá confundir, demorar un poco, pero su avance es implacable. La serie de fotos que ilustra esta nota es una muestra de esa terquedad de la que está hecha la madre de todas las cosas.

Son árboles en diferentes lugares del mundo, plantados junto a estructuras impuestas por el hombre. Y pese a todo, troncos, raíces y ramas se las han ingeniado para cumplir con su ciclo evolutivo y hasta superar los escollos humanos. A lo sumo, la geometría civilizatoria dejará alguna huella en la libertad genómica del reino vegetal. Y también hará mella en la obra artificial, perforando, roturando, agrietando cemento, metales y formas.

 

 

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