Irán, viejo enemigo, nuevo adversario

Los cinco países que tienen asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas -los Estados Unidos, Rusia, China, el Reino Unido y Francia- a los que se sumó Alemania, rubricaron después de 20 meses de negociaciones un acuerdo para limitar el programa nuclear de Irán, que solamente podrá desarrollar energía nuclear con fines pacíficos. A cambio, las sanciones más duras que la comunidad internacional le había impuesto, serán retiradas. En otras palabras, Irán desarrollará energía nuclear solamente para abastecerse y postergará indefinidamente el desarrollo de armamento nuclear y recuperará su integración a los circuitos económicos y financieros globales, lo que le permitirá retomar la senda del desarrollo.

La génesis del conflicto entre los Estados Unidos e Irán son de larga data y se remontan a la revolución de los ayatolás de 1979. Desde ese entonces, el gobierno estadounidense convenció a la mayor parte de la opinión pública global de que el régimen teocrático iraní era algo así como la encarnación del mal. El régimen de los ayatolas calificó a su vez a los Estados Unidos como “gran Satán”. Ninguna de las dos posturas fue realista ni sensata y sólo consiguieron agregar más inestabilidad en Oriente Medio, la región más volátil de la Tierra.

El acuerdo alcanzado el pasado martes en Viena, Austria, cambia el eje de las turbulentas relaciones internacionales entre los Estados Unidos e Irán, que dejan de ser “amigo-enemigo” para pasar a ser “amigo-adversario”. El acercamiento fue calificado en distintos ámbitos como “histórico” y constituye sin lugar a dudas el acontecimiento más relevante del año en materia de política internacional. Pero ¿por qué?

El acuerdo

Los principales aspectos negociados pueden sintetizarse como sigue.

Irán no desarrollará, ni tampoco adquirirá, armas nucleares.
No producirá uranio altamente enriquecido -el combustibles que necesitan las armas nucleares- durante los próximos 15 años.
Además deberá deshacerse del 98 por ciento del material nuclear que posee.
El país persa tendrá que eliminar las dos terceras partes de las centrifugadoras que tiene instaladas, las cuales se utilizan para el enriquecimiento de uranio y plutonio.

A cambio, se levantarán todas las sanciones impuestas por las Naciones Unidas, por otros organismos multilaterales y por distintos países respecto del programa nuclear.
Antes de comenzar el levantamiento de sanciones, Irán deberá cumplir con los pasos básicos del acuerdo, es decir que éste no se funda en la “confianza” entre las partes, sino en la verificación y el monitoreo de objetivos y metas previamente fijados por las partes.
Se mantendrán por cinco años las sanciones que pesan sobre Irán por el desarrollo de otro tipo de armamento y por ocho años las sanciones por el desarrollo de misiles de corto y mediano alcance.

No todo es color de rosa

Ante todo, la política doméstica podría jugar en lo inmediato un rol negativo debido a que el acuerdo tiene que ser ratificado por por el poder legislativo tanto en Irán como en los Estados Unidos. Se descuenta que los sectores más conservadores de uno y otro país intentarán boicotear lo negociado. Sin embargo, la presión ejercida por la opinión pública en los Estados Unidos al percibir al acuerdo como un éxito diplomático que evita una guerra, llevaría a buen puerto la medida. En Irán, el descontento de los sectores más reactivos al acuerdo se aplacaría si éste goza de la aprobación del líder supremo, el ayatola Alí Jamenei, y todo indica que así será.

Un punto oscuro a tener en cuenta es que los Estados Unidos e Irán -y sus respectivos aliados- están envueltos actualmente en guerras regionales en Siria, Irak y Yemen. Estas crisis no fueron abordadas en las conversaciones de Viena y podrían suponer roces en el corto plazo. De hecho, respecto de Siria, las partes que negociaron en Viena se encuentran en bandos opuestos: Irán apoya al régimen dictatorial del presidente Bashar al Asad, mientras que los países occidentales quieren que deje el poder.

