Todavía resuena aquella profecía del ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, Daniel Gollán, cuando a principios de julio alertó que "si se libera mucho el AMBA, estalla Rosario". Si bien las causas no puedan atribuirse directamente al AMBA, donde llegaron hasta la Fase 3 con más o menos flexibilidades según sea Ciudad de Buenos Aires o la provincia, Rosario empezó a estallar. 

Más allá de las causas, que en gran medida pueden atribuirse a la relajación en las medidas más simples de prevención de los rosarinos, la cuestión era el método por el cual frenar la curva que subió incontrolable en la semana. Así, en los últimos días se empezó a hablar de restringir actividades de manera firme para darle un trompazo a la curva y que el sistema de salud no explote. 

Más allá de los reparos generales de la ciudadanía anclados en el cansancio de un virus pegajoso, existió una aceptación tácita de gran parte de que se debe retroceder en fases. Era sólo cuestión de esperar qué actividades quedaban exceptuadas y cuáles no. El anuncio se demoró y no quedó claro cuándo realmente se darían los esperados detalles. El ministro de Salud de la Nación, Ginés García llegó a media tarde pero finalmente no fue ese el momento de la definición.

Cuando la cena del viernes llegaba, el gobernador Omar Perotti y el intendente Pablo Javkin, junto a los responsables de Salud de cada uno, se pararon frente a los micrófonos. Perotti volvió a repetir durante 15 minutos las prevenciones necesarias, lo dura que es la situación, el estar lejos de los familiares. Una suerte de contención en crisis que matizó con buenos augurios, que cada vez suenan más protocolares que probables, y avisó que habrá ayuda para los sectores que sufran restricciones. Pero no especificó cuáles, y le dio la palabra a Javkin.

El intendente fue al "no queda otra" y explicar brevemente el porqué. Buscó empatizar con el vecino: "Estamos hartos de esto (...) es una medida que no nos gusta pero es la necesaria". Quizás no era el responsable para hacerlo con la máxima autoridad de la provincia a su lado, pero finalente tampoco fue el encargado de decir cuáles eran las medidas establecidas.

Cuando finalizó la transmisión, el conductor del noticiero central de la TV rosarina, reflejó con cara de asombro lo que todos veían y no podían decir: "la población quiere saber".

Al final, la información clave llegó en un archivo formato .pdf por Whatsapp a quienes tienen contacto directo con la dirigencia, y terminó viralizándose con bastante agilidad. Se completó con placas publicadas en redes sociales y entrevistas para la TV con los funcionarios después de la conferencia general.  

Lo cierto, es que después de casi seis meses de cuarentena, la ciudadanía entiende mejor que nadie lo que es grave, lo que se pierde y sufre, el esfuerzo que requiere y lo que significa no ver a un familiar o a un amigo. El capítulo ya se lo sabe de memoria y el abrazo protector  que en el primer momento fue necesario ante el temor de lo desconocido, ahora produce otro efecto.

Por eso el viernes esperaba conocer de boca de las máximas autoridades si podría pasear el fin de semana o ir a hacer compras, más algunas expectativas y estado de situación. En cambio, la comunicación se desdobló, por un lado en la contención por parte de las autoridades en el anuncio (sin anuncio) y, por otro, en la información pura esperada mediante la tecnología.  

La pandemia fue moldeando todos los aspectos, y también el de cómo comunicar, con una demanda de mayor pragmatismo y sin tanta circunstancia. El presidente Alberto Fernández ya no hace anuncios con Axel Kicillof ni Horacio Rodríguez Larreta, y hasta se evita las filminas del comienzo. Quizás en Santa Fe el desafío sea el de optimizar ese punto.