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El trunco anhelo de un pibe por torcer su destino

La historia de Marcelo, un chico de Empalme Graneros, expone las dificultades y los escollos que deben sortear los jóvenes que se rebelan a las tramas violentas de los barrios

La mirada de Marcelo refleja un dolor insoportable, de esos que pesan en el alma. Su gesto adusto opaca una juventud que le arrebataron a la fuerza. Su historia de vida está anclada en Empalme Graneros, uno de los tantos barrios de Rosario en donde la muerte y la violencia están naturalizadas. La pasión por la música, un hobby que encontró en la escuela, lo alejó de las drogas, una tentación que logró esquivar en la adolescencia. Pese a su inclaudicable esfuerzo, Marcelo no pudo torcer del todo su trágico destino: el año pasado asesinaron a su padre y a su mejor amigo.

El 15 de febrero de 2009, el papá de Marcelo Fabio se paseó orgulloso por las calles de Empalme Graneros con el ejemplar del diario La Capital bajo el brazo. La foto de su hijo de 14 años ilustraba una nota de doble página donde se contaba la historia de un grupo de adolescentes que enfrentaban sus problemas cotidianos a través del hip hop, una técnica poco común en un barrio marcado por el folklore y la cumbia. En la entrevista, Marcelo, Oscar, Daniel y Ariel narraban la experiencia de formar parte de un grupo de rap juvenil que se gestó durante las clases de música de la Escuela Técnica 660, en Génova al 3200.

Cinco años después de aquella nota, los nombre de Marcelo Fabio, Oscar Bravo, Daniel Mayano y Ariel Avila volvieron a aparecer en los diarios, aunque esta vez en las secciones de policiales. Las noticias daban cuenta de un pibe que había sido acribillado de siete balazos en la puerta de un kiosco de droga. Se trataba de Ariel, el cantante de la banda, quien alertaba en sus canciones que el "barrio está peligroso". "Profecía", como se lo conocía en Empalme, era el encargado de ponerle voz a las denuncias del grupo.

"Que le pase esto a pibes como Ariel, al que se le dieron herramientas para que saliera de una realidad signada por la vulnerabilidad, te hace bajar los brazos", explicaba acongojado Lisandro Rodríguez Rossi, el profesor de música de los chicos, al enterarse del crimen.

Marcelo se aferró a la fe para poder transitar el duelo de su amigo. Buscó refugio en una iglesia, en donde encontró algo de paz. Pero meses más tarde, la vida volvió a abofetearlo. Luis (55 años), su padre, fue salvajemente atacado por tres delincuentes que irrumpieron en su humilde vivienda, ubicada a pocas cuadras donde mataron a Ariel. Le robaron lo poco que tenía: un televisor, una radio, un celular y una guitarra. Antes de huir, los ladrones se ensañaron con el hombre de la casa, quien tuvo que ser hospitalizado por los severos traumatismos recibidos en la cabeza. Tras agonizar 15 días, Luis falleció.

Hoy, la vida de Marcelo sigue anclada en Empalme Graneros. "Me quiero ir pero no puedo. Nada cambió. Acá la vida no vale nada", cuenta afligido. Señala que aprendió a convivir con la tristeza y el dolor. Y que aún espera que se haga justicia por la muerte de su padre. "Quienes mataron a Ariel están presos, pero los asesinos de mi viejo aún están libres", se queja. Aclara que no va a bajar los brazos. Pero sabe que su lucha ha sido siempre muy desigual.

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