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Historias de cinco muchachos muertos a tiros

Pasiones, dolores, rasgos de humanidad que explican el estallido de un puñado de personas frente a Fiscalía de Homicidios. Lo que los medios mostraron como un acto de barbarie encierra razones menos obvias

El miércoles de la semana pasada, al mediodía, 18 personas fueron detenidas en medio de una caldeada protesta frente a las oficinas de la Fiscalía de Homicidios Dolosos. Los hechos fueron tomados por la opinión pública como actos de vandalismo o interpretados como un reclamo desmedido, pero no fue así.

Detrás de cada una de las personas que quemaban gomas en las oficinas de Montevideo y Alvear había una historia, la de cinco muchachos muertos a tiros, cuatro de ellos por plomos disparados por uniformados, en casos en los que nunca hubo personas detenidas. Sobre cada uno de los hechos hay dos versiones: la señalada por los homicidas confesos (mataron en medio de un enfrentamiento) y la expuesta por familiares y testigos (fueron liquidados mientras corrían por su vida).

Todo arrancó unos minutos antes de las 12, frente a la sede de la Fiscalía de Homicidios Dolosos, en Montevideo al 2200. En el lugar, un grupo de personas se juntó a reclamarle a Miguel Moreno, el fiscal que tiene a su cargo la investigación de media decena de homicidios vinculados con presuntos hechos de gatillo fácil, la detención de los asesinos. Según cuentan testigos de la protesta, los aires estuvieron caldeados desde el comienzo. Los manifestantes acusaron a Moreno de no hacer caso a las versiones que hablan tiros a traición y a quemarropa, dando lugar a su vez a los dichos de los homicidas, quienes aseguraron haber tirado para defender sus vidas. Entre insultos y gomas prendidas fuego frente a las oficinas de la fiscalía, la cosa se puso más complicada cuando los integrantes de la protesta le negaron la salida del lugar a los funcionarios que estaban en su interior. 

Por ello, desde adentro se solicitó intervención policial y fueron arrestadas 18 personas, entre las que había dos adolescentes, tres discapacitados, una embarazada y la madre de un pibe asesinado. Todos fueron a parar a la Comisaría 2ª. Unas cuantas horas después, luego de que fueran interrogados, los implicados en el reclamo fueron liberados.

Es verdad que tal vez no fue la manera más correcta de protestar; tal vez lo lógico hubiera sido un reclamo de otras características. Pero esta “lógica” se vuelve irrelevante cuando se tiene un familiar muerto en forma violenta; cuando se sabe que su homicida camina por la calle, cuando se cree que un ser querido fue ejecutado impunemente.  Antes de hacer apreciaciones, hay que conocer las historias que hicieron que esa gente se congregue en ese lugar y reaccione de la manera en que lo hizo.

A Maximiliano Ramón Zamudio, de 16 años, lo mataron el miércoles 27 de mayo a eso de las 22.30, en un pasillo de barrio Tablada. Según testigos del caso, el pibe se arrimó a un Ford Falcon que estaba estacionado en Patricias Argentinas al 4300, tuvo unas palabras con el conductor, cruzaron unos gritos y cayó al piso. El hombre que manejaba el auto le había dado tres tiros, uno de ellos en la cabeza. El herido fue trasladado al hospital Roque Sáenz Peña en un auto particular, pero no logró sobrevivir al viaje. El matador resultó ser un cabo de Prefectura Naval, quien aseguró que Maximiliano le quiso robar con un arma y se enfrentaron a tiros. Muy diferente fue la versión de varios vecinos de la zona, quienes aseguraron que el uniformado, que en ese momento estaba de civil, lo llamó para que se arrime a su auto, le metió un tiro en el pecho, bajó del coche y lo remató en el piso.

Carlitos Godoy, de 24 años, falleció la mañana del 24 de mayo, en Sorrento y Cavia. Eran más o menos las 7 cuando fue ultimado a tiros por dos uniformados que iban a hacer adicionales a un comercio cercano. Según los homicidas, Godoy, junto con un cómplice, quiso robarles cuando ellos circulaban en un par de motos por Puente Negro. En medio del presunto asalto, las supuestas víctimas se identificaron como miembros de la Fuerza, dando pie a un tiroteo, en el que cayó muerto Carlitos. En contraposición con los dichos de los homicidas, diversos testigos señalaron que el muchacho fue baleado por error y, cuando agonizaba, tirado en el piso, recibió un balazo de remate por parte del dúo de verdugos.

El caso de Dante Fiori tuvo lugar el pasado 16 de abril en el barrio de La Siberia. El muchacho, de 25 años, caminaba a su casa luego de cenar con en casa de su hermana, cuando un miembro de Policía de Investigaciones lo asesinó, en La Paz entre Chacabuco y Esmeralda. De acuerdo con la versión del matador, Dante lo quiso asaltar y se tirotearon. Sin embargo, varios testigos le aseguraron a Rosarioplus.com haber visto como empleados de la Unidad Regional II le colocaban un arma entre sus pertenencias al fallecido, mientras se realizaban pericias en la escena del crimen.

Nahuel Delay tenía 19 años. La noche del 16 de marzo, junto a un cómplice, intentó colarse a la casa de un empresario de La Florida, mientras este guardaba el auto en la cochera. De acuerdo con la versión del homicida confeso, cuando los dos muchachos lo sorprendieron, él sacó un arma y se tirotearon. Sin embargo, varias de las heridas por las que unos momentos después falleció Nahuel, en el hospital Carrasco,  fueron producidas cuando el muchacho estaba de espaldas a su matador.

A Mauricio Gómez, de 24 años, lo mataron el 13 de septiembre del 2014 en barrio Parque Casas. Vecinos de un centro de salud de Casiano Casas 970 llamaron al 911 para informar que había dos muchachos caminando por los techos del lugar; uniformados de la URII se hicieron presentes en la zona señalada y se encontraron con dos jóvenes que, al verlos intentaron escapar. Lucas F. fue arrestado cuando intentaba bajar del techo; pero Mauricio Gómez logró llegar a la calle y salir corriendo. Los policías lo persiguieron y, según el relato de los uniformados, el fugitivo intentó cubrir su huida a tiros, dando pie a un tiroteo, en el que Gómez recibió dos tiros fatales. Diferente fue lo que dijeron testigos del caso, quienes aseguraron que la víctima fue ejecutada.

Estos son los casos que dieron pie a la protesta frente a la sede de Homicidios Dolosos, hechos repletos de grises, caracterizados por versiones marcadamente opuestas, donde a la fecha ningún asesino confeso pasó si quiera una noche tras las rejas, donde los investigadores le solicitan a los allegados a los muertos que les consigan testigos, tarea que debería ser realizada por ellos. Por eso los familiares de las víctimas hablan de prejuicios e injusticias, porque creen que detrás de las determinaciones de los pesquisas está el sobreentendido de que ser pobre implica ser ladrón, y que ser ladrón te hace merecedor de la pena capital.

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