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Historias escritas con sangre y fuego

“Ajuste de cuentas”, esgrimen frecuentemente quienes informan oficialmente la cifra de homicidios en la ciudad de Rosario. Lo dicen, y cuando se apagan los micrófonos aclaran, como aliviados: “Se matan entre ellos”. Como quien se sacude los hombros deslindando responsabilidades, como si esa absurda línea de veras existiera.

¿Quiénes son “ellos”? Pibes sin recursos que integran bandas criminales y habitan las barriadas más populares de la ciudad. Quien se interna en esos barrios entiende que apenas sobreviven los que pueden. “Acá a la vuelta balearon a uno de 17  hace dos días, y a mí me mataron mi nieto”, contaba un vecino a fines de febrero tras un homicidio en Barrio La Tablada, en el que un chico de 20 años fue ultimado de 9 balazos.

En muchos casos, las víctimas fatales de las balaceras son soldaditos de la droga. Es que en algunos lugares de la ciudad, la adolescencia marcada habitualmente por la deserción escolar y la falta de oportunidades se tiñe de rojo porque las chances parecen estar dadas por quienes manejan las redes de delito. Ellos les proveen las armas, ellos les asignan cuidar territorios. Matar o morir como único destino.

Ingresar a esos barrios se ha vuelto difícil también para los periodistas. A veces cuando un equipo llega para reflejar las causas de la violencia tras una balacera, con heridos o muertos, alguien sugiere que es mejor retirarse. Y, en otras oportunidades, obtener un testimonio sobre lo ocurrido es casi imposible. Quienes habitan allí se esconden o callan. El miedo se impone, casi siempre.

Lo absurdo es que quienes debieran desbaratar a las bandas delictivas que obtienen ganancias a costa de la muerte se sienten aliviados si las víctimas de esa violencia viven en la periferia, como si la vida tuviera un valor geográfico. Como si no fueran capaces de entender que donde la violencia reina y se impone a sangre y fuego, “ellos” también somos “nosotros”.

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