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Irán y Estados Unidos: ¿del odio al amor?

El acuerdo al que arribó el régimen teocrático iraní con el gobierno de los Estados Unidos ocupó las primeras planas en todo el planeta. ¿Por qué? Estados Unidos e Irán se encontraban enfrentados desde 1979. En aquel entonces, una revolución conducida por el líder religioso Ruhollah Khomeini desplazó del poder a un gobierno afín a los intereses estadounidenses y produjo un hecho ofensivo y atemorizante para todo Occidente, como fue el copamiento de la embajada de los Estados Unidos (tema ilustrado adecuadamente en el film Argo).

La pugna entre ambos países tuvo desde entonces numerosas aristas, pero en los últimos 15 años, el conflicto central se refirió al desarrollo de energía nuclear por parte de Irán. Para los Estados Unidos, la finalidad de los iraníes sólo podía ser militar, es decir, el desarrollo de armas de destrucción masiva. Desde Irán, se sostuvo siempre que se trataba de defender un legítimo desarrollo energético para fines civiles. Ambas posturas tuvieron siempre parte de razón.

Para forzar a Irán a desistir del desarrollo de energía nuclear, el gobierno de los Estados Unidos y sus aliados boicotearon su economía por todos los medios, aislando al país del acceso a la financiación internacional y, como consecuencia, transformándolo en una suerte de “paria” de la Comunidad internacional, a través de múltiples sanciones impuestas a través de la Organización de Las Naciones Unidas.

Debe aclararse que la relevancia de Irán en el concierto político mundial se funda en varios aspectos, pero es importante destacar al menos tres. 

1. Por su condición de teocracia (gobierno en nombre de la religión), constituye uno de los íconos de la vida político-religiosa del mundo islámico. 

2. Es uno de los principales países productores de petróleo crudo del planeta y principal proveedor de ese recurso energético para China e India.

3. Su posición geográfica estratégica en Oriente Medio lo convierte en un actor clave en la región más compleja del planeta dados los incontables intereses políticos, económicos y militares que allí se entrecruzan.

 La actualidad encuentra a los gobiernos de Irán y de Estados Unidos mucho más propensos al diálogo que en años anteriores. Más aún, el interés político personal de Barack Obama por dejar su legado en los libros de historia cuando abandone la presidencia en 2017 ha encontrado su leit motiv en una política internacional más conciliadora que la que se practicaba antes de él. Asimismo, el presidente iraní, Hasán Rouhaní, prudente y moderado (virtudes de las que carecía su antecesor Mahmoud Ahmadinejad), se hizo carne del reclamo de su electorado, que demanda la posibilidad de un progreso y un desarrollo económico imposibles a espaldas de la Comunidad Internacional.

 

Sin embargo, el factor que más influyó en los últimos tiempos para acercar posiciones entre iraníes y estadounidenses fue la irrupción de un enemigo común: el Estado Islámico o ISIS por sus siglas en inglés. Esta organización terrorista con presencia territorial en el noroeste de Irak y buena parte de Siria y vínculos en distintas partes del globo, amenaza constantemente con devastar Oriente Medio y amedrentar al mundo entero. En los hechos, el Estado Islámico provocó que buena parte de los intereses estadounidenses e iraníes en la región se alinearan y los impulsaron a buscar puntos de encuentro. Lo mismo sucedió con los intereses de Rusia, China y la Unión Europea. 

El Estado Islámico aparece como un enemigo imprevisible y ajeno a los códigos habituales en la política internacional. Su racionalidad en la aplicación de medios para generar terror se contrapone con la irracionalidad de los fines que persigue.

Para comprenderlo, basta con leer la lista de castigos que se difundió recientemente en la ciudad siria de Alepo, anunciando la muerte por lapidación para adúlteros y homosexuales, amputaciones para los ladrones y crucifixiones por motivos múltiples.

¿Todo esto significa acaso que Irán y Estados Unidos han cambiado el odio del pasado por el amor? No, y de hecho, la desconfianza entre ambos gobiernos permanece. Lo importante del acuerdo es que Irán se compromete a dar demostraciones fehacientes de su producción, almacenamiento y uso de energía nuclear. En tanto esos datos puedan ser verificados por la Comunidad Internacional, Irán se integrará nuevamente a ella, se destrabarán sus cuentas financieras públicas y privadas en el exterior y gozará de crédito internacional al mismo tiempo que podrá volver a comerciar con el mundo en condiciones más equitativas.

Pero el acuerdo aún no es definitivo. Debe ser aprobado por el Congreso de los Estados Unidos, cuya mayoría en ambas cámaras legislativas son adversas a Obama. En ese sentido, lo que el presidente reclama y espera es que prime el interés nacional y la búsqueda de la paz y la seguridad en en Medio Oriente por encima de los intereses sectoriales de la política doméstica.

Y los problemas no concluyen allí. Los países intervinientes en la suscripción del acuerdo se dieron tiempo hasta el último día del mes de junio de este año para acordar todos los aspectos técnicos que permitirán su implementación final y posterior monitoreo. Es el tiempo del que disponen los gobiernos de los dos países que se oponen encarnizadamente al acuerdo: Israel y Arabia Saudita.

El gobierno de Benjamin Netanyahu es un franco enemigo de su par iraní y desconfía del uso final de su tecnología nuclear, al tiempo que denuncia desde hace años el apoyo suministrado desde Irán a organizaciones militarizadas como Hamas y Hezbollah, con las cuales los isrealíes lidian constantemente.

 La monarquía de la familia Al Saud, gobernante en Arabia, disputa con la teocracia iraní buena parte del liderazgo político-religioso dentro del mundo islámico, cuya prueba tangible es la postura de ambos gobiernos al sostener a los bandos que se enfrentan en la guerra civil que se libra en Yemen.

Tanto Israel como Arabia son aliados preferenciales de los Estados Unidos e intentarán influir por todos los medios a su alcance para que el acuerdo con Irán naufrague, velando por intereses.

Sin embargo, no debe eclipsar el optimismo, porque los intereses coincidentes para que el acuerdo prospere son poderosos y porque por primera vez en mucho tiempo, un gobierno estadounidense decidió dejar de hacer lo que quieren sus aliados para intentar hacer lo correcto.

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