Franco Járiton fue tapa de diarios, fue nota doble página en El Gráfico, fue el centro de una movida solidaria, fue el rostro de portales internacionales, fue el sobreviviente, fue el hombre que se despertó al borde del precipicio.  Franco, los segundos después de su rescate, era un hombre que deambulaba por el bulevar Oroño de la mano de su madre y de su novia y que los periodistas tratábamos de entrevistar.

En el barrio no había conectividad, no había señal telefónica. Los ecos de la tragedia que dejó a 22 familias destrozadas a nosotros nos imponía un inconveniente menor: cómo comunicar en estado de shock, desconectados. Eso impulsó a los cronistas a utilizar una metodología añeja: ir al lugar, cubrir, entrevistar, recolectar información, correr a tipear, enviar y regresar. En mi segunda llegada al lugar me encontré con Franco.  Franco estaba con Eugenia, su madre y con Florencia, su novia. Franco estaba siendo asistido por un equipo de paramédicos. Franco se había despertado al borde del precipicio y recién ahora estaba en tierra firme.   

Me acerco con la solemnidad que la situación requiere para preguntarle si podía conversar con él. La novia me dice que Franco no va a hablar. Yo me alejo algunos metros y me parecía una buena decisión. Pero Franco quería hablar.

A pocos minutos de la explosión en el edificio de Salta 2141 el testimonio de Franco fue el que quedó registrado para siempre, el relato que le puso palabras a lo incomprensible, la voz que trascendió fronteras.  El sonido del ambiente de los minutos después de la tragedia quedó eternizado para recordar y revivir las múltiples voces que hoy siguen pidiendo justicia.