"El Estado se fue y los pibes admiran al capo de la banda"

"En los 90, el laburo barrial del socialismo fue brillante. Pero hoy la desprotección estatal es total”
Pedro Salinas lleva más de diez años militando y trabajando en los barrios más postergados de la ciudad. Experimentó en carne propia la transformación de la dinámica social de las calles. "Hace diez años los conflictos se resolvían a las trompadas. Hoy es a los tiros" 

El rostro de Pedro Salinas (27 años) es uno de los tantos símbolos de la incansable peregrinación de un barrio contra la impunidad. El "Pitu", como se lo conoce en Villa Moreno, fue uno de los primeros que denunció la oscura trama de complicidades detrás de los crímenes de Jere, Mono y Patom, los tres militantes sociales que fueron ejecutados por error por un grupo de narcotraficantes en la madrugada del 1° de enero de 2012. Aquel episodio sacó a la luz un perverso y silenciado entramado ligado a la comercialización de la droga, el mercado negro de armas, la connivencia policial, la ausencia del Estado y la identificación de los más jóvenes con el mundo del delito, un "combo letal" del que Salinas fue testigo a lo largo de su militancia.

Su primera experiencia "en el territorio", como le gusta llamarlo, fue a los 17 años en Nuevo Alberdi. Más tarde militó en barrio Alvear y Tablada, hasta que se radicó en Villa Moreno, el lugar donde más desarrolló su vocación de ayudar al prójimo y donde fundó el Frente Popular Darío Santillán Rosario. En todo ese lapso, Salinas palpó profundos cambios en la dinámica social de los barrios: asegura que de la trompada se pasó al arma de fuego; de la venta esporádica en un pasillo al bunker de droga; de la presencia al retiro del Estado y del policía enemigo al policía amigo, entre otras transformaciones que explican el exponencial crecimiento de la violencia.    

Al igual que en 2013, el nombre de Salinas estará en la boleta de Ciudad Futura, movimiento que lidera Juan Monteverde. Es el segundo candidato en la lista de concejales. 
-¿Por qué el 93% de los crímenes en Rosario suceden en los barrios alejados del centro?
- En Rosario se dio un proceso gradual, paulatino pero muy fuerte de desprotección estatal en los barrios. La dinámica de los barrios fue cambiando y el Estado no se adaptó a esa dinámica de cambio. Además, el Estado no les ofrece nada a los pibes de muchos barrios, quienes crean nichos de identidad ligados a la violencia, siendo soldaditos de tal bunkero de tal barra brava. 

-¿Cuánto tiene que ver el avance del narcotráfico en el crecimiento de la violencia?
El narcotráfico es transversal a cualquier estamento social de Rosario. De diez años a esta parte hubo un mayor consumo. El gran consumo está en las capas medias y altas. Allí no hay un consumo problemático, hay un consumo más vinculado a la recreación. El mercado ilegal sufrió transformaciones a las que la policía de Santa Fe no logró adaptarse. Esto explica por qué Rosario cuadriplica la tasa de homicidios a nivel nacional. 

-¿No pudo o no quiso la policía adaptarse a estos cambios?
-Las dos cosas. La corporación policial no fue capaz de regular el delito con sus nuevas configuraciones. La eclosión se da con la desregulación del mercado negro de compra y venta de armas. En Rosario hay mucha más accesibilidad a las armas que en otras ciudades. Y como si esto fuera poco, la Justicia de Rosario tiene la tasa de esclarecimiento de homicidios más baja, menos del 50%. Y de diez años a esta parte el Estado se ha retirado paulatinamente de los territorios en lo que respecta a asistencia social. Todo esto generó un caldo explosivo único.

-¿Tan diferente es la radiografía de un barrio de diez años a esta parte?
Para dar algunos ejemplos: cuando yo empecé a militar en Nuevo Alberdi los conflictos interpersonales se resolvían con un botellazo, con un par de piñas. Ahora es a fierro, a balazos. Y las armas se usan para lo que sirven, para matar. En Nuevo Alberdi nunca supe de un bunker o de un lugar donde se vendía droga. En aquella época el consumo era mucho menor y no tenía prestigio alguno. Con el tiempo empecé a escuchar a los pibes hablar de dónde comprar porro, pastillas o merca. Primero se vendía en la casa de la doña, después en el pasillo y después llegaron los bunker, que son un fenómeno local y reciente.

-¿Hay algún margen para evitar que los jóvenes entren en el mundo de las drogas? 
-Es muy difícil sacar a los pibes del negocio de la droga cuando uno no tiene nada que ofrecerle para empatar al menos. Hay mucho de lo identitario que es difícil de revertir. La correlación de fuerzas es muy desfavorable. El soldadito es la mano de obra en una economía capitalista. El narco tiene un ejército de pibes para meter en la banda, no le hace ni cosquillas con quitarle a uno. Es un enfrentamiento muy desigual. Si no está el Estado metido en esta problemática no vamos a tener un final feliz. 

-¿Cuán responsable es el socialismo de lo que está pasando hoy en los barrios?
-Hay una cuestión política que en su momento se bancó. En los 90, el laburo social en el territorio por parte del socialismo fue brillante. Los centros de salud y los centros Crecer canalizaban todas las demandas de los barrios. Con el paso del tiempo, hubo una decisión política de no tomar nota de aquellos que los propios trabajadores les iban indicando y desidia en dejar correr la pelota. Hoy el socialismo no tiene cuadros técnicos para afrontar este problema. La sensación es que los muertos de un lado no interesan.

-¿Se puede revertir este panorama negro que marcás?
-Para empezar a revertir esto lo primero que tiene que pasar es que el Estado vuelva a crear institucionalidad en los barrios. El 80% de los pibes que participan en bandas criminales lo hacen de manera amateur. Lo más difícil de revertir es el autogobierno policial. 

-¿Qué te cuentan los chicos de los barrios en las charlas que tenés con ellos?
-En su relato los pibes sacan pecho por sus proezas delictivas. Te miran como diciendo alguna vez jugamos a la pelota juntos, me viste en la murga o en una marcha, pero yo soy un poronga también, no soy ningún boludo. A ellos les da un prestigio tremendo. Te hablan del capo de la banda con un grado de admiración que asusta.

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