Por otra parte, aliados tradicionales de los Estados Unidos, como Israel y Arabia Saudita, fuertemente enemistados con Irán, mostraron su malestar. El rey árabe, Salman Ibn Abdulaziz, expresó su descontento y dejó entender que su país fue abandonado por los Estados Unidos. El gobierno israelí fue aún más allá y subió un video a internet en el que sostiene que Irán es "como el Estado Islámico, pero más poderoso". Más aún: el primer ministro, Benjamín Netanyahu expresó que “el mundo es un lugar mucho más peligroso hoy de lo que era ayer". Para el primer ministro conservador, el acuerdo le proporciona a Irán "todos los incentivos para no cambiar" y "cientos de millones de dólares" que "impulsan su terrorismo en todo el mundo, su agresividad en la región y sus esfuerzos, que siguen en pie, para destruir a Israel".

El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu.

Hacia dentro del Islam, el acuerdo de Viena podría recalentar algunos conflictos, como el enfrentamiento sectario entre los chiitas y los sunitas y la guerra fría entre Arabia Saudita e Irán que lo mantiene vivo.

Algunas consecuencias

El acuerdo fue recibido en distintos ámbitos como una bisagra política que marca el final de la política unilateral estadounidense desplegada por Geroge W. Bush, porque es producto de una solución negociada con otros cinco países poderosos e influyentes en la comunidad internacional. Solamente el tiempo demostrará fehacientemente si los Estados Unidos han asumido un nuevo compromiso con el multilateralismo al momento de resolver crisis internacionales.

De este arduo proceso negociador salen dos figuras cuyo liderazgo se ha fortalecido: el presidente estadounidense Barack Obama y su par iraní, Hasán Rouhaní. Por el impacto del acuerdo, puede considerárselo el mayor éxito de la política exterior de Obama. En el caso de Rouhaní, su disposición a acordar la paz lo sitúa en una posición inmejorable ante la opinión pública local y global.

Los liderazgos de Barack Obama y su par iraní, Hasán Rouhaní, salen fortalecidos.

Debe recordarse que, de no haberse alcanzado el acuerdo, el fantasma de una guerra entre los Estados Unidos e Irán podría haberse materializado arrastrando consecuencias imprevisibles pero de dimensiones mundiales.

Irán constituye un mercado con grandes oportunidades esperando la apertura. Con este acuerdo y la retirada de las sanciones, puede convertirse en un motor de crecimiento económico para toda la región. Desde la necesaria modernización de la industria petrolera -se estima que requiere una inversión de 250 mil millones de dólares en el próximo lustro- hasta la renovación de la flota aérea, que quedó obsoleta debido a las sanciones. Irán tiene la potencia que le da su juventud: dos tercios de sus habitantes son jóvenes, pero de ellos, la mitad se encuentra sin trabajo.

En definitiva, Irán podría constituirse en los próximos años un boom económico. De ser así, tanto el Estado como los empresarios argentinos deberían estar atentos para aprovechar un clima de negocios pujante y provechoso como nunca antes en Oriente Medio. Posiblemente la relación bilateral entre Argentina e Irán tienda a distenderse producto de la nueva etapa en la relación entre ese país y Occidente, luego de las dificultades que supusieron las investigaciones por el caso AMIA y el cuestionado Memorandum de Entendimiento entre los dos países que nunca fue ratificado por el parlamento iraní.

Pero de todas las posibles consecuencias, la más importante de todas está dada porque el acuerdo finalmente podría desatarle las manos a iraníes y estadounidenses para luchar en serio y sin cuartel contra el enemigo común, aquel que amenaza a occidentales y orientales, a musulmanes, cristianos, judíos, agnósticos y ateos por igual, aquel que atenta contra la mismísima condición humana: el terror del Estado Islámico. 

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